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Cuando Fernando VII es restaurado en el trono mediante el Manifiesto de los Persas en 1814, se produce un hecho insólito, dejando una frase que luego será utilizada en los años posteriores hasta hoy por la reacción como estandarte, como en 1823, y por la revolución como acusación.

La Constitución de 1812, más conocida como la Pepa, nacida durante la Guerra de Independencia que estalla en 1808 contra la ocupación Napoleónica, suponía un avance social y económico vertiginoso, no sólo en España, sino como una de las Cartas Magnas más avanzadas en su época a nivel europeo. Suponía la liquidación del Antiguo Régimen y la entrada en la nueva era liberal que ya dominaba medio mundo.

Los avances que suponía La Pepa no hacían más que cambiar las relaciones de poder, quitándole a las clases dominantes el poder que ostentaban, es decir, recortando privilegios a la Corona, nobleza y clero para ser traspasados a la burguesía. Como es lógico en todo proceso social, desde la dialéctica, surge una reacción a este proceso revolucionario, que se materializará en forma de represión extrema cuando Fernando VII es restaurado en el trono con el apoyo del Manifiesto de los Persas frente a los liberales suspendiendo la Constitución de 1812, eliminando también todos los cambios producidos por esta, todos los avances sociales y garantías democráticas; reprimiendo, fusilando y aniquilando a todo liberal y a todo partidario de la democracia.

En esta coyuntura se produce un hecho insólito y que dejara una marca histórica en la sociedad española, que luego se repetirá de forma abstracta hasta nuestros días. Cuando el monarca absoluto es repuesto en el trono, a la entrada a Valencia con el carruaje, un gentío se lanza contra él para desenganchar los caballos y tirar ellos mismo del carruaje al grito de ¡Vivan las cadenas! como contraposición al ¡Viva la Pepa! De 1812.

No sería el único caso de reacción frente a los procesos revolucionarios; unos años más tarde se volvería a repetir, en 1823, con la entrada del de “Los Cien Mil Hijos de San Luis” para acabar con el Trienio Liberal comenzado en 1820 por Rafael de Riego; ¡Vivan las cadenas! ¡Muerte a los negros!

A día de hoy, frente a los avances democráticos que supone una República; la eliminación de una figura antidemocrática como es la del Jefe de Estado por herencia ya debería ser suficiente argumento para avanzar hacia ella, sin embargo, la sociedad española entra una y otra vez en ese bucle infinito, en esa realidad rancia de Dios, Patria y Rey, la cual nos sitúa muy por detrás de otras sociedades, no permitiendo el desarrollo dialéctico de los procesos sociales.

Es verdad que hoy no se fusila a nadie. Sin embargo no es la única forma de matar; la inhabilitación, el encarcelamiento y la represión contra quien pretenda cambiar el status quo tiene el mismo efecto: mantener las relaciones de poder existentes.

Y es que, más de 200 años después todo sigue igual.

Si ante el grito revolucionario de ¡Viva la Pepa! se contrapuso el reaccionario grito de ¡Vivan las cadenas! por parte de los absolutistas; en la época actual, al grito de ¡Viva la República! se contrapone el de ¡A por ellos oé!

¿Alguien tiene alguna duda de que, aún con diferentes palabras, en el fondo tiene el mismo significado?

Santiago Castillo