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Un ejemplo de cómo las ecofeministas ven que algo no marcha bien en el actual modo de producción es su explicación de los problemas del lobo ibérico actual. Quiero tomar como ejemplo el artículo aparecido en eldiario.es “La defensa del lobo desde el ecofeminismo”, escrito por Concha López Llamas.

Este artículo hace un recorrido brevísimo de la historia en, creo, Europa de la relación entre los humanos con el lobo, a la vez señala como problemas en la convivencia de las dos especies las concepciones patriarcales de la sociedad, el trato que reciben las especies animales y la sociedad mercantilista. Como podemos observar, detecta problemas en el mundo actual pero, a mi juicio, no utiliza las herramientas adecuadas para hacer un buen análisis.

En su relato histórico Concha López comienza romantizando la relación entre los humanos y los lobos, una relación en la que los humanos aprendían de los lobos y hasta podían pillar tajada de las sobras de sus festines. Se le olvidó que los humanos también podían ser presa del lobo. Y de ahí todo ese miedo contenido en múltiples relatos.

De esa ancestral relación de competitividad entre humanos y lobos, no olvidemos que ambos competían por las mismas presas y territorios, y las diferentes culturas hacen una representación del lobo. En términos generales el lobo ha estado asociado siempre o con el miedo o con la guerra, en algunas ocasiones con la brujería y sólo en un caso fue protector: la Loba Capitolina que amamantó y cuidó a los fundadores de Roma.

Esta ancestral pugna entre humanos y lobos por la caza, territorios y el no ser comido, nos puede explicar cómo las formaciones sociales europeas, hasta el feudalismo, se han relacionado con el lobo y creado una imagen de él. Y no el “sinsentido pilotado por el sistema patriarcal” de Occidente que dice Concha López, ignorando por completo los diferentes modos de producción, atribuyéndolo todo a unas cualidades innatas del hombre blanco heterosexual. 

Un claro ejemplo de este miedo ancestral al lobo lo podemos ver en el cuento de Caperucita Roja. Es un cuento que se remonta al siglo X narrado por los campesinos franceses y que ha ido modificándose adaptándose a los tiempos. En sus tempranas versiones, o Caperucita era devorada por el lobo o se escapaba usando su astucia.

Durante la época feudal, en Europa, se comenzaron a talar los bosques incansablemente para tener más tierra de labranza. En países como Austria se pasó de tener un 90% de superficie boscosa a un 25%. Fue una época de prosperidad económica sin precedentes que culmina con la construcción de grandes catedrales. Allá por 1315 la cosa va a cambiar. La peste, la Pequeña Edad de Hielo y, sobre todo, la Crisis General del Siglo XVII, provocó un pesimismo generalizado, se perdieron pueblos y el bosque tomó lo que era suyo, y con él, el lobo. No es casualidad que el escritor francés Charles Perrault en 1697 incluyese en sus cuentos para niños una versión suavizada de Caperucita Roja.

En todos los diferentes relatos el lobo representa el peligro, el engaño. Con los hermanos Grimm en el siglo XIX se introduce al leñador salvador. ¿Es una casualidad que el salvador sea un leñador que, aparte de ser el hombre blanco heterosexual, se encarga de mantener a raya los bosques?

A la hora de analizar problemas no debemos ir a buscar culpables o atribuir cualidades innatas o fisiológicas a determinados grupos humanos, eso ya lo hizo la medicina en el siglo XIX y parte del XX para justificar que unas razas dominaran a otras. Debemos hacer un análisis histórico, ver cómo son las relaciones entre humanos y de estos con la naturaleza, así podremos explicar el declive del lobo y cómo salvarlo. Es la transformación que el capitalismo está causando a los ecosistemas para producir y reproducirse más que el “sinsentido pilotado por el sistema patriarcal” de Occidente.

Manuel Francisco Varo López