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Ayer la clase trabajadora castellonense fue víctima otra vez de las contradicciones entre capitalismo y bienestar social.

Ante el aviso de emergencia, el Ajuntament de Castelló decretó la suspensión de las clases en las escuelas de Castelló de la Plana.

Medida muy digna para la protección de los niños pero que si no es acompañada de otras medidas en el resto de la sociedad evidencia la naturaleza de este sistema, se diga socialdemócrata o liberal. Capitalismo al fin.

Y es que por un lado chocamos con la primera contradicción. Si hay alerta roja ¿sólo hay peligro para los niños? ¿No hay peligro para quien reparte pizzas en moto? ¿No hay peligro para quien se desplaza 20 kilómetros para llegar a su centro de trabajo? Así podríamos seguir y no acabar nunca. La diferencia entre uno y otro no es ni más ni menos que el interés y la extracción de plusvalía de un servicio o producto público o socializado frente a uno privado y que no hace mas que dejar de manifiesto como realmente los intereses del capital se sobreponen al bienestar y a los intereses de la clase trabajadora.

Por otra parte, y dejando la explotación da un lado, las sociedades se construyen en torno a la forma de producción, es decir, todas las instituciones y sus relaciones como pueden ser la familia, la escuela o amigos, se adaptan a esta manera de producción en forma y tiempo. Entonces, si nuestro sistema se basa en el crecimiento continuo, en la máxima extracción de plusvalía, no es nada anormal pensar que frente a los "peligros" que se enmarcan dentro del sistema de valores que proyectan los estados de bienestar, el capital salte por encima de estos ya que son contrarios a su interés.

Y aquí es cuando chocan las contradicciones de una sociedad que por un lado se dice de bienestar y por otra es explotada impunemente. Porque si se modifica el tiempo marcado por el sistema para una parte de la sociedad en nombre del bienestar, pero no se hace para el resto, se crea una contradicción enorme.

Es lo que pasó ayer en Castelló y de seguro en muchos lugares más. Niños a las 14h en casa con padres y madres que tenían que ir a trabajar y no podían darle solución a este imprevisto y que de seguro, muchos, los que pudieran, tuvieron que buscar y pagar a alguien que se hiciera cargo de ellos, lo que se traduce en un aumento de la explotación indirecta. Esta explotación indirecta que no es más que el fallo del estado de bienestar y que se traduce en el recorte de toda la inversión social, de la inversión en educación, de la inversión en sanidad o simplemente aumentando la producción capitalista superando, hoy por hoy, la misma capacidad de regeneración de los recursos naturales del planeta. Contaminando el aire como ocurre aquí en el Polígono del Serrallo o contaminando la red de agua como ha ocurrido en Suecia, esa vanguardia del capitalismo de rostro humano y donde la clase trabajadora debe buscarse la vida tanto para poder respirar sano sin coger un cáncer como para poder beber agua sin terminar en el hospital. Todo ello sin que los estados de bienestar den ninguna solución.

Y es que por ahora he analizado la consecuencia directa, sobre el día a día de la clase trabajadora en cuanto a estructura social, de la manera de producción capitalista.

Es curioso como ayer la única queja mayoritaria fue que era una locura para las familias que los niños no fueron a la escuela, con una decisión tomada a correprisa, y no se hiciera crítica al cambio climático, o mejor dicho, a la aceleración del cambio climático producto precisamente de la manera de producción, de la necesidad de crecer de forma perpetua,es decir, de extraer plusvalía de forma infinita. Cuestión que aunque parezca contradictorio, se acelera más en los mal-llamados estados de bienestar, hoy en decadencia imparable, y que por una cuestión solo de hegemonía se construyeron en Europa después de la II Guerra Mundial y que por supuesto continuaron con las contradicciones inherentes al capitalismo. Contradicciones que estallan ahora de manera contundente y por las que la clase trabajadora es la principal afectada.

No podemos negar el cambio climático y los efectos del capitalismo en él, datos científicos hay de sobra, pero seguramente alguien dirá que hace 30 años estas cosas ya pasaban, ya llovía, ya habían riadas, seguramente será cierto, pero los valores que regían aquella sociedad no se corresponden con los valores actuales, es decir, no se veía el peligro que se ve ahora o tal vez la necesidad de intervención desde el estado, y esto, este intercambio de valores, sólo es producto de los que proyecta un estado de bienestar que quiere implementar un modelo social, es decir, es producto de cómo avanza la sociedad de forma dialéctica.

Esto sería perfecto si no fuera todo una gran farsa, donde se intenta hacer ver que la política determina la economía cuando ha quedado más que claro con todos los argumentos que he dado que no es así y que es la economía la que determina la política. Los estados de bienestar o el bienestar social, son un espejismo efímero, una farsa mientras exista una parte de la sociedad con intereses contrarios a estos, mientras los intereses de reproducción diaria de vida tengan intereses antagónicos según el lugar que ocupemos en el sistema de producción y precisamente este paradigma de lucha por los intereses de clase es inherente a las relaciones de producción capitalistas.

Podríamos pensar que los estados de bienestar podrían suponer un elemento para acelerar el desarrollo del capitalismo y explotar sus contradicciones, cierto, pero al mismo tiempo, como ya he explicado, genera un sistema de valores que sólo hacen que perpetuar este sistema de explotación, es decir, influye y mucho en las condiciones subjetivas, en definitiva, influye en la conciencia social.

Explotar y denunciar todas estas contradicciones es el camino. Señalar y marcar que el objetivo, por encima de todo, es superar el sistema capitalista es indispensable, porque como dijo Marx, el capitalismo tiende a destruir sus dos fuente de riqueza: la naturaleza y los seres humanos.

Santiago Castillo