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La nacionalización de la tierra permite abolir la renta absoluta, manteniendo únicamente la renta diferencial [Renta absoluta del suelo: parte del plusproducto creado en la economía agropecuaria que el campesino o el capitalista arrendatario pagan al propietario de la tierra. Una vez nacionalizada la tierra la renta absoluta desaparece. Renta diferencial del suelo: típica del modo de producción capitalista. Surge de la diferencia en la fertilidad natural de la tierra, la ubicación de las parcelas, así como de las inversiones suplementarias de capitales en la agricultura]. Según la doctrina de Marx la nacionalización de la tierra significa la eliminación más completa de los monopolios y relaciones medievales en la agricultura, la mayor libertad de circulación mercantil de la tierra, la mayor facilidad de adaptación de la agricultura al mercado. La ironía de la historia consiste en que el populismo aplica, en nombre de la “lucha contra el capitalismo” en la agricultura, un programa agrario cuya realización plena significaría el más rápido desarrollo del capitalismo en la agricultura.

Los capitalistas y los terratenientes quieren a todo trance desunir a los obreros de distintas naciones; pero ellos, los poderosos del mundo conviven entre sí perfectamente como accionistas de “negocios” y explotan unidos a los obreros de todas las naciones. Los obreros crean en todo el mundo su cultura internacional, que han venido preparando desde hace mucho los defensores de la libertad y los enemigos de la opresión. Al mundo de la opresión nacional, de las discordias nacionales o del aislamiento nacional, los obreros oponen el nuevo mundo de la unidad de los trabajadores de todas las naciones, en el que no hay lugar para ningún privilegio ni para la menor opresión del hombre por el hombre.

Nadie tiene la culpa de haber nacido esclavo, pero el esclavo que rehúye aspirar a su propia libertad y, encima, justifica y embellece su esclavitud, semejante esclavo es un miserable lacayo que despierta un sentimiento legítimo de indignación, desprecio y repugnancia. “El pueblo que oprime a otros pueblos no puede ser libre”.

En modo alguno somos partidarios incondicionales de naciones indefectiblemente pequeñas; en igualdad de otras condiciones, estamos en pro de la centralización y en contra del ideal pequeñoburgués de las relaciones federativas.

Nosotros, como comunistas, debemos apoyar y apoyaremos los movimientos burgueses de liberación en las colonias sólo en el caso de que estos movimientos sean verdaderamente revolucionarios, sólo en el caso de que sus representantes no nos impidan educar y organizar en un espíritu revolucionario a los campesino y a las grandes masas de explotados.

En la edificación de la “sociedad socialista” quiere “largarse de las colonias” sólo en el sentido de conceder a éstas el derecho de separarse libremente, pero de ninguna manera en el sentido de recomendarles esa separación.

El planteamiento abstracto del problema del nacionalismo en general no sirve para nada. Es necesario distinguir entre el nacionalismo de una nación opresora y el nacionalismo de una nación oprimida, entre el nacionalismo de una nación grande y el nacionalismo de una nación pequeña. ¿Qué tiene importancia para el proletariado? Para el proletariado tiene no sólo importancia, sino que es de una necesidad esencial gozar en la lucha proletaria de clase de la máxima confianza de los pueblos alógenos. ¿Qué hace falta para eso? Para eso hace falta algo más que la igualdad formal. Para eso hace falta compensar de una manera u otra, con su trato o con sus concesiones a las otras naciones, la desconfianza, el recelo y los agravios inferidos en el pasado histórico por el gobierno de la nación dominante.

Debemos esforzarnos por organizar un Estado en el que los obreros conserven la dirección sobre los campesinos, no pierdan la confianza de éstos y eliminen de sus relaciones sociales hasta el menor indicio de gastos excesivos, observando el más severo régimen de economías.

Área Ideológica del Comité Central