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“Cada cineasta tiene sus colores, como un pintor. Algunos pintan como Dufy, otros con tonos más sombríos, como Soutine, si se quiere, pero nunca se me ha ocurrido pensar si soy amargo o cruel, o pesimista, o lo que sea. Una historia me gusta, y ya está. Yo cuento lo que me gusta.”

Con esta tarjera de visita, de reafirmación en sus principios estéticos y políticos, le iba a ser difícil al cineasta austrohúngaro hacerse aceptar en el Hollywood de mediados de los años 1930, dominado por la rentabilidad económica a ultranza, la censura y una ideología reaccionaria a prueba de bombas. Pero lo intentó luchando denodadamente, primero contra él mismo hasta integrarse en territorio gringo y, algo más tarde, imponiendo su estilo y sus gustos a todo quisque. Y es que a testarudo, Billy Wilder, no tenía competidor. Lo demostró desde que se opuso tajantemente, allá por los años 1920 en Viena, al deseo de sus padres a estudiar derecho, hasta que, harto de monotonía y aburrido hasta las trancas, decidió, en 1926, con apenas 20 abriles, hacerse periodista y viajar a Berlín, por aquel entonces capital europea en plena efervescencia cultural y artística.

Allí descubrió un movimiento pictórico que rompía con el expresionismo: la Nueva Objetividad y el grupo verista, anclado resueltamente en lo social. Algunos de sus componentes (Georg Grosz, Otto Dix o Rudolph Schlichter) llevaron las búsquedas hasta el radicalismo e ingresaron en el Partido Comunista. El movimiento se extinguió hacia 1930, pero Wilder y su obra cinematográfica hollywoodiense quedarían marcados por aquellos principios que describían un mundo lleno de imperfecciones y contradicciones.

Una aventura difícil

Por entonces ya había escrito como negro infinidad de guiones, colaborado en varios periódicos y frecuentado cineastas como Robert Siodmak o Fred Zimmemann, y escritores como Bertolt Brecht o Walter Gropius. Hasta, como periodista, pudo entrevistar al compositor Strauss y al padre del sicoanálisis, Sigmund Freud. Todo un programa de enormes posibilidades que se vio truncado con la subida del nazismo al poder en Alemania y el incendio del Reichstag en 1933. Acontecimientos que Billy Wilder, pese a la notoriedad adquirida, el dinero y el éxito alcanzados, no aceptó, exiliándose en París, donde realizó “Curvas peligrosas”, un filme verista, precursor, por su manera de filmar la ciudad de París, de lo que más tarde se conocería como la Nouvelle Vague francesa. Sin embargo, su decisión estaba tomada. Europa anunciaba terribles presagios, y cruzar el océano Atlántico se impuso para Billy Wilder. La aventura americana comenzaba. Difícil, dura y hasta encarnizada en ocasiones. Pero allí le esperaban quienes hicieron grande Hollywood: los cineastas europeos (directores, guionistas, técnicos, decoradores, etc.) que repudiaron el fascismo: Murnau, Lubitsch, Paul Leni, Emil Jannings, Otto Preminger , Fritz Lang, Erich von Strohein, etc, etc. Con ellos al principio, y él solo con su productora después, tejería su estilo cinematográfico y su particular visión del capitalismo y de la sociedad norteamericana.

Rosebud