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Mientras el capitalismo asola con sus terribles crisis, pérdida de derechos sociales y laborales, recortes sanitarios y enseñanza para ricos, una isla pequeña pero valiente, situada a 90 millas del imperio, persiste en el socialismo y en el pleno desarrollo del ser humano como objetivo primordial de la educación para sus ciudadanos.

 

En Cuba, país bloqueado comercial y económicamente por el imperialismo norteamericano desde hace más de medio siglo, la enseñanza es universal, de calidad y gratuita para todos, desde la maternal hasta la universidad. Sin embrago, no siempre fue así. Antes de la llegada de Fidel Castro y sus barbudos a la Habana el 1 de enero de 1959, concretamente hacia 1953, con una población de 6,5 millones de habitantes, había en Cuba más de 500.000 niños sin escuelas (el 55,6% de escolarización de la población entre 6 y 14 años de edad), un millón de analfabetos, una enseñanza primaria que sólo llegaba a la mitad de la población escolar, una enseñanza media y superior que llegaba únicamente a la población urbana y 10.000 maestros sin trabajo ni futuro. Hacia 1959 el analfabetismo en la Mayor de las Antillas rondaba más del 30%. “Nos encontramos en la tristísima situación de que hay que aumentar considerablemente el número de aulas, comprar mobiliario, construir escuelas, etcétera, y no hay, ni habrá durante un tiempo, un centavo que invertir en esas perentorias necesidades”, denunciaba unos años antes el eminente pedagogo cubano Enrique José Varona.

Educación revolucionaria

El reto, pues, era colosal, sin duda a la medida de la voluntad de los revolucionarios cubanos, quienes, sin pensárselo mucho, pusieron manos a la obra desde el triunfo de la Revolución. Así, hacia finales de 1959, se construyeron aproximadamente 10.000 nuevas escuelas y la escolarización se elevó a casi el 90% en las edades de 6 a 12 años, también se convirtieron más de 69 instalaciones militares de la dictadura batistiana recién derrocada en lugar de cobijo para más de 40.000 alumnos. Pero fue la Reforma Integral de la Enseñanza la punta de lanza que abrió el camino hacia una educación revolucionaria, determinando, de una vez por todas, que el objetivo primordial de la educación era “el pleno desarrollo del ser humano”. Tamaño propósito llevaba implícito la necesaria supresión del origen de todas las desigualdades en lo referente a la enseñanza, es decir la desaparición de la enseñanza privada y sus viejos métodos. Cosa que se produjo el 6 de junio de 1961 a través de la Ley de Nacionalización de la Enseñanza. Con esas herramientas, y con el inmenso ardor revolucionario que animaba a los educadores, el analfabetismo quedó reducido en ese año al 3,9% de su población total, que en ese momento era de 6.933.253 habitantes. De ese modo Cuba se colocó entre los países de más bajo analfabetismo del mundo. Un porcentaje que además representaba a unas personas que por sus condiciones físicas y mentales o por sus características históricas eran estimadas inalfabetizables.

Esa proeza se logró gracias a la voluntad política del gobierno revolucionario, así como al esfuerzo de centenas de miles de alfabetizadores populares, brigadistas y maestros. A partir de aquellos instantes fue el Estado el que asumió la responsabilidad de orientar, formar y promover la educación en la Isla (primaria, secundaria, universitaria, artística, para adultos, para extrajeros y para discapacitados), como así lo refleja el capítulo 1 de de sus Fundamentos Sociales y Económicos, donde, con claridad meridiana, establece que “el Estado Socialista, como poder del pueblo, en servicio del propio pueblo, garantiza que no haya niño que no tenga escuela, alimentación y vestido; que no haya joven que no tenga oportunidad para estudiar; que no haya persona que no tenga acceso al estudio, la cultura y el deporte”. Y de las promesas se pasó a los hechos. El Sistema Nacional de Educación, alrededor del cual se articula la enseñanza en Cuba, impuso que la educación primaria y secundaria básica fuese obligatoria, al tiempo que ésta y la enseñanza universitaria serían garantizadas a partir de un amplio y gratuito sistema de escuelas, seminternados, internados y becas, y por la gratuidad del material escolar. Lo que posibilita a cada niño y joven, cualquiera que sea la situación económica de la familia, la oportunidad de cursar estudios de acuerdo con sus aptitudes, las exigencias sociales y las necesidades del desarrollo económico y social. Y ello inclusive en años tan difíciles como en los del llamado “periodo especial”, después del derrumbe del bloque socialista en el este europeo.

Reconocimiento internacional

Actualmente estudiar en Cuba es una tarea fácil, como lo demuestra que hace escasas semanas más de dos millones de cubanos acudieron a las aulas para iniciar o continuar sus estudios. No se paga matrícula ni siquiera en la universidad, y los libros de texto se adquieren gratuitamente con el único compromiso de devolverlos en buen estado una vez finalizado el curso escolar. Además existen universidades en todas las capitales de provincia, y éstas disponen de residencias gratuitas para albergar a los estudiantes que viven en el campo o que tienen problemas habitacionales. El interés que el gobierno revolucionario presta a la educación es de tal importancia que hoy los mayores ingresos de Cuba (más que el turismo y las remesas familiares juntos) provienen de la venta de servicios profesionales, médicos, maestros, ingenieros, entrenadores deportivos, etc. Una buena educación que, por otra parte, reconocen las instituciones internacionales como recientemente lo han hecho la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) quien, además de reconocer la calidad y la prioridad dada a la educación en Cuba, elogia, de manera particular, el programa de alfabetización “Yo sí puedo” que actualmente funciona en 12 países de América Latina. O el “Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de la Calidad de la Educación” quien reconoce que, entre los países del área, Cuba obtiene los mejores resultados, con una escolarización de casi el 100% del alumnado. Aspecto éste que, según la propia UNESCO, contribuye a que la mortalidad infantil en Cuba sea una de las más bajas del mundo, 5 por cada mil niños nacidos vivos. Argumentos suficientes como para gritar con Fidel aquello que él mismo lanzaba con frecuencia desde la Plaza de la Revolución: ¡Socialismo o barbarie!

José L. Quirante