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La burguesía tiene numerosas maneras de alienar y dividir a la clase obrera, una de ellas es conseguir eliminar el carácter de clase de cualquier tipo de lucha. Uno de los mayores ejemplos de esto, en la actualidad, es la lucha de las mujeres trabajadora de la que la burguesía intenta apropiarse, recordemos las manifestaciones del pasado 8 de marzo, jornada que en origen se dedicaba a las reivindicaciones de la mujer trabajadora, pero que el capitalismo ha conseguido convertirla en el “Día de la Mujer” a secas.

El capitalismo intenta acabar con el carácter de clase de las organizaciones feministas y la lucha por la emancipación de la mujer obrera, convirtiéndolo en un feminismo descafeinado, burgués e interclasista. ¿Por qué se dice esto? Porque ignora completamente el carácter de clase que deben tener todas las luchas, pretendiendo así eliminar el patriarcado sin tener en cuenta que es un instrumento del capitalismo y de la clase burguesa dominante. Este feminismo ve deseable la existencia de burguesas que explotan a obreras y defiende que la mujer debe poder llegar a los mismos puestos de poder que el hombre, no para otra cosa que para explotar a la clase obrera. Vemos que este feminismo de carácter burgués, perpetúa así la explotación. El mayor ejemplo lo tenemos Ana Patricia Botín que ha declarado considerarse feminista y ha escrito sobre ello, sin embargo, el pasado mes de febrero, se conocía la noticia de que eran especialmente las madres trabajadoras quiénes más sufrían las consecuencias del ERE de los servicios centrales de los bancos Santander, Popular y Pastor, en el que están proliferando las peticiones de salida voluntaria de empleadas con reducción de jornada por cuidado de hijos, como denunciaban los sindicatos CGT (Confederación General del Trabajo) y CIG (Confederación Intersindical Galega).

El “empoderamiento” del que habla este “feminismo liberal” se limita a realizar acciones individuales (por ejemplo, subir los llamados “nudes” a redes sociales, llevar ropa más corta de lo estandarizado sin pudor, hablar de la sexualidad femenina sin tabúes…) que muestran que existe una conciencia “individual” de que se vive oprimida bajo el patriarcado, nunca bajo la estructura capitalista. También defiende la legalización de la prostitución y otras prácticas que utilizan el cuerpo de la mujer como mercancía, argumentando que se debe ser libre de comerciar con él si se quiere. Sin embargo, esta libertad deja de existir cuando hay un factor económico presente ya que las prácticas que se suelen realizar no se permitirían en otro contexto -recordemos que la clase obrera vive de vender su fuerza de trabajo para vivir al estar desposeída de los medios de producción.

Por otro lado, carece de una regularidad de actos colectivos organizados, ignora lo que supone la estructura socio-económica capitalista y ahora no sólo acepta la explotación de la fuerza de trabajo de la mujer obrera sino también de su cuerpo, reduciendo así a cero la libertad sexual para la mujer trabajadora que defiende mediante su “empoderamiento”.

Podemos decir que una de las representantes de este llamado “feminismo liberal” es la influencer de moda Aida Domenech, conocida en redes como Dulceida, a quien las hijas de la clase obrera admiran sin llegar a ver que debajo de esa fachada es una explotadora, sobre todo de mujeres, que trabajan en su línea de ropa.

Después de analizar todo lo comentado podemos llegar a la conclusión de que el patriarcado no es una estructura aislada que hay que eliminar de forma exclusiva, sino un instrumento del capital que hay que derrotar conjuntamente. Por ello, no debemos olvidar que la organización de las mujeres trabajadoras, junto a la lucha conjunta de obreros y obreras por derribar el capitalismo, es fundamental para su emancipación a la que el concepto de “empoderamiento” y “feminismo” en los términos que la burguesía defiende no aporta nada.

Lucía Muñoz