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“Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea y que no sabía de la pelea de los cometas en el cielo que van por el aire dormido engullendo mundos”. (José Martí, Nuestra América)

A principios del siglo XXI habían caído los países del Este, Estados Unidos, a pesar de ser el país más endeudado del planeta, se convertía en la única potencia hegemónica gracias a sus más de 800 bases militares repartidas por todo el mundo, a un presupuesto militar que superaba la suma del presupuesto militar del resto de los países, al control del dólar como divisa de las transacciones internacionales; pero sobre todo, gracias a su hegemonía cultural e ideológica conseguida con el monopolio y control de las industrias culturales y las corporaciones mediáticas.

Sin embargo, ese paraíso de poder incontestable anunciaba su declive en el terreno económico político, una descomposición social interna sin precedentes, y una pérdida creciente de la influencia en lo que siempre ha considerado su patio trasero latinoamericano. Definitivamente, hoy, Estados Unidos ha perdido su capacidad para dirigir el mundo.

La potencia que ha liderado la expansión capitalista está en caída libre lo cual la hace especialmente peligrosa. Existe, no obstante, un campo en el que sigue manteniendo su hegemonía, el campo cultural e ideológico. Aquí parece estar ganado la contienda. Como en la película de las hermanas Wachowski, The Matrix, los guardianes del simulacro se ocupan de hacer desaparecer toda evidencia del verdadero rostro del capitalismo y nos mantienen en una servidumbre voluntaria(1) nutriendo de energía a la maquinaria que nos somete.

No trataré en este artículo de las contradicciones que se producen en el seno del capitalismo sino cómo y por qué y sobre todo quienes son algunos de estos guardianes de la matriz que se ocupan, consciente o inconscientemente, de apuntalar el capitalismo y la civilización occidental, en evidente crisis e incapaz ya de resolver las mínimas condiciones de subsistencia para las dos terceras partes de la humanidad, incluidos gran parte de sus ciudadanos.

El capitalismo y su ideología legitimadora, el liberalismo, han impregnado todo tipo de relaciones humanas subordinando todo hacer social y todo pensamiento a la racionalidad económica. La economía se ha convertido en el emblema del mundo moderno y no hay nada, ni pensamiento ni sentimiento que no quede sometido a la calculabilidad económica, o que no se convierta en nutriente de la acumulación. Al tiempo que esto ocurre, en la materialidad de la vida, todo queda oculto a los ojos de los sujetos de los que se alimenta el sistema. El sufrimiento, el hambre, la desigualdad, la miseria de los pueblos, la guerra, se nos presentan como acontecimientos desgraciados sin relación con la economía(2).

Los economistas de todo pelaje se devanan los sesos para cuadrar las cuentas de resultados y para ajustar el déficit económico; desarrollan modelos matemáticos y tratan de devolver la “confianza a los mercados”. Se hace depender la solución de las necesidades humanas de la atracción de capitales obviando así el principio básico que mueve la economía –la capitalista- que no es otro que el que dice que la única mercancía que genera valor, más valor que el que necesita para reproducirse, es única y exclusivamente el trabajo humano; que el capital no es otra cosa que trabajo solidificado; y que el capital, independientemente de la voluntad de su poseedor, para reproducirse necesita incrementarse constantemente y sólo puede hacerlo mediante la explotación, a saber, obteniendo valor del trabajo. Lo demás, juegos florales. Nadie ha podido demostrar que el capitalismo funcione de otra forma.

Sin embargo, hay quienes sostienen que el capitalismo tal y como lo analizó Marx, también Weber (un sociólogo nada sospechoso de marxista), ya no es el mismo y que ha evolucionado hacia otras formas menos dolosas, incluso hay quienes, como Toni Negri plantean que, fruto de sus contradicciones, se metamorfoseará en comunismo, pero como afirma Alain Badiou “el capitalismo contemporáneo presenta todos los rasgos del capitalismo clásico. Corresponde estrictamente a lo que se podría esperar de él puesto que su lógica ya no es rebatida por acciones de clase resueltas y localmente victoriosas. Si tomamos, en lo que concierne al futuro del Capital, todas las categorías predictivas de Marx veremos que es ahora cuando quedan plenamente demostradas”(3). Lo único que sí parece haber variado son la sofisticación y la eficacia de los mecanismos de fetichización, alienación y cosificación que fundamentan la explotación.

A la vista de lo que hoy son los intereses y las preocupaciones de la mayor parte de los intelectuales occidentales podemos afirmar que estamos ante un reencantamiento del mundo que, desde mi punto de vista, se inició tras el mayo del 68 y que en estos momentos dispone de dispositivos extraordinariamente potentes como la tecnología digital que construye un mundo paralelo (virtual) que, al tiempo que disfraza e invisibiliza el sometimiento y la explotación, distrae las resistencias.

Intelectuales de izquierda, líderes y movimientos sociales se muestran incapaces de vislumbrar dónde está el Frente de batalla, se confunde en qué lugar de la guerra se está, ya no hay quien dibuje los mapas del poder que orienten las luchas. A veces se percibe la injerencia estadounidense en la guerra “encubierta” contra Venezuela, pero al cabo del tiempo se impone el relato de las corporaciones mediáticas que acusa al gobierno bolivariano de falta de democracia; otras se denuncian los planes secretos contra los gobiernos latinoamericanos como el Freedom 2, el Masterstroke, o el manual de golpes blandos de Gene Sharp, pero al poco, esos mismos intelectuales se manifiestan contra el gobierno de Nicaragua y a favor de los “pacíficos manifestantes”, se denuncia la propaganda mediática contra Siria y la intervención imperialista pero al mismo tiempo se hace único responsable de la guerra al presidente legítimo de Siria Bashar al- Asad, o se utiliza como fuentes de información de la guerra a los Cascos blancos, una ONG fundada por el ex oficial de la Inteligencia británica James Le Mesurier y ampliamente denunciada por ser “escenógrafos” para los medios occidentales(4).

Académicos e intelectuales se mueven desconcertados por las redes sociales, presionados por su narcisismo y las exigencias del mercado editorial o mediático, buscando pruebas que avalen sus posiciones ideológicas y que les ayuden a distinguir quienes son los buenos y quienes son los malos. Pero los intelectuales de izquierdas ya no buscan construir armas de lucha contra el capitalismo, ni alimentar las resistencias; sólo se ocupan de encontrar ese dato, esa historia humana, ese argumento que les permita seguir publicando libros, seguir dando entrevistas a los medios masivos y sosteniendo sus posiciones como si en ello les fuera la vida. Unas posiciones que por otro lado no se preguntan cómo es que coinciden con los intereses y las lógicas de expansión capitalista.

Hay otros, ciertamente, que dedican todas sus energías e inteligencia a buscar, en general en el plano puramente retórico, salidas “viables” al capitalismo, reformas, caminos alternativos, espacios de consenso que les eviten riesgos innecesarios. La búsqueda de certezas teóricas exime de responsabilidades en la praxis.
Un nuevo idealismo posmoderno recorre Europa y salta mares y océanos cabalgando a lomos de un celular. Desprendiéndose de la corporeidad de las necesidades más básicas como el alimento, la salud, la vivienda, la educación…; esta concepción idealista del mundo aboga por la supremacía de los Derechos humanos en tanto que categorías trascendentes e individuales: la libertad sexual, la libertad de expresión, de circulación, la ciudadanía, el parlamentarismo, el voto; y defiende un “relativismo constructivista” en el que el ser humano es una realidad plástica y maleable; y la política no tiene que ver con el poder sino con la voluntad, y en última instancia con el deseo. El único objetivo parece ser situarse mejor en el mercado de las ideas, o tal vez, ganarse la vida.

La neocolonización ideológica postmoderna y el imperialismo del Siglo XXI

Desde hace apenas unos años, antes de lo que calculaban los Think tank estadounidenses, ha surgido una multipolaridad en lo económico, lo político, lo militar e incluso lo geoestratégico. Ciertamente, la guerra en Siria donde, a petición del gobierno sirio, la coalición liderada por Rusia ha puesto freno a las aspiraciones europeas y estadounidenses, es muestra de este retroceso estadounidense; o la fuerza con la que China se está haciendo con el comercio a nivel mundial, también apuntan a esa pérdida de hegemonía. Pero en ninguno de los dos casos hay contradicciones ideológicas. Ni en el caso de Rusia ni en el de China ya que ambos países plantean confrontaciones en el ámbito económico, geoestratégico y en última estancia de poder pero no en cuanto al cuestionamiento del capitalismo.

Estados Unidos no tiene problemas ideológicos sino económicos y geoestratégicos con Rusia (el último encuentro de Donald Trump y Vladimir Putin en la cumbre del G20 en Helsinki que tanto enfadó a las agencias estadounidenses así lo muestra), tampoco los chinos son una amenaza ideológica o política sino económica por el reparto de los recursos y de los mercados. Los problemas ideológicos surgen cuando hay países que violan alguno de los dogmas del capitalismo: países soberanos que utilizan sus recursos para mejorar las condiciones de vida de sus habitantes, que practican el internacionalismo, que se plantean como horizonte el desarrollo social y humano, que subordinan la propiedad privada al bien colectivo, o países cuya identidad nacional, religión (determinada concepción del islam) o cultura, alimentan los sueños y las resistencias de los pueblos.

La guerra actual, en mayor medida que las anteriores, debido a la capacidad bélica equiparable entre las grandes potencias se está dando fundamentalmente en el campo ideológico. El comandante Fidel Castro supo anticiparlo antes que ningún otro estratega mundial cuando planteó para Cuba, en plena crisis tras la caída de la Unión Soviética, la “batalla de las ideas”.

El imperialismo cultural que tan maravillosamente analizó Edward Said en el caso de la novela del siglo XX y que según su propuesta analítica fundamentó y/o creó las condiciones para el imperialismo económico y político, incluso, citando a W. Blake puede que precediera a esta expansión, sirve para entender la continuidad y la potencia de la cultura para la continuidad del dominio capitalista.

Durante la Guerra Fría dos fueron las claves del imperialismo cultural: la generalización del modo de vida americano mediante todo tipo de productos de las industrias culturales monopolizadas por EEUU (especialmente el cine, pero también revistas como Encounter para los círculos intelectuales, Reader’s Digest para los sectores más populares, agencias de información y medios como La voz de América, conciertos, etc. ); y otro elemento clave fue servirse de los intelectuales de izquierdas no comunistas profundamente antisoviéticos (5). A través de ellos no sólo se difundían los productos artísticos estadounidenses sino que se conseguía una mayor credibilidad en las críticas a la Unión Soviética.

Un ejército de intelectuales, académicos, escritores y artistas han sido los responsables del apuntalamiento constante de un sistema económico que hace años amenazaba ruina. Agencias de inteligencia, institutos de investigación, ONG, y demás organizaciones al servicio de los intereses estadounidenses se han encargado de organizar y orientar a este ejército.

El intelectual postmoderno se asemeja en sus funciones a lo que Gramsci denominaba intelectual orgánico. Constituye ese grupo de productores culturales contemporáneos que han renunciado a servir de guía a unos movimientos sociales cada vez más reformistas y se reproducen acomodados en sus nichos de diversidad. Son principalmente intelectuales mediáticos.

Estos intelectuales intentan defender su identidad “contestataria” e inconformista recurriendo a un lenguaje pretendidamente marxista o provocador, antiliberal y anticapitalista, especialmente en la superficie. Pero acaban cayendo en la pura retórica vacía de un lenguaje plagado de tópicos, gaps, incluso chistes fáciles cuando de lo que se trata es de ganar audiencias que pudieran traducirse en votos. El intelectual postmoderno busca en el mercado de la disidencia grupos que le permitan seguir ocupando un lugar en las portadas de los medios, muchas veces en los medios alternativos para no dejar de estar en el “candelero”. De este modo las prácticas revolucionarias, que sin duda las hay, se han quedado huérfanas de teoría.

F. Fanon, Aimé Cesaire o C.L.R. James ya denunciaron en su día esa colonización cultural del siglo XX que relegaba las categorías de raza o género a epifenómenos del capitalismo y llevaba a los partidos comunistas a subordinar las luchas por la descolonización a las luchas del obrero occidental ilustrado. Denunciaban que no se entendiera que el capitalismo llevaba implícito el racismo y la discriminación de los pueblos a los que sometía y que los fascismos simplemente habían implementado en Europa lo que hacía siglos practicaban los capitalistas en las colonias. La colonización cultural del siglo XX pasaba pues por interceptar los movimientos de liberación que surgían en las colonias europeas. Y fueron muchos los intelectuales vinculados a los partidos comunistas europeos que asumieron el discurso racionalista ilustrado para distanciarse de los movimientos de liberación.

En el siglo XXI la cultura y la ideología postmoderna siguen alzando las banderas ilustradas del siglo XX: el Estado de Derecho, la democracia (burguesa), la libertad, la igualdad (de oportunidades). Pero ahora tiene que ocultar el fracaso concreto y real de esta mitología reciclando dichos principios con formatos más actualizados: gobernanza, participación, empoderamiento, centrismo… La actitud buenista sirve de máscara moral para los intereses de grupo (familia, amigos, colegas) y ayuda a neutralizar las resistencias que se dan en el plano de la vida material y cultural de los pueblos.

Las universidades europeas siguen reproduciendo ese hombre blanco ilustrado pero ahora armado con aplicaciones y móviles de última generación que afirman ser la “voz de los sin voz”. Grosfoguel, el teórico del decolonialismo plantea que para ser un proyecto radical no sirve sólo con ser anticapitalista sino que hay que ser antisistema (antipatriarcal, antirracista, anticolonial, no imperialista…) hay que pensar que no se habla sólo de un sistema económico sino de una civilización-mundo “que nace de la expansión colonial europea”(6). Pero eso significa, entre otras cosas, la necesidad de romper con la mitología occidental que construyó un sistema de Estados nacionales y sistemas políticos parlamentarios para ejercer más eficaz y racionalmente la dominación. Los mitos del parlamentarismo burgués y del sistema electoral que le legitima tienen que ser revisados a la luz de la realidad material no de la realidad imaginada o deseada.

Por otro lado, la institucionalización de las izquierdas y las tertulias televisivas han domesticado definitivamente cualquier indicio contestatario. El activista se ha transformado en un “seguidor” de tuits de sus políticos de moda, las redes sociales le ocupan más tiempo que la protesta en las calles. La neocolonización cultural del siglo XXI está en marcha a través de las múltiples autopistas virtuales cuyo peaje es la conciencia crítica de los usuarios.

Si el siglo XX fue caracterizado por los situacionistas como la sociedad del espectáculo hoy podríamos hablar de la época del enmascaramiento. No se trata ya de representación sino ocultación intencionada, y no es sólo ocultar el significado del mundo es hacer que este desaparezca: virtualizarlo. Es por fin lograr que la forma lo sea todo, el significante por encima del significado.

Otro de los elementos fundamentales del imperialismo cultural fue, en la modernidad, el refugio en el contrato o, dicho de otra forma, una nueva forma de legalidad y de legitimidad racionales. Sobre este derecho que emanaba de la representación y la delegación de la voluntad popular en los parlamentos se conseguía someter al pueblo. En los procesos de descolonización del siglo XX el modelo de Estado de derecho y la representación parlamentaria sancionada mediante el procedimiento electoral se convertirían en la nueva forma de sometimiento de las nuevas naciones independizadas a las élites nacionales.

En el siglo XXI, las élites políticas e intelectuales occidentales y de las antiguas colonias encuentran en el Estado de derecho, que como diría Marx no es otro que el Estado burgués, el mejor refugio para estar a salvo de las grandes confrontaciones sociales.

Desde mi punto de vista, todo lo anterior constituye evidencias de que la potencia que lidera el mundo, Estados unidos, ha perdido la guerra económica, está perdiendo la militar y la política pero no la ideológica. En este terreno, como ya anticipara Gramsci, la hegemonía sigue estando del lado de la clase dominante que ha conseguido que las clases dominadas compartan sus valores, deseos e ideología.

Mantener el mundo escindido: el alma y el cuerpo, lo individual y lo colectivo, el hombre y la naturaleza, la teoría y la práctica…

Ciertamente la barbarie homogeniza que es como decir que el capital convierte todo en mercancías. La civilización occidental, o, más bien el proceso civilizador europeo, no ha dado como resultado un mundo diferenciado, rico y variado, sino todo lo contrario. Aunque hoy los medios de comunicación y las redes sociales nos presentan un mundo plural y multicultural la realidad es que lo diverso que nos muestran concierne sólo a la apariencia, a lo puramente estético. Es la naturaleza corpórea, psíquica, material, humana, la que es múltiple, rica y variada, aunque siga ciertas pautas que permiten predominar en ella la pulsión de vida frente a la pulsión de muerte.

Lo diferente no es una cualidad propiamente humana sino de la naturaleza y nosotros también somos producto de la naturaleza. Son las formas en las que se presenta la “nuda vida” que diría Agamben, las que son diversas y responden a la necesidad de conservación de las especies. Lo específicamente humano son las diferencias construidas desde la consciencia, no menos reales ni menos fundamentales. La consciencia que hace pasar por la razón la interpretación de los acontecimientos y nos permite distinguir entre los asesinatos cometidos por el Estado de Israel y el acto desesperado de un palestino que se inmola. Es desde esa conciencia diferenciadora que los seres humanos nos negamos a ser estandarizados y transformados en mercancías intercambiables; de ello depende nuestra propia subsistencia. Sin embargo, esta pulsión básica, sustantiva y material en cierto sentido, es reconducida hacia una diferenciación superficial, banal, que impide la unidad de acción contra el capitalismo: identidades a la carta sin ningún denominador común.

Existe una unidad cultural/biológica del conocimiento y la acción que ha sido rota en los últimos doscientos años por el capitalismo(7), sobre ella se sostiene la explotación. El Capitalismo necesita originalmente de la fragmentación y la división entre el pensar y el hacer, la división del trabajo que aumente la eficacia de la explotación de los sujetos y de los pueblos. La modernidad se construye ideológicamente sobre las dualidades que sirvieron de base al cristianismo pre-moderno para garantizar el sometimiento de los cristianos y el poder de la iglesia en la tierra. El par alma-cuerpo se traslada a la modernidad como razón-cuerpo y esta separación permitirá operar el ejercicio de la explotación sosteniendo ideológicamente una igualdad de derechos y de oportunidades que no cuestionan las desigualdades materiales, objetivas; y que además se convertirá en la trampa del intelectual postmoderno.

Reconstruir la unión entre el pensar y el hacer es uno de los grandes retos de una cultura verdaderamente revolucionaria, es decir, aquella que sea capaz de enfrentarse al imperialismo del siglo XXI. Los intelectuales deben trabajar en esta reunificación confrontando sus análisis con la realidad de las necesidades humanas, sean estas psíquicas o materiales.

Lo mismo que Marx no distingue entre los productos del trabajo humano ya sean intelectuales o materiales, pues po¬seen valor de uso (satisfacen necesidades ya sean menta-les o físicas, reales o imaginarias) y valor, de la misma forma pensar/analizar son acciones humanas que no pueden ser reducidas a procesos mentales única y exclu¬sivamente en la medida en que suponen gasto de energía (física) y se encuentran ineludiblemente conectadas a los actos comunicativos sin los cuales no podrían darse. Los intelectuales comen, se protegen del frío, aman, ríen, odian…Tampoco la práctica es acción pura, nunca lo fue: en cuanto acción humana, implica “estar orientada a un fin, de lo contrario es un acto reflejo o imitativo; necesariamente está guiada por el conocimiento. El conocimiento se nutre de la acción y es acción. Solo el pensar informático (inteligencia artificial) es cono-cimiento puro porque sus premisas y sus fines le vienen dados“(8).

Este imperialismo cultural del siglo XXI que vamos cartografiando se alimenta de nuestras buenas intenciones. La desconexión entre causa y efecto, entre el pasado y el presente, hace posible que los intelectuales queden al resguardo de su responsabilidad. En el campo de la lucha armada se expresa en la doctrina de la “intervención humanitaria” que tan buenos resultados ha dado entre los intelectuales europeos que acabaron justificando la intervención armada en Yugoslavia, en Libia, en Siria o en Ucrania. En los shows televisivos que se disfrazan de tertulias o debates de actualidad proliferan los microrrelatos postmodernos donde se juzga y sentencia a los gobiernos latinoamericanos que no cumplen con las formas políticas y culturales de las antiguas metrópolis, siempre evaluados desde la arbitrariedad, unos sí otros no, previamente señalada por la agenda mediática.

Si en el imperialismo del siglo XIX y XX Edward Said estudiaba la novela por considerarla “el objeto estético de mayor interés a estudiar en su conexión particular con las sociedades francesa y británica, ambas en expansión”(9), no caben dudas de que a principios del XXI hay que estudiar el cine de superhéroes, los cómics(10), las series de televisión y las redes sociales. Para Said, en el imperialismo, la batalla principal se libraba por la tierra pero “cuando tocó preguntarse quién la poseía antes, quién tenía el derecho a ocuparla y trabajarla, quién la mantenía, quién la recuperó y quien planifica ahora su futuro, resulta que todos esos asuntos habían sido reflejados, discutidos e incluso, durante algún tiempo, decididos en los relatos. Según ha dicho algún crítico por ahí, las naciones mismas son narraciones. El poder de narrar, o de impedir que otros relatos se formen y emerjan en su lugar, es muy importante para la cultura y para el imperialismo, y constituye uno de los principales vínculos entre ambos”(11). Los microrrelatos postmodernos que circulan a gran velocidad por las redes van conformando matrices de colonización cultural: el indigenismo, el género, el ecologismo, las elecciones, la representación. Todos ellos debidamente sustanciados fuera de la lógica capitalista. No hay historia, no hay violencia solo presente y buenas intenciones.

Cuando el Ente sionista de Israel a través de su embajada en Nigeria regala 70 Tablet a niños nigerianos con la bandera de Israel en la parte trasera está trasladando el relato del progreso y la tecnología como valores vinculados al Estado sionista. Cuando los intelectuales europeos, en las nuevas agresiones imperialistas a América Latina, por ejemplo en Venezuela o en Nicaragua, se comportan como si tuvieran que autorizar a los gobiernos latinoamericanos a ejercer su autoridad gubernamental sobre las oposiciones violentas, sobre las élites golpistas, o sobre sus leyes o prácticas políticas, están trasladando el relato de colono ilustrado.

Así, un nuevo modo de autoritarismo particularista se extiende por todo el espectro teórico de izquierdas. La ética, los principios religiosos y las teorías universales son convertidos en anatemas contra los que se alzan un ejército de filósofos, politólogos, sociólogos y antropólogos dispuestos a liquidar cualquier propuesta de unidad de acción. La religión se presenta como un obstáculo insalvable, por ejemplo, para apoyar a Hezbollá, el único movimiento que ha sido capaz de derrotar al ejército de Israel, que coloca la causa palestina en el horizonte de su lucha y que consigue el respeto de la mayoría de las poblaciones árabes. La modernidad propone no una laicidad sino una secularización consumista que lo mismo destruye la religión que al ser humano, decía Passolini. La igualdad de mercado permite el enmascaramiento del conflicto latente entre las necesidades sociales y la propiedad de los bienes para satisfacerlas.

El imperialismo del siglo XXI ha llenado de dogmas invisibles la mente de los ciudadanos europeos gracias a los intelectuales de izquierdas. Mientras que los dogmas del imperialismo del siglo XX eran reconocibles a poco que se ahondara en la ideología liberal (el mercado, el equilibrio, la eficacia…) en estos momentos se presentan como consignas de izquierda términos como derechos humanos, diversidad, identidad, etc.

Si el imperialismo tardío del siglo XX trató de cerrar el paso a las revoluciones con el discurso del “fin de las ideologías” y por tanto el “fin de la historia”, el del siglo XXI trata de conjurarlas con la invención mitológica del pasado según la ideología y los deseos (ej. La construcción imaginada de Israel), los mitos nacionalistas, los derechos universales, la multiculturalidad, la diversidad, etc. Pero la unidad no es el individuo sino la sociedad. Y no hay sociedad que pueda ser construida como un sumatorio de individualidades. De la misma forma que ocurre con la memoria, lo colectivo y lo comunitario es un lastre para el nuevo imperialismo, de ahí ese discurso postmoderno contra los liderazgos, contra las organizaciones, contra los héroes y las banderas. De ahí ese ensalzamiento constante del individuo, del grupo y de las microidentidades.

Reconciliar el relato con la vida, ocuparnos del mundo que camina

Para Said, existían “humanistas profesionales” que son “incapaces de establecer conexiones entre la crueldad prolongada y sórdida de prácticas como la esclavitud, la opresión racial y colonialista o la sujeción imperial, en el seno de una sociedad, por un lado, y por otro, la poesía, la ficción y la filosofía de esa misma sociedad(12). En el imperialismo cultural del siglo XXI se mantiene esa desconexión y es frecuente que la literatura, el cine, o la filosofía utilicen los casos reales para transformarlos en ficciones inocuas y desvíen la atención de la crítica radical al capitalismo.

Académicos e intelectuales postmodernos se centran en debatir sobre los procedimientos cuando lo que está en juego, tal y como planteara Foucault es la propia vida humana, no las formas específicas en las que se expresa. Es así que la particularidad de los sistemas políticos o de los derechos ciudadanos no respetados hacen desaparecer las amenazas globales (la guerra, la depredación del medio ambiente, el hambre…) por arte de magia. Defender un sistema de partidos, un parlamento, unas elecciones, la libertad de expresión, los derechos de ciudadanía se colocan por encima de la amenaza global de la guerra imperialista o de la producción de bienes básicos para resolver el alimento, la salud, el alojamiento o la educación.

En el ámbito de la política, los ideales ilustrados como la igualdad, la solidaridad y libertad que en el siglo XX sirvieron para alentar y legitimar el alzamiento de los pueblos colonizados contra las metrópolis, hoy, sólo se conciben en su “cualidad trascendente” separados de lo cotidiano de forma que son utilizados para arremeter contra los procesos revolucionarios latinoamericanos que defienden su soberanía y su independencia económica y que en ocasiones no “respetan adecuadamente” los derechos humanos. Cientos de veces Venezuela tiene que defender su democracia y la transparencia de su sistema electoral, no hay momento en el que Cuba no deba argumentar lo innecesario de un sistema de partidos al estilo europeo o que Bolivia no deba justificar el recurso al extractivismo para obtener recursos económicos.

Pero sin duda el conflicto central de nuestro mundo queda fuera de las preocupaciones del intelectual postmoderno: el conflicto entre el Capital y el trabajo. A pesar de vivir en un mundo inundado de desarrollos tecnológicos y culturales espectaculares la lucha por la subsistencia sigue anclada en una lógica embrutecedora que reduce al sujeto a su expresión más primitiva, una pieza insignificante, sin conciencia, apenas pura energía (física o intelectual) que es extraída para alimentar la maquinaria global. En el Capitalismo la lógica de las necesidades queda subordinada constantemente a la lógica del beneficio.

El capitalismo no es sólo un modo de producción es un sistema en el que cada una de sus partes no puede ser aislada y funcionar por separado. La fundamentación ideológica del capitalismo está en la individualización opuesta a la sociabilidad –esta última única garantía de la pervivencia de la especie humana- y en la escisión del ser humano (alma, cuerpo, razón-sentidos).

El intelectual que desarrolla su potencia históricamente sólo ha podido hacerlo restituyendo la vida y su forma específica, o dicho de otro modo, actualizando constantemente en su práctica cotidiana la potencia que encierra la vida humana y creando así nuevas formas de vida, distintas a la forma capitalista existente. Hoy ese intelectual parece haberse extinguido.

Volvamos a Gramsci y reivindiquemos una filosofía de la praxis que encuentre en las actividades y pensamientos cotidianos, en las prácticas de solidaridad diarias, en el internacionalismo, elementos para construir un mundo realmente alternativo. El filósofo Terry Eagleton propone en su último libro sobre el Materialismo ocuparse del cuerpo, pero no del “cuerpo étnico, genérico, queer, hambriento, construido, perecedero, decorado, discapacitado, cibernético, biopolítico” (13) sino de lo que tienen en común cada uno de los seres humanos, aquello que nos permite subsistir como especie (animal y cultural), el cuerpo como una realidad material que necesita alimentarse, alojarse, educarse, pensar, amar, reír… Hablamos de esa materialidad histórica de la que se ocuparon Marx y Engels, y E.P. Thomson, Gramsci, Mariátegui, el Che y Fidel, que les llevó hacia el universalismo revolucionario que reivindicaba la igualdad en contraposición a la explotación capitalista.

No puede haber emancipación, ni soberanía, ni vida digna de ser vivida en el marco cada vez más estrecho de los particularismos individualizantes que no van más allá del pequeño grupo identitario, que, enemigos de la historia, no pueden proyectarse más allá del presente y del grupo al que pertenecen.

La tarea de la izquierda es transformar todas las energías sociales en acciones conscientes, no negarlas, ni inventarlas. La tarea de la izquierda es ocuparse de los problemas reales, materiales, y no volver una y otra vez sobre problemas y cuestiones ya resueltas hace muchos años, como por ejemplo la incompatibilidad del capitalismo y la democracia, o la imposibilidad de la reforma del capitalismo, o de una acumulación de capital sin explotación, o una propiedad privada promotora del bien colectivo. La tarea de la izquierda y de los intelectuales revolucionarios no puede ser otra que ponerse al servicio de la vida, concreta, material, y no del Capital.

Finalmente, dado que el imperialismo no es sino la expansión globalizada del Capitalismo, enfrentarse al imperialismo del siglo XXI implica necesariamente la conformación de un Frente internacionalista que haga suyas las luchas y las resistencias de todos los pueblos contra el Capitalismo, en todos y cada uno de los ámbitos en los que despliega su arsenal bélico.

* Dra. CC. Políticas y Sociología, profesora de la UCM, España, Julio 2018.

Notas y referencias:

1- XVI planteó esta curiosa situación de aceptación de la servidumbre en su libro “la servidumbre voluntaria”.

2- Cuando utilizo el término economía hablo en realidad del capitalismo. De hecho cuando los economistas, los políticos y el público en general habla de economía en realidad de lo que se está hablando es del modo de producción hegemónico que es el Capitalismo. Para el desarrollo de este tema ver Ángeles Diez, “La economía y los pretextos”, Rebelión, 26/11/208 <https://www.rebelion.org/noticia.php?id=76518>

3- Alain Badiou, El despertar de la historia. Ed. Clave Intelectual, Madrid, 2012, pág.22

4- RT, “Periodista británica: Los cascos blancos trabajan como terroristas”, https://actualidad.rt.com/actualidad/263009-medios-promocionar-cascos-blancos, (Consulta 14/02/2018)

5- La investigadora británica´, Frances Stonor Saunders, en su obra “La CIA y la Guerra Fría cultural” así lo afirma tras un exhaustivo trabajo de entrevista a ex miembros de la CIA, análisis de documentos desclasificados y materiales diversos de la época.

6- Ramón Grosfoguel, entrevista, El Solitario, (https://www.elsaltodiario.com/nacionalismo/ramon-grosfoguel-si-te-posicionas-del-lado-del-estado-espanolista-no-te-quejes)

7- Humberto Maturana, R. y Fco Varela, G. ” El árbol del conocimiento. Las bases bioló¬gicas del entendimiento humano” Santiago, Ed. Universi¬taria 1984.

8- ibidem

9- Edward W. Said, Cultura e imperialismo. Ed. Debate, Barcelona, 2018, p. 15

10- Datos los comics en España la publicación de cómics se incrementó en el 2017 en 500 títulos.

11- Edward W. Said, Cultura e imperialismo. Ed. Debate, Barcelona, 2018, p. 15

12- Edward W. Said, Cultura e imperialismo. Ed. Debate, Barcelona, 2018, p. 16

13- Terry Eagleton, Materialismo. Editorial Península, 2017, pág. 12

Ángeles Diez


Publicado el 19 agosto, 2018 en frenteantiimperialista.org

(Publicado en Cubasocialista, 13 de agosto de 2018)