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Los hombres al establecer las relaciones sociales con arreglo al desarrollo de su producción material, crean también los principios, las ideas y las categorías conforme a sus relaciones sociales.

A juicio del señor Proudhon la concentración de los instrumentos de trabajo es la negación de la división del trabajo. En realidad, una vez más vemos todo lo contrario. A medida que se desarrolla la concentración de los instrumentos, se desarrolla también la división del trabajo, y viceversa.

Toda la lógica del señor Proudhon se resume en esto: “La competencia es una relación social en la que desarrollamos actualmente nuestras fuerzas productivas”. Los socialistas saben muy bien que la sociedad actual se basa en la competencia. ¿Cómo podrían ellos reprochar a la competencia el trastornar la sociedad actual que ellos mismos quieren abolir?. El señor Proudhon dice más adelante que la competencia es lo contrario del monopolio y que, por consiguiente, no puede ser lo contrario de la asociación.

El feudalismo era, desde sus orígenes, opuesto a la monarquía patriarcal; por tanto, no era opuesto a la competencia, que aún no existía. ¿Se deduce de aquí que la competencia no es opuesta al feudalismo?. En realidad los vocablos sociedad y asociación son denominaciones que se pueden dar a todas las sociedades, lo mismo a la sociedad feudal que a la burguesa, que es la asociación fundada en la competencia. ¿Cómo puede el señor Proudhon querer defender la competencia contra el socialismo, designándola con el solo nombre de asociación?

La condición de la emancipación de la clase obrera es la abolición de todas las clases, del mismo modo que la condición de la emancipación del tercer estado, del orden burgués, fue la abolición de todos los estados [estamentos del Estado feudal, con privilegios concretos y rigurosamente delimitados] y de todos los órdenes.

En el transcurso de su desarrollo, la clase obrera sustituirá la antigua sociedad civil por una asociación que excluya a las clases y su antagonismo; y no existirá ya un poder político propiamente dicho, pues el poder político es precisamente la expresión oficial del antagonismo de clase dentro de la sociedad civil.

En palabras de Jorge Sand “Luchar o morir; la lucha sangrienta o la nada. Es el dilema inexorable”.

A un determinado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas de los hombres corresponde una determinada forma de comercio y de consumo. A determinadas fases de desarrollo de la producción, del comercio y del consumo corresponden determinadas formas de constitución social, una determinada organización de la familia, de los estamentos o de las clases; en una palabra, una determinada sociedad civil. A una determinada sociedad civil, corresponde un determinado régimen político, que no es más que la expresión oficial de la sociedad civil.

Lo que el señor Proudhon no ha sabido ver es que los hombres producen también, con arreglo a su fuerzas productivas, las relaciones sociales en que producen el paño y el lienzo. Y menos aún ha sabido ver que los hombres que producen las relaciones sociales con arreglo a su producción material, crean también las ideas, las categorías; es decir, las expresiones ideales abstractas de esas mismas relaciones sociales. Por tanto, estas categorías son tan poco eternas como las relaciones a las que sirven de expresión. Son productos históricos y transitorios. Para el señor Proudhon, en cambio, las abstracciones, las categorías son la causa primaria. A su juicio son ellas y no los hombres quienes hacen la historia.

El señor Proudhon es de pies a cabeza un filósofo y un economista de la pequeña burguesía. Ese pequeño burgués diviniza la contradicción, porque la contradicción constituye el fondo de su ser. Él no es otra cosa que la contradicción social en acción.

En lugar de considerar las categorías económicas como expresiones teóricas de relaciones de producción formadas históricamente y correspondientes a una determinada fase de desarrollo de la producción material, las convierte de un modo absurdo en ideas eternas, existentes desde siempre, y después de dar este rodeo retorna al punto de vista de la economía burguesa.

Al afirmar más adelante que las penalidades de los obreros son inseparables del progreso de la industria y necesarias para el bienestar nacional, reconoce simplemente que la infelicidad de la clase trabajadora es condición necesaria para el bienestar de la clase burguesa.

A medida que crece el capital productivo, la competencia entre los obreros aumenta en una proporción mucho mayor. La remuneración del trabajo disminuye para todos, y el peso del trabajo aumenta para algunos. Mientras subsistan las relaciones entre el trabajo asalariado y el capital, siempre existirán la clase de los explotadores y la clase de los explotados. No os dejéis engañar por la palabra abstracta de libertad. ¿Libertad de quién? No es la libertad de cada individuo con relación a otro individuo. Es la libertad del capital para machacar al trabajador. Designar con el nombre de fraternidad universal la explotación en su aspecto cosmopolita es una idea que sólo podía nacer en el seno de la burguesía. Todos los fenómenos destructores suscitados por la libre concurrencia en el interior de un país se reproducen en proporciones más gigantescas en el mercado mundial.