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Frases de los gurús del capitalismo rezan: Si no luchas por trabajar en tu sueño, otra persona te pagará por realizar los suyos.

Yo te pregunto: ¿Recuerdas tus propios sueños? ¿Los anhelos de tu infancia, antes de que el sistema te dictara que el único sueño que existe, es ganar dinero?

El sector empresarial está atado y bien atado. Lo saben bien los autónomos que pagan unas tasas desorbitadas y sin parangón en el resto de Europa. Atrévete a emprender, y explótate a tí mismo para estar al nivel de la gran empresa. Sé un triunfador y déjate la piel por amasar dinero. Hey! A algunos les ha salido bien... y sus nombres de empresario son referentes, y sus vidas se alaban hasta la náusea.

El oscuro secreto es que para amasar ese dinero tendrás que pasar por apropiarte de los beneficios que te genere el trabajo de otra persona.

¿Tendrás lo que hay que tener para ser de la élite? ¿Para deshumanizarte?

Han pervertido nuestros sueños hasta el punto en que se reducen a tener un (ojalá) bonito y confortable lugar al que poder ir a descansar por las noches, y ser productivos al día siguiente, quizás poder también endeudarte por un lujoso vehículo, que te produzca la ilusión de que quizás sí eres alguien, cuando para lo único que sirve es para facilitarte llegar a fichar con más rapidez.

Qué bien nos han hecho el juego... tu derecho a vivir bajo un techo va a ser tu lucha, y tu orgullo. Súmale ocio barato, el sueño de hacer un viaje en familia de vez en cuando (si es que puedes permitirte traer un hijo al mundo), y ya tienes el cóctel de la felicidad. Y que los años se sucedan uno detrás de otro.

El sistema te invita a trabajar duro hasta que la jubilación llegue, (o en el mejor de los casos, tú llegues a ella), para después encontrarte malviviendo con una pensión que sólo te asegura inquietud en la etapa más vulnerable de tu vida. Vive con esa incertidumbre, levántate cada día con ese pensamiento del que todos somos conscientes, y que cada cual lo evada de la manera que más le plazca. De esa pequeña voz se nutre el capital para someterte.

Pero todas y todos sentimos, muy en el fondo, que esa incertidumbre, que esa preocupación constante, que esa amargura no es inherente a la vida. Algo dentro de nosotros nos grita, que no nacimos para vivir con miedo.

De vez en cuando salta una noticia.

Un hombre de 51 años ha muerto en Cabanes mientras trabajaba.

Como siempre, la noticia viene acompañada con los mínimos datos, detalles... como todas las demás noticias en que un trabajador ha perdido su vida. Que ha perdido todo. Trabajando para otro.

Si indagáramos, el escudo empresarial aparece, y nos hablarían de medidas de protección, de cursos de seguridad laboral, de un desafortunado accidente, o de una serie de catastróficas coincidencias que han hecho que la tragedia se haya llevado una vida.

Y ya no hay marcha atrás. Hay cosas que no se pueden cambiar y la muerte lo cambia todo.

Quizás en el más oscuro y siniestro de los supuestos, alguien insinuará, veladamente por supuesto, que la responsabilidad de esa muerte es el propio protagonista, y sólo él.

Y esa afirmación, esa acusación ignominiosa... en el caso de que no estuviéramos todos dormidos, debería ser una chispa.

El argumentario empresarial en estos casos, viene en un comunicado escrito en papel, impreso desde una apacible oficina.

La realidad nada tiene que ver. Los currantes lo sabemos bien. Conocemos que la teoría nada tiene que ver con la lucha diaria en el campo de juego.

Sabemos lo que son los plazos de tiempo, tu índice de productividad. Que la mercancía de todos esos palets hay que colocarla, y rápido. Aprendes a volar subiendo y bajando la escalera, a obviar el dolor de espalda, a esconderlo... a vivir con miedo de mostrar alguna vulnerabilidad humana, y que a ojos de la empresa dejes de ser “el buen trabajador”. El que jamás coge una baja, el que presume de ir a trabajar con fiebre, el que esconde un dolor físico, el que prefiere acortar una baja para incorporarse lo antes posible a su trabajo.

Ahí ya hemos dejado de ser, ya no se nos permite ser personas. Ahí el sistema te ha engullido. A tí, a tus sueños, a tu futuro.

La muerte lo cambia todo, y sin embargo, nada cambia.

No se nos facilita información sobre este hombre de 51 años, su nombre, su vida. Quién se ha desgarrado en el momento en que ha sabido que su ser querido jamás volvería a casa. Que la despedida de esa mañana ha sido la despedida final.

Quiénes lo están llorando. Quién era él aparte de un trabajador.

¿O es que acaso ser un trabajador es todo lo que importa?

Y la única verdad es que la vida ha cambiado para todos. Con cada trabajador que muere en su puesto de trabajo, para muchos se afianza la normalidad de lo inevitable, de las trágicas coincidencias y de la fragilidad de la vida. Y cierran el periódico y siguen los horarios de su vida dictada por el capital.

Pero en otros, y cada vez somos más, sí prende la chispa.

La furia.

Y nos unimos al dolor de esa familia.

Y nos preguntamos por la vida de ese trabajador. Qué vacío ha dejado. Quién era y quién le esperaba. Cuáles eran sus sueños y cuáles fueron sus anhelos. Cuál era su lucha y cuáles sus ilusiones.

Y por qué ha tenido que morir por cumplir los sueños de otro.

¿Y cuándo va a acabar esto? ¿Cuántas personas deben morir en su puesto de trabajo para que la chispa prenda, y se convierta en... otra cosa, en algo más?

Sólo el año pasado 618 trabajadores perdieron la vida en su puesto de trabajo en este país.

618 vidas, 618 llamadas donde las personas al otro lado del teléfono se derrumbaron ante la noticia que deja tu mente a negro, donde la pesadilla comienza y se les anuncia que una parte de ellos mismos ha muerto, y la van a tener que enterrar.

Morir por nada.

Estos no eran nuestros sueños.

Y no moriremos por cumplir los vuestros.

Se ha acabado vivir con miedo. O tener que pensar en blanco y negro.

En algún momento de nuestra vida el sistema capitalista nos cercena el derecho a pensar en colores. Nuestros sueños y anhelos de la infancia nos los habéis arrebatado.

Pero, y esto es una amenaza, si prende la chispa, nada va a detenernos de pensar en rojo fuego.

Si lo único que nos queda es morir luchando por los sueños de otro, quizás va llegando el momento de morir luchando. Por los nuestros.

Judith Escuder