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De la mano de Pedro L. Angosto nos llega esta nueva publicación titulada "Diccionario del franquismo. Protagonistas y cómplices, 1936-1978" que desde hace unas semanas está publicada por la Editorial Comares. Este diccionario biográfico del franquismo está prologado por Josep Fontana

"De un tiempo, de un país"

Pasados ochenta años desde el golpe de Estado del general Franco, los militares africanistas, la iglesia católica y la oligarquía española, no contamos todavía con un pequeño manual accesible a todos los públicos en el que quede reflejada la vida y obra, siquiera sucintamente, de quienes de un modo u otro contribuyeron a perpetrar el gran holocausto español del siglo XX. La falta de un libro de ese tipo impide, a nuestro juicio, que nativos y extraños ajenos a nuestra historiografía contemporánea  conozcan la magnitud de la barbarie franquista, quienes fueron los protagonistas principales, los ejecutores, intelectuales o materiales, pero también los cómplices necesarios, los encubridores y los justificadores. Aunque no se trata en ningún caso de un estudio pormenorizado en el que se incluyan las biografías de todos aquellos que colaboraron con la criminal dictadura –sería un trabajo tan prolijo como absurdo porque muchísimas personas que se aproximaron o se involucraron en el régimen lo hicieron por miedo, engañó o por supervivencia- no se puede olvidar que los responsables del golpe de Estado que dio lugar a la mayor tragedia española de los últimos siglos no fueron sólo los militares traidores que empuñaron las armas contra el Gobierno legítimo de la Segunda República, sino también quienes le dieron cobertura doctrinal, publicitaria y financiera.  

Poco antes de la victoria aliada en la II Guerra mundial, las autoridades franquistas se encargaron de borrar cualquier huella evidente que pudiese servir a las generaciones futuras para evaluar el alcance de la barbarie. Mientras en los territorios liberados por los aliados se filmaron y fotografiaron exhaustivamente los lugares del horror, incluso el horror mismo, en la España de la dictadura franquista, que después de 1945 pretendía buscarse un lado cerca de Estados Unidos, se desmontaron los campos de concentración, se quemaron las fotografías y películas que daban testimonio de las atrocidades cometidas, imponiéndose un silencio sepulcral fruto del terror que impedía a las víctimas y sus allegados contar cualquier penalidad. Apenas hay, al contrario que en Alemania, Italia, Polonia, Rusia o la Francia ocupada, imágenes de fusilamientos, linchamientos, torturas, deportaciones, confinamientos, vejaciones o desapariciones, circunstancia que llega al extremo de que todavía hoy desconocemos dónde están los restos de uno de los poetas españoles más universales: Federico García Lorca. El miedo es hijo del terror y el terror planificado por los golpistas causó efectos tan demoledores entre el pueblo español que hasta hace no demasiados años se prohibía en muchísimas casas hablar de aquel periodo o recordar a los familiares que habían defendido al régimen constitucional republicano. El estreno en Alemania de las películas de Frédéric Rossif sobre la guerra, el holocausto y el exterminio nazi1, montadas con documentales rodados primero por los propios nazis, luego por los aliados, causaron una terrible conmoción en el país, entre los ciudadanos a los que todavía en los años sesenta no se les había contado con crudeza la realidad de los hechos protagonizados por sus compatriotas. Sin embargo, algo así sería imposible en España porque aunque aquí también se rodaron miles de metros de película sobre la barbarie cuando todo apuntaba al triunfo del nazismo, la inmensa mayoría de ellas fueron destruidas o no se han encontrado todavía, atribuyendo los gobernantes fascistas españoles a la propaganda comunista cuanto en ese sentido se decía en el exterior.  

Que no tengamos imágenes del exterminio del contrario ideológico que tuvo lugar en Sevilla, Badajoz, Málaga y tantos otros lugares, no niega que ese exterminio fuese real, pero sí que aquellos hechos dramáticos hayan llegado al gran público, a la ciudadanía, circunstancia que han aprovechado los historiadores, periodistas y tertulianos franquistas para negar los hechos y dar una visión edulcorada del régimen en los grandes medios de comunicación2. Mucho se ha hecho desde la muerte del tirano por recuperar nuestra memoria pisoteada, pero aún así, la carencia de testimonios documentales ha jugado en contra de que el pueblo español sepa las verdaderas dimensiones de la tragedia. Es desde ese contexto y con esa pequeña finalidad, que nace este sencillo libro sin más pretensiones que servir de instrumento de conocimiento y divulgación de nuestro doloroso pasado reciente, un pasado que no podemos dejar que el tiempo y los años borren porque, al igual que otros países que protagonizaron episodios similares, tenemos la obligación de conocerlo, asumirlo y hacer todo lo posible para que jamás vuelva a repetirse. 

Pedro L. Angosto

Prólogo de Josep Fontana

La forma en que se produjo en España el pacto de la “transición” contribuyó a que se hiciera el silencio sobre la historia del franquismo, puesto que no se podían airear las responsabilidades de los mismos con quienes se pactaba, ni depurar las culpas de miembros de la jerarquía militar o judicial que seguían desempeñando sus cargos.

Y aunque ha habido en las últimas décadas un volumen considerable de investigación que ha permitido conocer a fondo la realidad de los crímenes y desmanes de la dictadura, se sigue manteniendo desde los organismos públicos y desde los medios de comunicación una especie de neutralidad que ha favorecido la aparición de un revisionismo histórico que pretende demostrar que la guerra civil no fue más que un enfrentamiento entre dos bandos igualmente culpables.

La confusión creada por esta indefinición explica escándalos intelectuales como el del Diccionario Biográfico Español, publicado por la Real Academia de la Historia entre 2009 y 2013, o la confusión que ha hecho posible que se difundiera recientemente por los medios la desgraciada ocurrencia de Daron Acemoglu de comparar la transición española con la “primavera árabe”.

Confieso que nunca he entendido que se pueda valorar del mismo modo una república que formó maestros, abrió escuelas y creó bibliotecas públicas en los pueblos, y un régimen militar que asesinó maestros, cerró escuelas y bibliotecas y quemó libros.

Pero así deben pensar quienes alientan esa ola de revisionismo, apoyada por autoridades tan dudosas como la de Stanley Payne, dispuesto siempre a apadrinar cualquier engendro contra la República y en defensa del franquismo.

Conocí a Payne en los años sesenta, en una ocasión en que pasó por Barcelona y se reunió con un grupo de jóvenes historiadores. Era por entonces un autor de moda. Había publicado en 1962 Falange. A history of Spanish fascism, que Ruedo Ibérico tradujo en París tres años más tarde. Nos estuvo describiendo a los falangistas de los años de la Segunda república como un grupo de jóvenes intelectuales amantes de la poesía. Se me ocurrió preguntarle cuál era en aquellos años la fuente de ingresos de que vivía José Antonio, y me contestó: “Eso no lo sé”. Me pareció poco serio que montase todo un tinglado interpretativo prescindiendo de asentarlo sobre la realidad y perdí desde aquel momento la confianza en la calidad de su investigación.

Pero es que la calidad de la investigación no cuenta en las valoraciones del revisionismo. Podemos verlo en la forma en que reaccionan contra quienes les contradicen. Uno de los objetos de su furor es, por ejemplo, Ángel Viñas, un investigador que tiene una obra posiblemente tan copiosa como la de Payne, pero que se distingue netamente de la de éste por la ingente cantidad de nueva documentación que ha sacado a la luz y ha publicado.

En un reciente alegato contra Viñas, Carlos González Cuevas, cuya interpretación del régimen franquista se expresa en afirmaciones como “Franco era, como aparecía en las monedas de la época, ‘Caudillo por la Gracia de Dios’; lo que suponía unos límites claros a su capacidad de decisión” o “el pluralismo inherente al régimen político nacido de la guerra civil”, se dedica sistemáticamente a la tarea de denostar las obras de Viñas, sin argumentos sólidos para fundamentar la crítica. Un ejemplo de ello lo tenemos en la condena de que haya publicado las memorias de Francisco Serrat Bonastre, “con el solo objetivo de fundamentar sus prejuicios antifranquistas”. Pero Serrat era un embajador al servicio de la República, que abandonó su puesto en Varsovia para unirse al régimen franquista, que lo nombró Secretario de Relaciones Exteriores. Si tenemos en cuenta, además, que sus memorias no estaban destinadas a la publicidad, sino que permanecían en manos de la familia, para descalificarlas, y para criticar a Ángel Viñas por haberlas publicado, se necesita cuando menos aportar evidencias que lo justifiquen.

Lo que realmente necesitamos es más documentación y más conocimiento. De ahí que me parezca oportuno celebrar la publicación de este diccionario biográfico del franquismo que Pedro L. Angosto ha realizado con un notable esfuerzo de documentación. Si los grandes nombres cuentan con una bibliografía más o menos accesible, es difícil encontrar información de otros muchos cuya trayectoria vital se recoge en estas páginas. Será, en suma, una nueva herramienta que nos ayude a conocer mejor la historia de una época.

Josep Fontana