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Con la proclamación de la II República el 14 de abril de 1931 se produjeron en España profundos cambios sociales y políticos. La incipiente industria cinematográfica española fue testigo y reflejo de aquellos extraordinarios acontecimientos que sorprendieron al mundo. Aquel día España se convirtió en algo insólito: un Estado sin rey.

En aquel contexto, y coincidiendo con la aparición del cine sonoro, el grueso de la producción cinematográfica entre los años 1931 y 1936 se centró en dos grandes empresas de producción y distribución de filmes: CIFESA creada en 1932 por la familia Trènor, de marcado carácter conservador y FILMÓFONO, progresista y de izquierdas. La primera productora se dedicó a hacer un cine que según sus propias declaraciones “complaciera al público sobre todas las cosas”. Prueba de ello son, por ejemplo, “La hermana San Sulpicio” (1934), de Florian Rey o “La verbena de la Paloma”, de Benito Perojo.

Por su parte FILMÓFONO, fundada por Ricardo Urgoiti empresario de la comunicación, y por Luís Buñuel que acababa de realizar las surrealistas: “Un perro andaluz” (1929) y “La edad de Oro” (1930), orientó su producción hacia un cine popular en el que abordó temas de candente actualidad: el divorcio, el machismo, el papel de la mujer en la nueva sociedad republicana, etc.  Ejemplos son “Don Quintín el amargao” (1935), dirigida por Luis Marquina, “Quién me quiere a mí” (1936), de José L. Saenz de Heredia y Luis Buñuel o “¡Centinela alerta!”, del realizador francés Jean Grémillon de gran éxito. Aceptación ratificada en “Las Hurdes, tierra sin pan”, del propio Buñuel: impresionante documental que denuncia las condiciones infrahumanas en las que vivían los habitantes de esa región extremeña, y que después de ser prohibida por el republicano Alejandro Lerroux en 1932, se estrenó finalmente en abril de 1936, después de la victoria del Frente Popular.

La Guerra Civil

Con el golpe de Estado fascista del 18 de julio de 1936 y el inicio de la Guerra Civil, la producción y exhibición cinematográficas se dividió en dos bandos irreconciliables: el republicano con la mayor parte de los equipos técnicos de realización centrado en Madrid y Barcelona, y el franquista de escasos medios humanos y técnicos implantado en Andalucía. En ambos lados películas, documentales y noticiarios de propaganda fueron exhibidos al público durante toda la contienda. En el republicano gracias al trabajo de producción de instituciones culturales, partidos políticos (PSOE, PCE) y organizaciones sindicales como la CNT-FAI y UGT, con documentales como “Entierro de Durruti”, “Ayuda a Madrid” o “Por la unidad hacia la victoria”, del PCE, y con películas como “Aurora de esperanza”, de Antonio Sau o “Barrios bajos”, de Pedro Puche, y en la zona sublevada, gracias al apoyo decisivo de Alemania e Italia, con películas como “Morena Clara” (1936), de Florian Rey, “La reina mora” (1937), de Fernández Ardavín o “El genio alegre” (1939), de Fernando Delgado. Sin embargo, el documental que mejor recoge la lucha heroica de los/as republicanos/as contra el fascismo es “Sierra de Teruel”, de André Malraux, basada en su novela “L’espoir”. Una película que, como la II República, subsistió en el exilio.

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