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Si todo marcha según lo previsto, dentro de unos pocos meses tendremos en nuestro Estado una nueva ley que regule e intente combatir el consumo de alcohol entre la juventud. Y es que, como apunta la FAD (Fundación de Ayuda contra la Drogadicción), España es un país cuyos menores tienen unas tasas de consumo de alcohol elevadas, con cerca de 500.000 menores emborrachándose mensualmente. Esta ley, textualmente, tiene como objetivo retrasar la edad de inicio de consumo a los 18 de años, en ningún caso frenar su consumo al conjunto de la población. Muchas de las medidas que esta nueva ley propone -regulaciones horarias a tiendas, prohibición de la venta a menores o sanciones a quienes las incumplan- ya se aplican con otros productos como el tabaco, con escaso éxito a la hora de alejar a la juventud de este hábito. Otros países, como Estados Unidos o el Reino Unido, tienen leyes similares o incluso más restrictivas, sin embargo su población adulta consume alcohol de forma totalmente patológica y tóxica, y sus medios de comunicación idealizan la juerga -con la bebida y las chicas como eje central y necesario- como el objetivo al que debe aspirar cualquier persona que desea salir de una vida de tedio y aburrimiento. Sin olvidar que son los ciudadanos de estos países quienes vienen a nuestras playas con turismo de sol, playa y borrachera.

No es casualidad que nuestras aceras y plazas hayan sido invadidas en los últimos años por las terrazas de los bares. Esta nueva ley, al igual que la antitabaco, no busca acabar con el consumo -conseguir esto sería tan simple como racionar su consumo y hacer pagar a las industrias el terrible daño a la salud pública que su negocio genera-, sino cambiar los hábitos de consumo de estas drogas de la población, y atraerla a los bares y pubs; algo que resulta claro cuando se revisa que el proyecto de ley recoge varias medidas relativas a los comercios, y muy pocas relativas a limitaciones para bares, de las cuales la más “dura” (pues ni mucho menos lo es) es la prohibición de las Happy Hours. Pero, desde luego, una de las cosas que sí va a conseguir hacer desaparecer la ley son esas noches en las que varios colegas se reúnen en el parque de su barrio con un litro y unas pipas del chino a charlar y hacer terapia psicológica. El capitalismo quiere que dejemos de pasarnos por el parque y en su lugar vayamos a la discoteca hasta que el cuerpo y la cartera aguanten.

La clase capitalista tiene poco o ningún interés en poner verdaderas medidas a esta situación. La Propuesta Comunista es clara ante la droga: ampliación de la oferta cultural y ocio a precios populares; facilidades para compaginar trabajo y tiempo libre. Pues ¿Qué alternativa tiene actualmente la clase obrera al alcohol y otras drogas? ¡Ninguna! La clase adinerada raramente ha sido asolada por la droga o el alcohol, como sí lo ha sido la clase trabajadora española en los ochenta a lomos del caballo blanco. Pues a jornadas de trabajo interminables, y salarios irrisorios, se le añaden unas actividades culturales escasas, en muchas ocasiones de más escasa calidad y a un precio desorbitado. Mientras, por ejemplo, dos entradas para el teatro y una pizza barata para cenar, puede superar, con facilidad, los 40€; por más o menos ese precio en cualquier ciudad es fácil encontrar un pollo de M. Y aún mucho peor es la situación en los pueblos, donde la actividad cultural o de ocio es, literalmente, inexistente. En síntesis, la solución al alcoholismo y la droga pasa por construir el Frente Obrero y Popular.

Julio Hernández