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El 15 de enero de 1939 el general Yagüe toma Tarragona, y días después comienzan intensos y regulares bombardeos sobre Barcelona. Nadie duda de la caída de la Ciudad Condal. Tampoco de las represalias brutales que tendrán lugar después. El pánico cunde entre la población, y la gente sólo piensa en huir para salvarse.

Antonio Machado urgido por las autoridades republicanas debe prepararse para salir hacia Francia. El 22 de enero Antonio, su madre, su hermano José y su cuñada Matea suben con lo puesto al coche que los lleva a la Dirección General de Sanidad. Allí la espera se eterniza. A las tres de la madrugada, el vehículo con los Machado y una ambulancia llena de intelectuales se dirigen hacia Girona. La caravana enfila la carretera del litoral y, tras horas de viaje, penetra hacia el interior rodeada de espesas arboledas. Al amanecer del día 23 llegan a Girona. La ciudad está atestada de toda clase de vehículos repletos de gente que huye despavorida. Finalmente los coches llegan por caminos comarcales a Cervià del Ter. Allí el alcalde les recibe y les ofrece comida caliente antes del asalto final a la frontera.

Los refugiados se alojan en una masía administrada por Llucía Teixidó. Machado le pide encarecidamente que le guarde la maleta que transporta: contiene manuscritos y otros papeles muy queridos del poeta, probablemente las cartas a “Guiomar”, Pilar de Valderrama, la musa del poeta. Una valija que Antonio Machado preparó apresuradamente antes de abandonar Barcelona, y que ahora arrastraba con los recuerdos de su vida encerrados en ella. Los del “patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero”, en los que con sus padres y abuelo paterno, convencidos republicanos, pasó su infancia en 1880; los de su ingreso en la Institución Libre de Enseñanza, del pedagogo y filósofo Giner de los Ríos, decisivos en su formación intelectual; los de su paso por París en 1899 donde descubrió a Paul Verlaine y conoció a Oscar Wilde; los recuerdos exaltantes del encuentro en Soria con Leonor Izquierdo, el amor de su vida que la muerte le arrebató prematuramente… Ahora, mientras bebía sorbo a sorbo su pasado, su maleta se alejaba en medio de los bombardeos. La frontera distaba sólo 25 kilómetros, pero iban a ser un calvario. El tiempo empeora y la lluvia cae incesantemente. Hombres, mujeres y niños se arrastran con sus ajuares y sus animales domésticos. La caravana se detiene. Los quinientos metros que faltan hasta Francia deben hacerse a pie. Machado coge la mano de su anciana madre empapada de agua hasta los huesos. La subida por aquella pendiente es atroz. Al anochecer, los Machado atraviesan la frontera custodiada por impresionantes guardias senegaleses.

Obra inmortal

Atrás quedaba la guerra. La noche del 27 de enero la pasan en un vagón de ferrocarril situado en vía muerta. Al despertar continúan en tren hasta el cercano y pintoresco pueblo pesquero de Collioure. Se instalan en el hotel Bougnol- Quintana. Antonio está enfermo, la madre exhausta. Pero se han salvado de los campos de concentración de Saint Cyprien y Argelès-sur-Mer donde se hacinan en condiciones infrahumanas miles de refugiados españoles. Los días transcurren angustiados por lo que pasa en España, y albergando esperanzas de exiliarse en la URSS donde, según asegura el poeta, encontrará “amplia y favorable acogida”. Pero ni su madre ni él pueden superar el derrumbamiento de la República y la amargura del destierro. Antonio entra en coma y muere “ligero de equipaje” el 22 de febrero de 1939, a las tres y media de la tarde. Tenía 63 años. Tres días después, rota por la ausencia de su hijo predilecto, fallece su madre. Doce soldados republicanos velan los restos de Machado en un rincón del cementerio reservado para los pobres. Muchos colliourenses están presentes. Hoy grupos de escolares con sus profesores venidos de todo el mundo a Collioure garantizan la memoria de lo ocurrido y la inmortalidad de la obra del poeta.

José L. Quirante