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Recientemente se han cumplido siete años desde que el imperialismo declaró la guerra a Siria, la que con toda seguridad es la peor tragedia humana de lo que llevamos de siglo.

Pasado este tiempo, y visto el desarrollo de los acontecimientos ya queda claro que el relato oficial no hay por dónde cogerlo. Creer que unos manifestantes pacíficos de la noche a la mañana se convierten en un ejército organizado y pertrechado, con capacidad para ocupar por sorpresa un enorme trozo de país, es tan increíble como pensar que las unidades armadas y uniformadas de soldados anónimos que se desplegaron en Crimea asediando cuarteles militares ucranianos y controlando carreteras, eran vecinos convocados por wasap.

No, señores y señoras, lectores/as eso nunca pasó, la realidad es que hace siete años, una amalgama de países extranjeros con intereses de los más variopintos aprovecharon unas seguramente justas y legítimas manifestaciones en algunas ciudades del país para lanzar una invasión con un ejército de mercenarios de todo pelaje.

¿Pero qué está pasando, esto no tenía que suceder así? Tenía que ser entrar y salir, fácil y rápido, ¿Cómo una operación de asalto se ha convertido en un pantano que ya dura casi una década? Este pantano es consecuencia de la volátil situación de competencia entre potencias imperialistas, donde las alianzas saltan por los aires a la mínima y los antiguos enemigos de pronto se vuelven aliados.

Siria es, en cierta manera, un todos contra todos, esto se ejemplifica muy bien en las peripecias de los kurdos en la guerra. Estados Unidos tenía buena experiencia y relación con los kurdos, ya se había servido de ellos para socavar el poder de Sadam Hussein en la última guerra de Irak así que cuando ciertos sujetos de sus “fuerzas democráticas moderadas” empezaron a asesinar a “apóstatas” y a comer corazones humanos, y tras la sorpresiva entrada de Rusia en la guerra, decidió valerse de sus amigos los kurdos como avanzadilla en la zona a fin de poder garantizar un área de influencia.

Pero esta alianza no gustó a todos los países enrolados en la conjura contra Siria. Concretamente no gustó nada a Turquía aliado estratégico de los Estados Unidos y uno de los socios más poderosos de la OTAN.

Los kurdos, el chivo expiatorio sobre el que el estado turco siempre ha justificado sus giros autoritarios, ¿iban a tener armas, instrucción y bases en un vasto territorio bajo su control con una extensa frontera con Turquía?, imposible, eso no lo podía consentir el omnipotente presidente Erdogan en plena orgía nacionalista.

Así que Turquía, viendo que librar una guerra en diferido no estaba surtiendo los resultados previstos y que encima sus amigos se empeñaban en ponerle las cosas difíciles, se ha otorgado derecho para entrar con su ejército directamente en Siria y empezar a cercar sus ciudades, los kurdos acorralados llaman al amigo americano, pero éste ya no se siente cómodo ayudándoles, y el lío diplomático es muy gordo, Erdogan parece entenderse a las mil maravillas con Putin. Y ahí están los kurdos, abandonados a su suerte, tocando a la puerta de Bashar Al Asad diciendo que ellos ante todo son sirios y como tales el ejército debe ayudarles repeler la agresión turca (como si pudiera).

Así que a siete años de su inicio no cabe duda de que la guerra de Siria, no es una guerra civil, es un macabro simulacro de guerra mundial, un partido de pretemporada de la liga de las potencias imperialistas. En resumidas cuentas un aperitivo de lo que con mucha probabilidad está por venir.

Gabriel Guvica