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El Tribunal Superior Electoral de Honduras ha declarado presidente de la nación centroamericana a Juan Orlando Hernández, del partido derechista Partido Nacional. La oposición de izquierdas ha denunciado el fraude electoral que le ha dado el triunfo al candidato de Washington. Los candidatos de las fuerzas de izquierdas, especialmente el candidato socialiberal Salvador Nasralla (Alianza de Oposición Contra la Dictadura)  y el expresidente Manuel Zelaya, depuesto por el golpe de estado de 2009, han denunciado el fraude electoral, en base a intrusiones humanas deliberadas en el sistema informático, eliminación intencional de rastros digitales, imposibilidad de conocer el número de oportunidades en que el sistema fue vulnerado y valijas de votos abiertas o sin actas.

Después de proclamarse la victoria del derechista Hernández, miles de hondureños y hondureñas salieron a las calles a manifestar su rechazo al fraude electoral, la respuesta del gobierno fue el decreto del estado de excepción y la brutal represión militar que dejó casi 20 muertos y más de 1.600 heridos. Durante las protestas, se ha afectado el suministro de combustible en todo el país y se han bloqueado decenas de carreteras e infraestructuras, mientras los enfrentamientos entre el pueblo hondureño y los militares se intensificaban.

Nuevamente la agenda reaccionaria de Washington se impone en América Latina, donde hasta los proyectos socialdemócratas son vistos con recelo por los EEUU y las oligarquías locales, que no dudan en confrontar, violentamente si es necesario, la posibilidad de cualquier gobierno progresista y nacional que ponga en riesgo la hegemonía regional de los EEUU y de los grandes monopolios que imponen políticas extractivistas.

América Latina ha vivido un ciclo en el que gobiernos de carácter nacional confrontaban el proyecto hegemónico estadounidense y buscaban vías propias de desarrollo capitalista, hoy quedan en esta senda Bolivia, Venezuela, Nicaragua y El Salvador. Todos estos proyectos han sido confrontados duramente por los centros imperialistas europeo y norteamericano, por los grandes monopolios y por las oligarquías criollas que ven en ellos una amenaza a sus intereses. No han dudado en promover golpes de Estado, más o menos duros, comprar dirigentes y promover la violencia. En América se demuestra la imposibilidad de una gestión humana del capitalismo, aunque se camufle con eufemismos que evocan al socialismo

La única salida para los pueblos del mundo es la salida revolucionaria socialista que confronte los intereses de clase de la mayoría contra los de la minoría y ponga al servicio del pueblo toda la capacidad productiva nacional. Intentar hacer convivir el capitalismo con proyectos nacionales más o menos progresistas acaba siempre en salidas reaccionarias que tarde o temprano acaban derrocando superestructuras políticas incapaces de imponerse y permeadas por la burguesía.