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Hay una serie de temas que son recurrentes en la vida de cualquier joven obrero/a: los estudios, la precariedad, las ganas -y la imposibilidad- de emanciparse y el amor. A este último tema se le va a dedicar el artículo, así como la vinculación de este con la ciencia marxista.

Recurrentemente, desde los diversos polos de la izquierda más “radical”, se ha intentado dar una respuesta a la pregunta “¿Qué es ser comunista?”. Algunos, avergonzados, eluden la pregunta diciendo que ellos no lo son (y no mienten); otros, que tienen las hoces y martillos para decorar con tonos rojos su piso en el barrio bohemio de la gran ciudad, responden con trivialidades como la que en su día dijo Alberto Garzón: “Ser comunista es ser buena persona” -seguro que el policía que desahucia con una sonrisa en el alma y cara seria tras la pantalla del casco, también es una buenísima persona que saluda siempre en el portal-. Una respuesta acorde a esta pregunta requeriría una extensión bastante mayor que la que pueden abarcar un par de frases; no obstante, una síntesis breve podría ser: ser comunista es mantener los ojos abiertos a la realidad del mundo para extraer de él sus leyes fundamentales, contrastar nuestras ideas surgidas de esta realidad con la experiencia que nos proporciona, para luego convertir los ideales en algo real con la certeza de que es posible, entendiendo (a raíz de ello) que todos los aspectos de la vida de una persona son aspectos políticos.

Así mismo, uno de los pilares fundamentales del marxismo es la dialéctica, visión de la realidad como algo en continuo movimiento y cambio. La oposición de la dialéctica es el idealismo, la concepción de las cosas como algo eterno e inmutable.

Explicado esto, ahora toca hablar de amor. En origen, las relaciones monógamas respondían a una necesidad de las sociedades primitivas de proveer a la progenie de un núcleo familiar estable para ser criada. Con el paso del tiempo, las condiciones socioeconómicas cambian, y con ellos, la forma que adquieren las relaciones. Llegamos así al S. XIX, siglo en el que el capitalismo ya se ha terminado de asentar como el modelo económico dominante en Europa y América y con el que aparece la corriente artística del Romanticismo. Es en este siglo donde se forja la concepción de amor romántico que tenemos en la actualidad y que el capitalismo insiste en reproducir; basta con echar un pequeño vistazo a la historia del arte para ver que, pese a ser recurrente el tópico amoroso, hay grandes diferencias entre épocas: de las referencias a las relaciones entre hombres griegos pasando por ambiguas expresiones literarias acerca del amor -no sabemos si, por ejemplo, el Arcipreste de Hita defendía el “pecado” o la castidad en su Libro de Buen Amor- hasta llegar a novelas románticas para adolescentes del estilo de Tres Metros Sobre el Cielo-. La moral de la sociedad actual, patriarcal y capitalista, para las relaciones por antonomasia, las de noviazgo o matrimoniales (matrimonio: herramienta de los burgueses para mantener la riqueza en su propia clase, no lo olvidemos.), nos vende la idea de amor eterno e inmutable, lo que se puede llamar amor romántico monógamo. El amor romántico es una idea que puede ser muy bonita, pero es profundamente antidialéctica. La vida de las personas, por fortuna o desgracia, se encuentra sujeta a continuos cambios, y esos cambios inevitablemente modifican los sentimientos de las personas, haciendo que el“juntos hasta que la muerte nos separe” -algo irreal- en los casos más extremos acabe por convertirse en el “la maté porque era mía”.

Como se apunta más arriba, las y los comunistas debemos entender cada aspecto del día a día como un aspecto político, y en lo que a relaciones amorosas se refiere, también debemos ser capaces de trasladar a la práctica nuestras ideas filosóficas, debiendo entender que los sentimientos pueden cambiar, como la propia naturaleza está en constante cambio. Pueden existir relaciones que empiecen con un intenso romance y se acaben; pueden existir relaciones monógamas que duren décadas; pueden existir relaciones poliamorosas, intelectuales, camaraderiles o de mil formas posibles y todas ellas en el lapso de vida de un solo individuo. Ante el modelo de amor estático del capitalismo, las y los comunistas debemos hacer bandera del Amor Revolucionario, como lo llaman los ancianos campesinos de la película Novecento.

Al igual que la historia tiene unos motores internos que la mueven (la lucha de clases), las relaciones también los tienen y es ahí donde falla la concepción amorosa del capitalismo. El Amor Revolucionario, es aquel amor que incorpora las reglas del marxismo. ¿Qué forma adquirirá este amor? Bien, solo la práctica nos lo dirá...

J-PCPE