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En este verano parece que los escépticos del cambio climático empiezan a tener pocos argumentos para defenderse. Ha sido muy caluroso, con múltiples olas de calor e incendios en toda la península ibérica.

Estas pasadas semanas ha habido una serie de grandes incendios en el norte de Portugal, Galicia y parte de Asturias. Los factores de estos incendios son múltiples: excesivo calor al que no se está acostumbrado en el Norte, una sequía severa, las políticas contra incendios, etc.

Y siempre se busca a los culpables entre negligentes, pirómanos, cenizos intereses urbanísticos o madereros. Y cómo no, en la propia clase trabajadora como han sido los casos de Chile o California, y señalado en estos incendios de Galicia: los propios trabajadores, que temiendo la pérdida de sus trabajos, prendían fuego a los bosques. A todo esto añadir que sólo el 5% de los incendios en España se deben a causas naturales.

Entonces, ¿cómo explicamos la bestialidad ocurrida en Galicia? Para responder a este fenómeno de grandes incendios deberíamos fijarnos en los siguientes puntos.

Primero, en una característica universal: el capitalismo transforma los ecosistemas en base a sus propias leyes, en base a unas leyes económicas que van ligadas a la ley del valor. Si en el feudalismo primaban los valores de uso, en el capitalismo lo que impera es el valor de cambio y modifica todos los ecosistemas acorde a esto. Por ejemplo, pensemos en la trashumancia en la península ibérica. La trashumancia tuvo su apogeo e institucionalización con la Mesta, encargándose ésta de pastorear a lo largo y ancho de la península, manteniendo “limpios” los bosques. Con la intensificación de la producción bajo el capitalismo esta práctica ralentizaba la producción aumentando el valor de las correspondientes mercancías. A esto le debemos añadir que la forma de trabajo que el capitalismo imponía condujo a la desaparición de esta práctica por ser poco rentable. Por tanto, la ausencia de grandes herbívoros en los bosques peninsulares junto con la desaparición del pastoreo hizo de los bosques un barril de gasolina al que sólo le hacía falta una chispa.

En el caso concreto de España deberíamos prestar especial atención a cómo ha sido esta transformación y cómo ha favorecido a los incendios. Desde que el hombre pisara por primera vez la península ibérica ha ido transformando los ecosistemas ibéricos pero ha sido a finales del siglo XIX cuando esa transformación se aceleró sustancialmente. Esta transformación de los bosques autóctonos se nota en que han ido desapareciendo especies nativas introduciéndose otras que han provocado que los bosques ibéricos sean más vulnerables a los incendios. Que nos quede claro, el fuego era un componente más dentro de los bosques mediterráneos y por eso vemos especies adaptadas al fuego como son el chaparro, pino carrasco, jara, romero, etc.

Ahí es donde entra otro amante del fuego, el eucalipto. Este árbol fue introducido en España a finales del siglo XIX, precisamente por Galicia, y usado negligentemente para reforestar bajo la dictadura franquista,en detrimento del pino, dada su rápida capacidad de crecimiento y adaptación a sequías. Este árbol confiere al fuego unas características que lo favorecen frente a las especies autóctonas adaptadas a los incendios forestales. Al ser este árbol muy útil para las industrias papelera y maderera ya obtiene una utilización industrial, su cultivo está muy arraigado en Galicia, Asturias y Cantabria. De hecho, España y Portugal se atribuyen el 53% de la producción mundial del eucalipto blanco.

A modo de colofón, el capital está cambiando los ecosistemas a escala global y la península ibérica el fuego es uno de sus agentes transformadores.

Manuel Varo