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Cuando la enfermedad tiene nombre de empresa

Comenzaba el año 1992. Diez años de gobierno “socialista” nos contemplaban y el felipismo (el “gonzaliano”, todavía no el borbónico), ya con tres mayorías absolutas a sus espaldas, completaba la fase más dura de los procesos de desmantelamiento y privatización de los principales sectores industriales y energéticos de nuestro país. A la vez que se desarrollaban los sistemas sanitario y educativo públicos, prácticamente limitados hasta entonces a la pura beneficencia franquista, se sentaban las bases y diseñaba la hoja de ruta de su futura privatización. España se preparaba para la celebración de los Juegos Olímpicos de Barcelona, la Expo Universal de Sevilla conmemorando los 500 años del genocidio, Madrid era capital europea de la cultura, y se inauguraba la primera línea del AVE, Madrid-Sevilla, que con trenes y material franceses sirvió para comprar la colaboración del país vecino en la guerra contra ETA. Era, según publicaba recientemente “El País”, como vocero mayor de las clases dominantes, “el año en el que España subió a primera división”.

Como tantas veces ocurre en el capitalismo, tras aquellos fuegos artificiales se ocultaba una profunda crisis económica que estalló oficialmente a finales de 1992 y que incidía aún más en un sector textil ya en declive en las comarcas de L’Alcoià y El Comtat en el sur del País Valenciano. A mediados de los años 80 del pasado siglo se transfiere a la industria textil una técnica aplicada en las artes gráficas conocida como aerografía y consistente en la pulverización de pinturas mediante pistola neumática sobre plantillas. Se trataba de una técnica sencilla que, a diferencia de la estampación de telas empleada hasta entonces, requería una inversión relativamente reducida adaptable a empresas muy pequeñas y prescindiendo de personal altamente cualificado. La aerografía textil parecía la desesperada tabla de salvación del sector y un motor de empleo para la comarca.

257 trabajadoras/es (60% mujeres), sólo 72 de forma reglada, se repartían entre 8 empresas de estampado textil en condiciones higiénicas penosas: naves de pequeño tamaño y mal ventiladas (Ardystil, por ejemplo, se instaló en una antigua borreguera), sin extracción localizada de aire ni equipos de protección individual adecuados, en atmósferas visiblemente cargadas de aerosoles y partículas. Ni la tos, ni las frecuentes hemorragias nasales, ni las secreciones de moco coloreadas con los pigmentos, ni la dificultad respiratoria, ni el dolor torácico, nada paralizó la producción, nadie levantó la voz. Un paro creciente y más de un 50% de precariedad entre la población ocupada de la comarca “disciplinan” mucho. Entre enero y noviembre de 1992 cinco trabajadoras de la empresa Ardystil y un trabajador de la empresa Aeroman enfermaron y murieron de una neumonía de origen tóxico, desconocida hasta entonces, que fue acuñada por la ciencia médica como “Síndrome de Ardystil” y finalmente incluida en el cuadro de enfermedades profesionales asumibles por el Sistema de la Seguridad Social.

A pesar de que la primera trabajadora murió en febrero, que siete de los agentes químicos utilizados estaban ya incluidos en la lista de enfermedades profesionales recogidas en el RD 1995/1978, y que la Inspección de Trabajo conocía perfectamente las infames condiciones laborales en esas empresas, no fue hasta principios de mayo cuando intervinieron las autoridades de la Conselleria de Trabajo y sólo a finales de octubre se decretó el cierre del sector de la aerografía textil en el País Valenciano. 25 años después, muy lejos ya del foco mediático, el Servicio de Neumología del H.G.U. de Alacant continúa el control y seguimiento periódico de aproximadamente una decena de trabajadoras entonces expuestas en las antiguas empresas de aerografía textil.

Varias trabajadoras de una empresa textil cercana a Orán, que había importado la técnica de nuestra comarca, sufrieron el mismo síndrome, falleciendo una de ellas con tan sólo 19 años. En cambio, la capacidad de presión de la plantilla de una empresa textil de Barcelona les salvó la vida al obligar al empresario a retirar los preparados que acabarían causando el mortal síndrome. El nexo en todos los casos fue una modificación en la formulación de los pigmentos introducida por la Bayer que, por si alguien duda del carácter de clase del Estado, logró salir impune del correspondiente proceso legal. Necesitamos el Socialismo, entre otras muchas razones, para que nunca más una enfermedad vuelva a tener nombre de empresa. 

LHJB