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El pasado 11 de noviembre se cumplieron 10 años del asesinato de Carlos Palomino en el metro de Madrid a manos de Josué Estébanez, un militar fascista. Carlos y un grupo de antifascistas acudían a una manifestación convocada para mostrar su rechazo a una movilización organizada por la extrema derecha en la capital. Han pasado 10 años y las imágenes de su asesinato aún siguen grabadas en la retina de miles de personas.

Tras el asesinato del compañero Carlos Palomino, seguramente se dieron las movilizaciones antifascistas más grandes de los últimos años. Unas manifestaciones que volvieron a sacar a la palestra los crímenes del fascismo y la impunidad con la que venía actuando desde hacía muchos años, por mucha “Transición” que nos quisieran vender.

Los homenajes al compañero se han ido sucediendo durante estos años, tanto en Madrid como en diferentes pueblos y ciudades, los cuales siguen sacando a la calle a miles de compañeros y compañeras.

Muchas son las conclusiones a extraer de estas movilizaciones. En primer lugar, el carácter de masas del antifascismo.

El antifascismo, por naturaleza, es una lucha reactiva contra la cara más agresiva de la oligarquía financiera, que no duda ni un segundo en utilizar a los elementos más reaccionarios para atacar a la clase obrera en defensa de sus intereses objetivos como clase. En contra de quienes abogan por un movimiento basado en la acción directa contra los fascistas, de quienes desprecian esta lucha desde posiciones tendenciosamente obreristas o simplemente de quienes desde el izquierdismo lo reducen al “todo es fascismo”; el antifascismo tiene la capacidad de aglutinar a la clase trabajadora y a los sectores popular en torno a distintas reivindicaciones, desde la solidaridad con las y los inmigrantes, pasando por la memoria republicana, hasta la lucha contra la represión.

Otra de las conclusiones sería la de entender el antifascismo como una más de las expresiones organizativas contra el sistema. Entenderlo de manera aislada, reducida a una simple salida para tapar esvásticas de nuestras calles, es marginar políticamente un frente que tiene como fin último acabar con el sistema capitalista. Es tarea de las y los comunistas la aglutinación de las luchas, elevar la conciencia de nuestras compañeras y compañeros de clase, haciendo entender que la pelea por cada una de sus reivindicaciones está entroncada con el resto de luchas legítimas del pueblo, desde el incremento indiscriminado de las tasas que dejan a las y los hijos de la clase obrera sin capacidad de acudir a la universidad hasta el empeoramiento sistemático de las pensiones.

Por último, la necesidad de coordinar todos esos colectivos y plataformas antifascistas que existen a lo largo y ancho del Estado Español, tanto en lo organizativo como en lo ideológico. Desde hace algunos años, venimos observando el auge de organizaciones fascistas en el Estado con un lavado de cara, tales como “Hogar Social Madrid” o el colectivo “Lo Nuestro”, cambiando estética y discurso para intentar convertirse en una salida a los graves problema por los que atraviesa la clase trabajadora en este país.

La respuesta política desde este tipo de colectivos conlleva un gran trabajo ideológico, desenmascarando el verdadero objetivo del fascismo, que en su esencia, por mucha palabrería revolucionaria con la que se vista, sigue siendo la de hacerle el trabajo sucio y extrajudicial al sistema. 

El recuerdo de quienes nos dejaron combatiendo al fascismo y a este sistema criminal no es un mero acto folclórico y victimista. Es un impulso para las y los revolucionarios que con la más firme convicción sabemos que en un futuro no muy lejano acabaremos con la explotación y la violencia capitalista.

¡10 AÑOS SIN TI, 10 AÑOS CONTIGO!

Javier Ortega