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No cabe duda. ¡España es diferente! Todavía mejor: “Spain is different!” que para eso estamos lobotomizados. Perdón, quise decir globalizados. El caso es que lo que está sucediendo en Catalunya, y por rebote en el resto del Estado español, alcanza cotas de puro esperpento. Ya saben, aquel magnífico género literario creado por el genial Ramón del Valle-Inclán en el que, a beneficio del poder, “se deforma sistemáticamente la realidad recargando sus rasgos grotescos y absurdos”. Así, algo tan sencillo y democrático como el que la gente pueda manifestar su opinión a través del voto, ha sido, y es presentado por un poder corrupto como un auténtico delito. Peor aún, ese bloque de poder y sus inestimables medios de comunicación, han movilizado a los/as españoles/as más castizos/as (esos/as que creen brazo en alto que esta tierra es coto de su propiedad) contra ese derecho fundamental: “el de estar unidos y de separarnos si nos queremos separar”, como precisaba Carmelo Suarez, el secretario general del PCPE, en el acto sobre el centenario de la revolución bolchevique el pasado 14 de octubre en Madrid.

Rematando el poder la faena antidemocrática con la vergonzosa y deleznable represión policial del pasado 1 de octubre en toda Catalunya, el encarcelamiento - por ahora - de los presidentes de la Asamblea Nacional Catalana, Jordi Sánchez y de Òmnium Cultural, Jordi Cuixart, y con la amenazante aplicación (para que sirva de ejemplo a cualquier desliz), del artículo 155 de la Constitución española, o del más temible número 8 (intervención del ejército y, según encarte, estado de excepción o de sitio), si el Govern persiste en la defensa de la autodeterminación del pueblo catalán.

Una, grande y libre

Y todo este terrible desvarío con el apoyo abyecto del inefable y peripatético PSOE. Una actitud justificada, según ellos, por el respeto a una ley y una constitución cuyo último objetivo, se asuma o no, es que todo siga “atado y bien atado”. La divisa maquiavélica del dictador Francisco Franco, quien debe descojonarse en su venerada sepultura. Porque señorías, como suelen interpelarse ustedes con empalago desde sus poltronas parlamentarias, en definitiva es de eso de lo que se trata: que la España surgida del acuerdo político reflejado en la Constitución del 78 entre el PSOE, los franquistas y los dirigentes revisionistas del PCE, no se desmorone. Que la marca España por excelencia, la del consenso político entre franquistas y sociatas de todo pelaje, perdure para mayor gloria del capitalismo hispano. Un capitalismo centralista que, pese a todos sus pretendidos aires de modernidad y de pertenencia a la UE, permanece en realidad aferrado ideológicamente al lema falangista de “una España, grande y libre”. Coreado estos días con loco frenesí por grupos parafascistas, legionarios y católicos integristas. De ahí su innata oposición al derecho a la autodeterminación de los pueblos de España y su histórica confrontación (saldada siempre de manera violenta) con la burguesía catalana, que sí se ha caracterizado por una mayor capacidad de modernización al calor de un capitalismo más dinámico.

Todo esto demuestra por un lado el agotamiento del invento político elucubrado en la llamada Transición, amén de una crisis profunda del capitalismo español en todos sus mecanismos de legitimación: Monarquía, sistema de partidos políticos, sistema judicial, unidad territorial, etc., y por otro lado, esta situación clama a gritos la necesidad de construir un amplio bloque obrero y popular para, en lo inmediato, derribar al gobierno de Rajoy, defender el derecho de Autodeterminación, y finalmente poder crear las condiciones más favorables para la conquista de los intereses de la mayoría social. Algo válido tanto para el Estado español como también para la codiciada y vilipendiada Catalunya.

José Lus Quirante