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¿Para qué cargar el presupuesto municipal con un sobrecoste que asegure el suministro de agua de calidad aceptable para el consumo humano? ¿Para qué sustituir las viejas tuberías de plomo que todavía conforman buena parte de la red de abastecimiento de agua a muchas viviendas de la ciudad? ¿Para qué, si la mayoría de sus habitantes son negros/as, parados/as, obreros/as? ¿Para qué, si la miseria lleva ya más de 80 años envenenándoles la sangre con metales pesados? 

Eso debieron de pensar los gestores estatales que tenían intervenidas las cuentas municipales de Flint, ciudad norteamericana del Estado de Michigan, cuando en abril de 2014 decidieron que, después de más de medio siglo y en función exclusiva del “rigor” presupuestario, tomarían el agua para consumo humano no desde el Lago Huron en Detroit, situado a un centenar de kilómetros, sino desde las aguas 9 veces más corrosivas del propio Río Flint. La población de Flint, actualmente inferior a los 100.000 habitantes, fue víctima de los procesos de desindustrialización propios del capitalismo imperialista, que la ha dejado con más de un 40% de pobres, 30% de analfabetismo y los índices de delincuencia más elevados de EE.UU. Sólo la movilización popular consiguió que en octubre de 2015 retornara el agua desde el sistema de Detroit, pero ya había dejado niveles elevados de plomo en sangre, especialmente grave para la infancia por los daños cerebrales permanentes que produce, las viejas cañerías corroídas que continúan liberando plomo al agua, un incremento en la incidencia de la grave neumonía por Legionella así como de nacimientos con defectos congénitos. Aún hoy el Ayuntamiento de Flint mantiene la emergencia sanitaria. 

El nombre de Flint está indisolublemente asociado a lo mejor de la historia del movimiento obrero de EE.UU.: “Los huelguistas de Flint marchan victoriosos”, encabezaba el New York Times el 12 de febrero de 1937. Marcharon a lo largo de la Avenida Chevrolet celebrando el victorioso final de una huelga de 44 días de los trabajadores de General Motors que, masacrados por miles de miembros de la Guardia Nacional y otros asesinos a sueldo y resistiendo a los esquiroles contratados al efecto, ocuparon las factorías más importantes de la compañía y provocaron ceses de actividad en industrias auxiliares que se extendían de la costa este a la oeste de EE.UU. Esa huelga, en plena Gran Depresión, impulsó la organización de la clase obrera norteamericana del sector industrial automovilístico pero también del minero, siderúrgico y otros.

En esos años la industria automovilística dependía enormemente del plomo: soldaduras, pinturas, lacados, esmaltes y, por supuesto, el tetraetilplomo, cuya introducción en las gasolinas para incrementar su octanaje permitió a una General Motors al borde de la bancarrota desplazar a la Ford como primera compañía automovilística mundial. Aire, más aún en el interior de las fábricas, ríos y suelos fueron intensamente contaminados dejando una herencia química y una carga de enfermedad que sufrirá muy especialmente la infancia durante las próximas décadas. 

La distribución geográfica de los niveles de plomo en sangre revela que los y las niñas más expuestas son quienes viven en los barrios obreros del antiguo corazón industrial de Flint, en torno a la misma Avenida Chevrolet por la que marcharon victoriosos aquellos heroicos trabajadores en 1937. Como afirma un combativo editorial de la prestigiosa revista científica ‘American Journal of Public Health’(1): “La General Motors y sus trabajadores se han ido, pero el medio ambiente permanece, y es el momento de que los/as ciudadanos/as de Flint recuerden sus luchas pasadas y ‘Marchen Victoriosos’.”

El medio ambiente no es ajeno al curso de la lucha de clases. Una parte importante del movimiento ecologista niega dicho vínculo, adoptando posiciones profundamente reaccionarias. Las organizaciones obreras y, especialmente, las y los comunistas, debemos enfrentar cualquier posición reduccionista y sectaria que nos impida trabajar para que, con base científica, la defensa del medio ambiente atraviese todo nuestro programa revolucionario, a sabiendas de que la construcción del socialismo será la única garantía para la pervivencia de un planeta habitable.


  1. Rosner, D. (2016). Flint, Michigan: A Century of Environmental Injustice. Am. J. Public Health. 106 (2): 200-201.

José Barril