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Durante la última campaña electoral, y mientras militantes del PCPE distribuíamos propaganda del partido por las calles de nuestro árido pueblo, unos conocidos currantes, que habitualmente compran nuestra prensa con cierto interés, nos abordaron entusiasmados gritando que había llegado “la hora del cambio real”, que lo que nosotros defendíamos y por lo que luchábamos desde hacía años, y lo que ellos sostenían políticamente, era ídem de lo mismo. Se referían al movimiento surgido del 15M, en concreto a Podemos y a sus cachorros. Argumentaban alborozados que la discrepancia residía en una cuestión de táctica, de simple forma, pero que en el fondo ellos también querían la desaparición del capitalismo y, por supuesto, la victoria del socialismo. Que efectivamente “las cosas no se podían decir así, a lo bruto, porque daban miedo al respetable pero que en realidad el asunto iba como lo del caballo de Troya, y que, en poco tiempo, iba a salir polvo de lo mojado”. Y la fábula caló y coló.

Han pasado casi dos años desde que el 20 de diciembre de 2015 Podemos y sus satélites entraron con fuerza en el Parlamento, corroborada seis meses después, el 26 de junio de 2016, con otro éxito electoral y un total de 71 diputados, y ni al jamelgo de la Odisea ni al polvo con el que nos apostrofaban nuestros currantes se les ha visto por ningún lado. Al contrario, lo que hemos seguido viendo hasta el hartazgo es más de lo mismo. La maldita “casta” de la que tanto hablaban. Políticos asentados en sus cómodas poltronas discrepando para encantamiento de la galería. Y da lo mismo que vistan trajes elegantes o lleven sucias camisas y raídos tejanos. Todos van juntos y, a veces, hasta revueltos. La supuesta diferencia de estos engaña obreros, que por otra parte debería haber estado al orden día, ha brillado hasta ahora por su ausencia. A lo sumo alguna que otra declaración de intenciones, y pare usted de contar.

Una mascarada

Y no será porque no ha habido – y sigue habiendo- tela por cortar. Desde la corrupción del Partido Popular hasta los sangrientos atentados en Barcelona. Desde la militarización del conflicto laboral del aeropuerto del Prat, el drama de la emigración y el paro endémico, hasta los ataques a la soberanía de la República Bolivariana de Venezuela y al derecho a la autodeterminación del pueblo catalán. Por no hablar de Corea del Norte, Siria, Palestina y tantos otros asuntos. En ninguno de esos casos quienes clamaron un día querer “asaltar el cielo” han llegado siquiera al tejado del vecino. Y es que esa expresión, utilizada por Karl Marx en su carta al doctor Ludwig Kugelmann para evocar la Comuna de Paris de 1871 y exhortar a la unidad revolucionaria en su lucha contra el sistema capitalista, en boca de Pablo Iglesias y Cía resulta una mascarada. Por eso va siendo hora que las aguas vuelvan a su cauce, y que los currantes, los que nos interpelaron aquel día de algarabía electoral, y los que cada día sufren en sus huesos los embates del capitalismo, comprendan de una vez por todas que los olmos no dan peras, y que donde esté el original que se quiten las copias. Y el original en este caso, si realmente se quiere acabar con ese sistema de producción, causa de todos los males de la clase obrera, lo representamos los/as comunistas con nuestro análisis científico de la sociedad y nuestra práctica revolucionaria basada en la lucha de clases. Lo demás, por muchas milongas y atajos que nos cuenten, no son más que seductores cantos de sirena para adormecer incautos y perpetuar el capital.

José L. Quirante