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Quién lo iba a imaginar en aquellos años. Entonces se hablaba en Francia de derecha e izquierda. La primera defendía sin complejos el sistema capitalista. Para eso la habían parido sus fundadores desde hacía siglos. La segunda, sin embargo, aparecía como la alternativa real a ese modo de producción injusto basado en la explotación y el expolio de la clase obrera. Y buena parte de esta la creyó posible y alcanzable. Así se hizo fuerte e influyente el Partido Comunista Francés en el seno de los verdaderos creadores de riqueza. Desde el Congreso de Tours, en 1920, rompiendo con el reformismo socialdemócrata imperante en la IIª Internacional hasta bien entrada la crisis económica de los años 1970, pasando por la lucha heroica en su resistencia al nazismo. Por aquel entonces las nuevas generaciones se sintieron orgullosas de haber tenido padres comunistas.

Hoy, después del abandono de la clase obrera por la socialdemocracia, y con un Partido Comunista diezmado, sin práctica ni perspectiva revolucionaria, los nuevos representantes de la oligarquía gala, es decir la que se frota las manos y afila los dientes en esas circunstancias, aseguran que ya no hay izquierda ni derecha en el país vecino. Tampoco explotadores ni explotados. Ahora, sólo existen “patriotas” y “mundialistas”, es decir los que se pirran por la patria como de un coto privado y los que ese férvido ardor le importa un bledo, como vociferan la xenófoba Marine Le Pen y sus enardecidos 11 millones de votantes. O, por el contrario, solo cuentan “quienes aman Europa y quienes la quieren destruir”, como afirma hasta la saciedad el nuevo chouchou (favorito) de la burguesía francesa, el flamante presidente Emmanuel Macron. Un entusiasta secuaz del capitalismo, elegido primer mandatario de la nación gala gracias a esa lógica perversa impuesta desde hace algunos años por el miedo al ultraderechista Frente Nacional. Una peculiar situación que permitió ya en 2002 la elección de Jacques Chirac, otro abanderado de la propiedad privada y del llamado libre marcado.

Preparar la resistencia

Sea como fuere el juncal presidente se dispone dirigir Francia como el PDG de una gran empresa, al menos durante cinco años. Primero formando el pasado 17 de mayo un Gobierno (Consejo de Administración podríamos decir vistas las intenciones y su tecnócrata composición) con Éduard Philippe como primer ministro, un jeune loup amamantado en el partido derechista Los Republicanos y estrecho colaborador del ex primer ministro de triste recuerdo para la clase obrera francesa, Alain Juppé, famoso por su combatido y derrotado plan de ataque contra las jubilaciones y la seguridad social en 1995. Y después, en función de los resultados de las elecciones legislativas que tendrán lugar los 11 y 18 de junio, implantando una política heredada del ex presidente François Hollande, cuando Macron era ministro de economía, es decir de austeridad y rigor para las clases populares. Intentando acabar con las 35 horas de trabajo semanales, reducir el número de funcionarios e igualmente los derechos laborales y sociales en nombre de la competitividad y del equilibrio presupuestario impuestos por Bruselas. Una política que, en la realidad francesa, hará otra vez la cama a los partidarios de Le Pen.

Frente a ese panorama lleno de malos presagios para los currantes sólo queda - también en ese país - la movilización y la lucha de la clase obrera y otros sectores populares. Preparar la resistencia al programa antisocial que cuece este admirador del arcaico sistema capitalista. Una cosa que al parecer comprendió rápidamente el colectivo Frente Social (facciones de sindicatos CGT, Sud y el estudiantil Unef) quien, con la fuerza que le daban millones de abstencionistas y votos nulos (más del 34%), organizó una importante manifestación el 8 de mayo en París, tan solo 24 horas después de la elección presidencial. Sin duda una protesta que anuncia muchas más.

José L. Quirante