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Nacer en el seno de una familia de clase trabajadora en el actual sistema capitalista entraña toda una serie de desafíos, de ingentes obstáculos. Pero nacer mujer en el seno de una familia de clase trabajadora en el actual sistema capitalista y patriarcal representa una multitud de problemas y riesgos añadidos que acrecientan la necesidad de combatir de raíz esta alianza estructural de dominación que actúa implacable, día tras día, contra miles y miles de compañeras.

Las mujeres, por el mero hecho de serlo en esta sociedad, nacemos con un lastre que nos condiciona a lo largo de la vida. Nuestra realidad tiene un trasfondo de miedo, de inseguridad, de incerteza. Porque a diferencia de nuestros compañeros, nosotras sentimos temor al salir solas a la calle, un temor que crece a medida que el cielo se oscurece, y que nos empuja a caminar en constante vigilancia. Porque ni siquiera en un entorno aparentemente amable entre personas aparentemente de confianza podemos estar seguras de que no vamos a ser víctimas de una violación, una agresión o abuso sexual. Porque, si esto ocurre, se nos empuja al silencio y al sentimiento de culpa.

Porque nuestros cuerpos son considerados como objeto sobre el que todo el mundo, incluso obispos, puede legislar y decidir, menos nosotras mismas; como mercancía y reclamo del hombre en anuncios televisivos, en discotecas, en prostíbulos donde la explotación es una palabra que se queda corta. Porque se nos imponen unos cánones de mujer normativa que hemos de seguir a rajatabla, incluso si ello conlleva adentrarse en la enfermedad y en el dolor. Porque se nos ha hecho creer que el control y la posesión son un gesto de amor, al más puro estilo Hollywood.

Porque nuestra voz y nuestra acción tienen una importancia secundaria. Porque cobramos menos que un compañero por llevar a cabo el mismo trabajo que él y nos vemos abocadas a sectores precarizados muy ligados a los cuidados, esa parcela para la que estamos programadas por naturaleza según lo que nos han explicado desde la niñez.

Porque en cualquier momento podemos ser asesinadas. Y nuestro asesinato, de aparecer en algún titular, lo haría como una muerte sin más, tras lo cual pasaría a engrosar una larga lista de números sin nombre o de nombres que difícilmente encontrarán justicia.

Podríamos continuar con una retahíla de crudas situaciones, que no son más que el reflejo parcial de una realidad que las mujeres vivimos, o mejor dicho sufrimos, en nuestras propias carnes diariamente. Y es que el patriarcado se cuela por todos los resquicios. Invade todas las esferas, tanto la pública como la privada. Se manifiesta en la cultura, en el trabajo, en las relaciones sexuales, en los medios de comunicación. Es un sistema de opresión que redobla su fuerza destructiva y encuentra el sostén en el capitalismo. Y en él, la mujer joven suele llevarse la peor parte.

Un año más, el 8 de marzo con motivo del Día de la Mujer Trabajadora, nos echamos a las calles para recordar que la violencia patriarcal en cualquiera de sus manifestaciones no cesa, así como tampoco cesará nuestro afán por destruirla.

Maite Plazas