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Se calcula, aunque un dato absoluto es inalcanzable, que la fortuna del filántropo Amancio Ortega se acerca a la cifra de 71.000 millones de euros, logrados, ya lo sabemos, gracias al esfuerzo ímprobo, al ahorro implacable y a la abstinencia más absoluta.

La anterior cifra es apta para ser contada solo por ordenadores, escapa a la capacidad de los que incluso sabemos contar con los dedos de las dos manos.

Bien. Imaginemos por un momento una dependienta de Zara trabajando con contrato indefinido ocho horas diarias a 12 € la hora; esto proporciona 96 € diarios, que por treinta y un días al mes son 2,976 € (bueno, aunque sea algo delirante, admitámoslo). Al año 96 € por 365 días da 35.040 €, lo cual, para los tiempos que corren, no está mal. Bien, muy bien. La dependienta con su sudor y su abstinencia llegaría en 10 años a los 350.400 €; por consiguiente, cuando lleve cien años trabajando y absteniéndose de toda superfluidad se habría embolsado 3.504.000 €; y 35.040.000 € después de ¡¡¡mil!!! Vertiginosos años de trabajo y de austeridad. Una cantidad muy lejos del montón de "pasta" en poder de su venerado jefe.

Quien todavía no tenga las tripas muy revueltas puede hacer similar cuenta en función de los dos dólares, o menos, que "gana" al día una trabajadora textil en Bangladés.

Otra referencia. En España se necesitan doce empresas para ocupar a cien trabajadores o trabajadoras. En Suiza hay tres empresas para ocupar el mismo número; o Alemania o Gran Bretaña con seis empresas… Con el doble de ocupados, Alemania tiene tantas empresas como España.

Lo anterior evidencia, por una parte, lo que la oligarquía, nacional e internacional, considera que son las condiciones salariales a aplicar para que su riqueza sea la que es y sobre qué base se asienta. Por otra parte, nos indica lo que esa misma oligarquía dispone respecto a la situación que España ocupa en el reparto o división internacional del trabajo (o dicho de otra manera, qué papel juega como espacio de creación y de reparto de valor). Papel consistente en proporcionar consumismo barato a millones de turistas. De ahí el gran número de empresas con pocos asalariados y asalariadas.

A esta situación hay que añadir la pérdida de perspectiva y orientación de clase perpetrada por las centrales sindicales mayoritarias. Concretamente, la práctica desaparición de la negociación colectiva en "provecho" del ámbito empresarial, incluso individual, supone una de las más deprimentes situaciones de indefensión, un colapso que impide a la y el trabajador escapar a las condiciones de avasallamiento salarial y laboral a las que se ve sometido o sometida.

Con esos mimbres, la previsible evolución salarial se despeña y empeorará.

La única salida posible a esta situación de más y mayor penuria consiste en la toma de conciencia por la clase trabajadora; conciencia de su pertenencia a una clase con intereses contrarios, incompatibles con los de los amanciortegas. La pertenencia a la clase trabajadora, y la concordancia de intereses como clase, demanda la unificación de las luchas y conflictos existentes, saltando sobre los intereses más particulares y las adscripciones sindicales. Se precisa concienciarse sobre la importancia de pertenecer a la clase trabajadora, sufridora de la explotación y la que posibilita la existencia de la sociedad y la vida lujosa y superflua de la clase parásita.

De suyo va que la tarea comunista es más que considerable. La guerra del capital contra la clase trabajadora es sin pausa y la pretende sin fisuras. A esa guerra implacable solo puede oponerse el sólido ejército de la clase obrera firmemente unida, con clara conciencia de sus intereses y dispuesta a conseguirlos.

Todo para la clase obrera.

Julio Mínguez