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Mercedes Sosa lo cantó admirablemente hace algún tiempo. Cambia todo cambia. Lo superficial como lo profundo. Cambia todo en este mundo. Y Marx y Engels lo demostraron científicamente en el Manifiesto Comunista considerando que “la Historia de toda sociedad humana es la Historia de la lucha de clases”, el motor de todo cambio. Que “la moderna sociedad burguesa, que se alzó sobre las ruinas de la sociedad feudal, no ha dejado en pie más vínculos entre los hombres que el interés escueto, el del dinero contante y sonante”. Y el mundo quedó absorto. Un mundo de burgueses y proletarios, De explotadores y explotados. Un mundo contra el que, en la Rusia de los zares, hace justo cien años, se alzaron victoriosos campesinos, obreros y soldados.

En el gélido enero de 1917 la situación en Rusia era catastrófica. Las tropas, extenuadas y desmoralizadas en el Frente Oriental, se rebelan. El poder en el país de los zares gira a la esquizofrenia y a la incompetencia. “A la zarina y al Ministro del Interior Protopopov, víctimas de obsesiones enfermizas, se les debiera encarcelar”, declara el embajador francés Maurice Palélogue. Los aliados de la Triple Entente, Francia e Inglaterra, piden a gritos formar un “Gobierno responsable” con el apoyo de la Duma. El zar Nicolás II rechaza la propuesta. El desamparo, la angustia y la miseria del pueblo ruso conducen a huelgas y manifestaciones masivas. Doscientos mil obreros protestan en Petrogrado contra el hambre y la guerra. El zar ordena al ejército aplastar a las y los manifestantes. Los soldados se niegan y confraternizan con los trabajadores. Las potencias occidentales preocupadas por los acontecimientos presionan al Zar para salvar los muebles. El 15 de marzo, Nicolás II abdica. Es la llamada Revolución de Febrero. La salida burguesa a la terrible crisis. El poder se centra en el Comité Ejecutivo de la Duma, el Parlamento ruso. Francia previene: “La renovación rusa no debe transformarse en revolución”.

Deseo frustrado. El 10 de abril, Lenin, exiliado en Suiza, manifiesta al embajador alemán su deseo de volver a Rusia. Quiere una paz inmediata con Alemania. Lenin atraviesa el suelo germano en un tren blindado y llega a Petrogrado el día 16 vía Estocolmo. El periódico Pravda lo anuncia así: “De pie el camarada Lenin saludaba al proletariado y al ejército revolucionarios de Rusia, que no solo han liberado a su país del despotismo zarista sino que han sentado las bases de una revolución socialista”. Una revolución que ante el fracaso del Gobierno de Kerensky, que no palia el hambre ni responde a los deseos de paz del pueblo ruso, ve finalmente la luz el 7 de noviembre (25 de octubre en el calendario ruso) asaltando el Palacio de Invierno y trasfiriendo el poder al Comité Militar Revolucionario, quien establece ipso facto el fin de la guerra, revoca la propiedad privada del suelo y asegura el control obrero de la producción y la formación del Gobierno de los soviets.

Hoy, cuando la clase obrera está desarmada tras la caída del “bloque socialista”, se esquilman sus derechos y se hace todo para que los y las jóvenes no tengan en la revolución que estremeció al mundo y probó el desarrollo dialéctico de la Historia su punto de referencia, nuevos rasputines, oportunistas y reformistas mimados por el poder, auguran “un mundo mejor” con sus desaforados esfuerzos. Pero el capitalismo tiene sus reglas y carece de sentimientos. Y seguirá expoliando y explotando mientras no se comprenda con Carlos Marx, que “la burguesía no solo ha forjado las armas que han de darle la muerte, sino que, además, ha producido los hombres llamados a manejarlas: los obreros modernos, los proletarios”.

José L. Quirante