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Durante todo el año 2016 hemos sido espectadores y espectadoras, como si de una película se tratase, del éxodo de miles de personas que llegan a Europa en su condición de refugiadas, huyendo de los horrores que las diferentes potencias imperialistas, llamadas “países civilizados”, están cometiendo en sus países de origen. Para el imperialismo la guerra se ha convertido en un recurso imprescindible para tratar de amortiguar la profunda crisis estructural de su sistema.

Asistimos “casi impasibles” a los horrores de guerras televisadas y narradas desde la óptica del maniqueísmo yanqui, donde ellos, son siempre los buenos y los Gobiernos de estos países los malos, logrando que gran parte de la población mundial se trague una mentira tras otra.

Los propios datos de ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidad para los Refugiados) ponen de manifiesto que al menos la mitad de las personas refugiadas son mujeres y niñas.

Las guerras, además de las consecuencias y daños que ya conocemos para la población civil en general, tienen, especialmente para las mujeres, consecuencias de una gravedad extrema. La concepción de las mujeres como propiedades, como meros objetos, fruto de la ideología patriarcal presente en todos los países del mundo, las convierte en trofeos en los conflictos armados. Matar, violar y vejar a mujeres supone, desde esa mentalidad, “colocar la bandera” en el territorio conquistado, supone la humillación total del enemigo, y bajo esa superestructura ideológica se les convierte en las víctimas más vulnerables.

Las mujeres que han logrado escapar de la muerte, cuando comienzan su éxodo hacia lo desconocido, hacen frente no solo a las amenazas propias de este tipo de viaje que supone un grave riesgo para la seguridad de cualquier persona, sino que además, en estas largas y peligrosas jornadas del viaje hacia el exilio se encuentran con la discriminación, con el acoso, la indiferencia oficial, el abuso sexual y la violencia, algo que normalmente no denuncian por miedo a ser retenidas, por miedo a quedarse en el camino, por miedo a no salir de la barbarie, por miedo a no llegar a su destino.

Por otro lado, las mafias organizadas, que proliferan en cualquier conflicto armado, aprovechan de la vulnerabilidad de las mujeres en estos desplazamientos forzosos, aprovechan esta huída desesperada, para convertirlas en moneda de cambio y explotarlas sexualmente, por lo que muchas pasan a formar parte de la trata. La trata es inherente a los conflictos bélicos, no solo por la facilidad que esta situación de vulnerabilidad crea, sino porque en los lugares donde se encuentran los ejércitos invasores se crean centros de prostitución para “el desahogo de las tropas” a las que no les importa, ni les preocupa saber, cuál es la verdadera situación de esas mujeres, y por qué están allí, y lo que se genera es más violencia sexual, embarazos forzados, embarazos infantiles, etc., que muchas veces acaban con un final trágico, pues muchas mujeres a la hora de parir lo hacen en condiciones aterradoras. Si las mujeres son de ciertos países, después de pasar por una agresión de este carácter ni tan siquiera serán recibidas por sus familias, serán repudiadas y abandonadas.

Y nada cambia cuando llegan al final del camino, porque lo que les espera son los campos de refugiados, que se han convertido en verdaderas trampas para las mujeres, muchas sufren ataques de todo tipo y, en las condiciones de hacinamiento en las que se encuentran, hace que se incremente el riesgo de que sufran, una vez más, abusos, maltrato, violaciones, etc. Y todo esto está ocurriendo en muchos de los campos de refugiados que se encuentran dentro de la Unión Europa, y las denuncias se silencian.

Las mujeres refugiadas no sólo son agredidas y discriminadas por cuestión de raza, o por cuestiones políticas, sino también por razón de género.

En la actualidad hay, en todo el planeta, 60 millones de desplazados y desplazadas, que no solo son de nacionalidad siria, sino que hay que recordar que muchos vienen de otros lugares como Palestina, Sudán de Sur, Libia, República Centroafricana, Afganistán, Congo… ¿hasta cuándo?

Sonia Iruela