Compartir

Cuando Stephen Frears (Leicester, Inglaterra, 1941) olvida asuntos de ringorrango estilo (“The Queen” o “Florence Foster Jenkins”), y se emplea a fondo en lo que lleva en las tripas, es decir, el cine profundo, social y humano que le incitaron sus ancestros cinematográficos Karel Reisz (“Morgan, un caso clínico”, 1966) y Lindsay Anderson (“If”, 1968), la mayonesa del Séptimo Arte funciona a la perfección, y tirios y troyanos salimos ganando.

Es el caso de “Philomena”, una emotiva y pertinente película, realizada en 2013, que permanecía algo descuidada en mi polvorienta videoteca, pero que, hablando del cine comprometido producido en el Reino Unido en la época de la horrenda Margaret Thatcher y un poco más tarde, alguien elogió entusiásticamente despertando mi deseo de verla. Un apetito que, en ningún momento, se vio frustrado gracias a la historia verídica de esta señora, Philomena Lee, quien, a sus 14 años de edad, allá por la década de los sesenta, tuvo la pecaminosa idea de practicar sexo, quedarse embarazada y dar a luz un niño en un convento de monjas de la muy católica, apostólica y romana República de Irlanda. Sucesos que se repetían en aquellos años debido a las desventuras de muchas jóvenes adolescentes, permitiendo a las piadosas religiosas forzar a las madres solteras —impunemente y con el consentimiento de la jerarquía eclesiástica— a renunciar a sus derechos maternos, y de ese modo, negociar con sus hijos e hijas, entregándolos en adopción a familias ricas de Estados Unidos. Algo que recuerda con rabia y dolor a los y las niñas robadas durante el franquismo por sores siempre prestas a hacer el bien a los y las crías descarriadas.

En pos de la verdad

Cincuenta años después de ese drama, y antes de que se la lleve la parca, Philomena Lee, quiere saber qué fue de su hijo. En dónde vive, qué ha hecho en la vida después de tanta ausencia. Para tamaña aventura contrata a Martin Sixsmith, un conocido periodista político caído en desgracia, iniciándose así un viaje y una reveladora investigación que permitirán, entre otras cosas, entablar una intensa relación de comprensión y respeto entre la inocente anciana y el hastiado reportero. Y es aquí donde aparece el Stephan Frears social y humano que reivindicábamos más arriba, el de sus primeras cintas: “Mi hermosa lavandería” (1985) y “Ábrete de orejas” (1987), o el de la más reciente “Negocios ocultos” (2002). Un Stephen Frears que, esquivando el melodrama lacrimógeno en el que podía haber caído, construye (asentándose en la novela del periodista en cuestión) una película sensible, veraz, vindicativa y de exquisito humor. Un filme en el que no sólo cuenta de manera admirable la historia de Philomena Lee, sino que incorpora indisolublemente asuntos tan interesantes como la prensa sensacionalista, la fe, el agnosticismo o la homosexualidad. Pero, sobre todos ellos, el de la profunda amistad que nace en ese viaje real y metafórico de Philomena y Martin (impresionantes Judi Dench y Steve Coogan, este último coautor del excelente guión) en pos de la verdad.

Rosebud