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Las campañas electorales estadounidenses, como cada vez más en otros lugares, tienen un fuerte componente de espectáculo, orientado a conseguir titulares, a aparecer en los medios a todas horas al precio que sea y, al final, a que nadie tenga muy claro, más allá de meras impresiones, qué defiende realmente cada cual y qué va a hacer si resulta elegido. Así luego se puede justificar cualquier decisión.

Día sí y día también, quien esté siguiendo de lejos estas Elecciones habrá oído o leído alguna de las frases xenófobas o machistas del candidato del Partido Republicano, Donald Trump, u otras propuestas que parecen destinadas al sector más retrógrado del electorado, lo que, en consecuencia, a ojos de muchos, viene a situar a la candidata del Partido Demócrata, Hillary Clinton —que no suelta exabruptos de ese estilo— como la persona con más posibilidades de alcanzar la Casa Blanca en las Elecciones del 8 de noviembre. Simplemente porque es menos payasa.

Las últimas encuestas de que se disponen parecen confirmar esa ventaja de Clinton, pero nada es seguro hasta que se cuenten los votos y se pronuncien los 538 electores que, de verdad, tienen la última palabra en la elección del próximo Presidente o Presidenta de EEUU. En todo caso, ¿quiénes son los dos aspirantes con mayores posibilidades de alcanzar la presidencia de la principal potencia imperialista? ¿Alguno de ellos puede ser una esperanza para las mayorías obreras y populares?

La respuesta es tajante: No. Acertadamente comentaba el camarada Pável Blanco, primer secretario del PC de México, en una reciente entrevista que gane la señora Clinton, o gane Trump, pierden los trabajadores norteamericanos y los de otras nacionalidades que conforman la mano de obra inmigrante. (…). Cualquiera que gane será un enemigo jurado de los trabajadores de EEUU y de los pueblos del Mundo”.

Nuevamente, ambos candidatos con aspiraciones reales de llegar a la Casa Blanca son millonarios y representantes de la élite político-económica del país. En el caso de ella, habiendo ocupado previamente responsabilidades en otros organismos políticos. Pero, en el caso de él, en esta ocasión podemos comprobar fehacientemente esa famosa frase del Manifiesto Comunista sobre que el poder estatal moderno equivale al Consejo de Administración de los intereses generales del conjunto de la burguesía. Donald Trump no sólo es un político bien relacionado con el mundo empresarial como es Clinton —a la que han financiado sustanciosamente varios bancos o fondos de inversión, incluido el de George Soros—, no es sólo que tenga estrechos lazos con el capital financiero e industrial, es que él mismo es un destacado capitalista, propietario de un importante holding del sector hotelero e inmobiliario cuya fortuna personal, según la revista Forbes, alcanza los 3.700 millones de dólares. Una parte importante de los donantes para su campaña son empresas vinculadas al sector inmobiliario, precisamente.

Por otra parte, Hillary Clinton cuenta con unos antecedentes políticos sumamente preocupantes. Fue Secretaria de Estado con Obama entre 2009 y 2013, período en que se produjeron las agresiones contra Libia y Siria, enmarcadas en ese proceso, promovido por los EEUU, conocido como las “primaveras árabes”. Esto la convierte directamente en una criminal de guerra, y no conviene olvidar que, también durante su mandato, promovió el golpe de Estado en Honduras, al tiempo que es firme defensora de estrechar relaciones con Israel y Arabia Saudí.

En política internacional, Clinton y Trump representan dos enfoques habituales en la política capitalista: el más injerencista, que representa Clinton, que parte de la defensa de los intereses de los grandes monopolios estadounidenses en el mundo por los medios que haga falta, como ya ha demostrado; y el más proteccionista de Trump, que se suma a esa larga lista de candidatos que dicen preocuparse más por la política doméstica que por la foránea, muchas veces por desconocimiento más que por otra cosa, aunque es cierto que parece representar a esa sección de la burguesía norteamericana más interesada en contar con un fuerte mercado interno que con la exportación de capitales.

Dos candidatos para dos sectores burgueses en pugna, a quienes une su total alejamiento y contraposición con los intereses de los trabajadores y trabajadoras. Lo habitual en la política capitalista no iba a ser distinto en su principal potencia.

Ástor García