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Editorial Noviembre 2016

La formación del recién elegido nuevo Gobierno tan sólo resuelve los requisitos mínimos que las clases dominantes precisan para alcanzar la estabilidad necesaria que les permita imponer, en mejores condiciones, sus intereses de clase. Pero este nuevo-viejo gobierno, ni de lejos, está en condiciones de resolver la profunda crisis que hoy soporta el bloque dominante en España. Un respiro, sí, pero el capital necesita más, mucho más.

Este gobierno Rajoy es la expresión de la continuidad de las políticas anteriores, en su expresión más agotada y debilitada, y con muy escasa credibilidad. Y, en buena medida, la formación de este gobierno no viene de los méritos propios, sino más bien es una consecuencia de la mayor incapacidad de los demás.

El proceso ritual por el que se llegó a la formación de este gobierno constituye un nuevo repetido episodio del más rancio paralmentarismo burgués.

Una combinación de cortesía versallesca, demagogia, zancadillas y traiciones, fueron las prácticas que se sucedieron durante semanas hasta llegar al retórico desenlace final. La defenestración de Pedro Sánchez destaca en este proceso, como expresión paradigmática de la degradación ética y moral que esta sociedad putrefacta es capaz de introducir en cualquier colectivo humano, incluso en aquellos que se autoreivindican de otras tradiciones.

Las distintas sesiones del Congreso para resolver la investidura del Presidente del gobierno no fueron debates sobre posiciones políticas e ideológicas contrapuestas. Fueron debates en los que lo único que se discutía era sobre quién era capaz de gestionar mejor el actual capitalismo español, sobre quién tenía mejores ideas o sobre quiénes tenían más honradez. Nadie reclamó, en ningún momento, un cambio de sistema político, un cambio de clase en el poder.

Y esto ocurría en una situación en la que la realidad más inmediata facilita datos más que evidentes para poner en cuestión, con facilidad, el vigente sistema de la dictadura del capital, por ejemplo:

  • La masa salarial en España se ha reducido entre 2008 y 2015 en un 12%. Hoy existe más población activa con empleo, pero bajan los salarios y, por ello, la masa salarial se reduce. La masa salarial que se pierde pasa de rentas del trabajo a rentas del capital. Y esas rentas del capital se concentran en las empresas del Ibex35, en los grandes monopolios.

  • Efectivamente los salarios bajan. El último dato publicado por la Agencia Tributaria arroja el brutal dato de que en 2014 en España habían 3.694.852 de trabajadores/as que tienen empleo y que cobran menos de trescientos euros al mes. En 2016 esa cifra de trabajadores en situación de subempleo es aún mayor, gracias a la gestión de los sucesivos gobiernos de la dictadura del capital y a la política de colaboración de clases de la nueva y la vieja socialdemocracia y el oportunismo. No es ninguna exageración afirmar que, “técnicamente”, alguien que cobra un sueldo de ese importe es una persona en paro. Y, por tanto, sumando la cifra de quiénes que están en esta situación con quienes contabiliza la EPA como activos en paro, estaríamos en una cifra reconocida de paro en España aproximada a los ocho millones.

  • Estas tendencias de reducción del precio de la fuerza de trabajo seguirán en los próximos años. El capitalismo español no caminará en la dirección de la clase obrera, sino que seguirá caminando inexorablemente en la dirección de los monopolios.

No está la cosa para triunfalismos por el lado de la clase obrera, a pesar de las proclamas eufóricas de Mariano Rajoy. Esta es la auténtica realidad del capitalismo español, mayor explotación, mayor pobreza. Nada que esperar de este sistema.

Esa realidad auténtica y lacerante no estuvo en los debates previos a la formación del nuevo gobierno, por parte de nadie.

Este gobierno se apresta a dar continuidad a la violenta línea de políticas que en esta situación permite a los grupos monopolistas españoles mantener, incluso incrementar, sus ganancias. Todo ello sustentado en la mayor explotación y la mayor pobreza de la clase obrera y de los sectores populares.

Un Gobierno en minoría, que necesita aplicar unas muy duras medidas políticas y económicas, tendrá muchas dificultades para el logro de sus objetivos, y para obtener las mayorías parlamentarias necesarias. El fantasma de unas elecciones adelantadas sobrevolará el Parlamento cada cierto tiempo, y podrán darse en algún momento en que el PP considere que se han creado las condiciones para salir victorioso de esa convocatoria.

El panorama de los partidos situados fuera del gobierno no es nada halagüeño para ellos, un PSOE fraccionado y sin posibilidad de gobierno en un buen tiempo, un Unidos Podemos con cada grupo queriendo su propio protagonismo y perdido en su parafernalia marcada por la ausencia de proyecto político propio, y una variedad de grupos que tratarán de mercadear sus apoyos en este período próximo.

La crisis capitalista española seguirá su desarrollo sin encontrar una salida. No es posible que en un escenario internacional de crecimiento languideciente y con el comercio internacional en dura paralización, el capital consiga recuperar la tasa de ganancia de una forma estable. Ya los mismos analistas del sistema reconocen un crecimiento menor de la economía española para 2017. Habría que conocer en qué momento la clase obrera de este país vuelve, al menos, a igualar la masa salarial del año 2008, el PIB sabemos que hasta mediados del año que viene no igualará el importe del momento inicial de la crisis, y eso ya es un indicador de que la cosa va para largo si no hay cambios.

Las luchas episódicas, como la reciente de la enseñanza, ayudan pero no son suficientes para impulsar un cabio de tendencia en la correlación de fuerzas.

La clase obrera tendrá que enfrentar al nuevo gobierno como lo que realmente es. Cada ley, cada medida económica, tiene que ser enfrentada con una voluntad de confrontar

Trabajar por la unidad de la clase, levantar la lucha obrera y popular más combativa. Ese es el camino que tenemos que recorrer para cambiar la actual situación de desventaja.

LUCHA REVOLUCIONARIA CON UN PARTIDO REVOLUCIONARIO

Libres de subsidiariedad del pensamiento hegemónico, libres de servidumbres y de temores, libres porque ya somos libres desde el momento en que decidimos luchar por la destrucción total de este sistema bárbaro y retrógrado.

El PCPE tiene hoy las condiciones necesarias para ser la organización que se convertirá en el núcleo duro que dirigirá el proceso revolucionario que está por venir.

Un partido independiente del pensamiento hegemónico, y esto con todas las consecuencias. Nuestro compromiso militante, nuestra entrega en la lucha, nuestra confianza en la clase obrera y en el pueblo, y nuestra ideología revolucionaria, no pueden tolerar en el interior de las filas del PCPE nada de la vieja y podrida sociedad burguesa.

La militancia en el Partido de la revolución no puede hacer concesiones a los esquemas y valores de la vieja sociedad. Ninguna tolerancia con las posiciones timoratas. Todo para la clase obrera.