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¿Quién puede quedar impasible ante lo que, en política de andar por casa, está ocurriendo desde el fatídico 20D? Al parecer, por lo que larga el cabreado y desconcertado personal, nadie se encoge de hombros. Al contrario, en nuestra piel de toro maltrecho con más bares por metro cuadrado que cualquier otro país de Europa, hay opiniones para todos los gustos, y de casi todos los colores.

Unas ponen en evidencia nuestra cepa hispana, manifestando con desacato que mandarían a todos (“a la banda de los cuatro: PP, PSOE, PODEMOS y C’S”) a las galeras romanas para que remaran hasta la extenuación. Así, precisan las voces procaces, “sabrían lo que vale un peine”. Otros comentarios, con mayor sentido del espectáculo, aseguran hastiados que “esto es una pachanga, un verdadero circo”. Y, por último, están los graznidos (no pocos desgraciadamente) de quienes esputan que “esto” no pasaba con el salvapatrias del Ferrol. Una opinión se echa de menos, sin embargo, a estas alturas del insufrible culebrón: En esta situación esperpéntica, el “modélico” sistema electoral burgués muestra su verdadero careto: gestionar el sistema capitalista como antes lo hicieron otros partidos políticos a lo largo de la historia.

Desde que apareció la burguesía en los Estados Generales en Francia, allá por el siglo XIII, incluyéndose en lo que se llamó el Tercer Estado, esa clase social supo establecer sus alianzas para preservar sus intereses económicos. Al principio, aliándose con los reyes frente a los intereses de la nobleza; después, una vez aniquilada esta clase, en 1649 en Inglaterra y en 1789 en Francia, afianzándose como “burguesía ascensional”, y, algo más tarde, con la revolución industrial del siglo XIX, convirtiéndose en la clase social y en el poder político dominantes; y siempre con el apoyo de los partidos políticos que no ponían ese poder en entredicho. Y así hasta nuestros irrisorios días en esta “España de charanga y pandereta”. Excepto en los periodos históricos en los que, viendo peligrar sus intereses, la propia burguesía ha recurrido al golpe de estado, y a la consiguiente supresión de los formalismos electorales. Y no le ha ido muy mal a la pendeja a lo largo del tiempo: un poder económico siempre en sus manos y un poder político a su completo servicio.

Un día de 1848

Hasta que un buen día de 1848 apareció una alternativa teórica y práctica a tanto encantamiento: el marxismo. Y entonces la clase obrera descubrió lo que se escondía detrás de tanta patraña: mantener intocable el capitalismo. Sin embargo, también comprendimos científicamente que nada permanece inmóvil, y que de igual manera que la burguesía había enterrado a la nobleza, el proletariado, los trabajadores/as surgidos/as de la explotación capitalista, la sepultarían a su vez. Y ese sistema filosófico, económico y político se dotó de una táctica y una estrategia para conseguirlo: organizarse revolucionariamente y construir el socialismo. El verdadero, el que distribuye al pueblo trabajador lo que una minoría privilegiada le usurpa continuamente. Y se armó la marimorena. La burguesía de todo el mundo tambaleó, y a los/as comunistas nos convirtieron en los malos/as de la película. Pese a todo ello, incluido el desplome del “socialismo real”, una cosa quedó demostrada para siempre: otra sociedad más justa y sin explotadores es posible. Hoy, cuando el reflujo revolucionario no beneficia en nada a la clase trabajadora, y el juego electoral burgués se desprestigia estrepitosamente ante nuestros martirizados ojos, se hace más necesario que nunca dar fuerza a la opción que defendemos los/as comunistas: acabar con el decrépito capitalismo y construir el socialismo. Lo demás, esta grotesca farsa a la que asistimos desde hace más de 9 meses cuando escribo esta crónica, es marear la perdiz para alejar toda alternativa revolucionaria y perpetuar así el poder político y económico de la insaciable burguesía.

José L. Quirante