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El trabajo de dirección es, por su naturaleza, sus funciones y sus competencias, el tipo de actividad partidaria más responsable y complejo.

Quien dirige, en cualquier nivel que sea (central, regional o cualquier otro escalón), tiene que decidir, orientar, dar directivas e indicaciones, distribuir y atribuir tareas. Tiene que examinar las realidades, las situaciones concretas y los problemas y encontrar respuesta para ellos. Tiene que planificar y programar el trabajo. Tiene que acompañar atentamente el trabajo de las organizaciones o sectores respectivos e intervenir para asegurar la orientación justa, para estimular la actividad, para controlar la ejecución, para conducir la realización de las tareas indicadas.

El trabajo de dirección involucra así grandes responsabilidades, múltiples competencias y amplios poderes. Es esencial que su ejercicio sea conforme con los principios orgánicos del Partido y, en particular, con el respeto a la democracia interna y con la concepción del trabajo colectivo.

Dirigir no es mandar, ni comandar, ni dar órdenes, ni imponer. Es, ante todo, conocer, indicar, explicar, ayudar, convencer, dinamizar. Son pésimos rasgos para dirigentes el espíritu autoritario, el placer del mando, la idea de la superioridad con respecto a los menos responsables, el hábito de decidir por sí solo, la suficiencia, la vanidad, el esquematismo y la rigidez en la exigencia del cumplimiento de las instrucciones.

Una cualidad esencial en un dirigente comunista es la conciencia de que siempre tiene que aprender, siempre tiene que enriquecer su experiencia, siempre tiene que saber escuchar a las organizaciones y los militantes que dirige.

Y cuando se habla de escuchar, no se trata solo de escuchar en un gesto formal, protocolar y condescendiente. No se trata de recibir pasivamente y registrar por obligación lo que dicen los demás. Se trata de conocer, de aprovechar y de aprender con la información, la opinión y la experiencia de los demás. Se trata eventualmente de modificar o rectificar la opinión propia en función de tal información, opinión y experiencia.

La experiencia de cada dirigente individualmente considerado es de gran valor. Pero la experiencia de los dirigentes tiene que saber fundir la experiencia propia con la asimilación de la experiencia del Partido.

De aquí resulta que un dirigente da una contribución más rica, positiva y creativa cuanto más basa su opinión en la comprensión de la opinión de los demás y en la asimilación de la experiencia colectiva, cuanto más consigue que su pensamiento traduzca, exprese y sintetice el pensamiento elaborado colectivamente. No solo de su organismo, sino de su organización y del Partido en general.

Es peligroso para una dirección y para los dirigentes (en cualquier escalón) vivir y pensar en un círculo cerrado y aparte.

Cuando ello sucede, el ángulo de visión se vuelve limitado y estrecho. Aparece la tendencia a atribuir a la organización respectiva o a todo el Partido o las masas la opinión de ese círculo estrecho. Disminuye la capacidad de aprender y conocer el verdadero sentir y las verdaderas aspiraciones y disposiciones del Partido y de las masas.

Es indispensable, para un correcto trabajo de dirección, el estrecho contacto con la organización, con los militantes y, siempre que sea posible, con los trabajadores democráticos sin partido.

Hay que evitar todo cuanto tienda a distanciar los dirigentes de la base del Partido. Hay que estimular todo cuanto aproxime y ligue en un esfuerzo conjunto todas las organizaciones y militantes, incluyendo a los dirigentes.

Los dirigentes tienen un importante papel en la actividad, en el desarrollo y en el éxito de los respectivos partidos. En tal sentido puede decirse que los dirigentes hacen los partidos. En el PCP, también el Partido hace los dirigentes.

Álvaro Cunhal. Un Partido con paredes de cristal