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Cuando en enero de 1959 los barbudos de Fidel entraron victoriosos en La Habana, derrotando así la dictadura del sátrapa Fulgencio Batista y acabando con la diversión de los mafiosos de Miami y de los gánsteres cubanos, el mundo era muy diferente al de nuestros días. El destino del planeta no lo determinaba entonces, sin más, el imperio yanqui, y los pueblos de América, África y Asia luchaban como leones contra el colonialismo y también por construir el socialismo.

Para muchos de ellos, el sistema político referencial desde el glorioso triunfo de la Revolución Bolchevique en 1917. Fueron los casos, por ejemplo, de los pueblos de La India, China, Corea, Vietnam, Laos, Camboya, Argelia, Indonesia, El Congo y, por supuesto, Cuba. Países todos ellos en los que a través de la lucha se forjaron revolucionarios y líderes independentistas del calibre del que hoy homenajeamos: Mao Zedong, Gamal Abdel Nasser, Patricie Lumumba, Hô Chí Minh. No está mal recordarlos en este 90 aniversario de Fidel. Sobre todo para que los/as jóvenes sepan, “en estos tiempos confusos y convulsos”, como diría el líder cubano, que esos hombres excepcionales entregaron sus vidas para hacer avanzar la rueda de historia en favor de los parias de la tierra. Una rueda que el abyecto capitalismo ha querido, y quiere, detener siempre. Como cuando el Tío Sam cebó toda su saña contra la Revolución Cubana perpetrando bloqueos, actos terroristas e invasiones por declararse, en 1961,”una revolución socialista, de los humildes, con los humildes y para los humildes”

Ejemplo vivo

Entonces yo tenía 12 años apenas - quien los pillara hoy – y lógicamente ignoraba el sentido político de todo lo que comento. Por mi edad evidentemente, pero también porque el fascismo nos mantenía en el desconocimiento más deleznable. Sin embargo, por la actitud de mi padre, que por las noches oía furtivamente esas noticias en La Pirenaica, una emisora clandestina antifranquista que emitía desde Moscú y Bucarest, yo intuía que eran cosas muy importantes. Trascendentes, diría ahora. Así, con el tiempo, me fue explicando la evolución de la Revolución Cubana, desde el desembarco del Granma y sus 82 expedicionarios, en 1956, entre ellos Fidel, Raúl, el Che, Camilo Cienfuegos, hasta la reforma agraria, la erradicación del analfabetismo y la socialización de los medios de producción; pasando por Bahía de Cochinos, donde los yanquis y sus mercenarios mordieron el polvo, y “la crisis de los misiles”, que Cuba quiso instalar en su territorio para defender su soberanía usurpada durante casi cinco siglos por los españoles y los gringos. Y en cada ocasión me decía entusiasmado que un líder así, y una revolución socialista como la cubana, se imponían en España para acabar con el franquismo. Añadiendo enseguida el gesto cauteloso de su dedo índice señalándose el ojo, el oído y la boca, para que comprendiera que había que ver y oír pero sobre todo callar. ¡Mutis!, apostillaba severamente para así garantizar nuestra seguridad.

Después, con el paso de los años, fui advirtiendo que lo que aprendí en aquellas circunstancias no cayó en saco roto sino que fraguó mi rebeldía. Profundicé entonces en la vida y obra del Líder Máximo y adherí naturalmente al marxismo-leninismo. Hoy la Revolución Cubana sufre las consecuencias del criminal bloqueo norteamericano que aún persiste, de los efectos de la crisis agónica del capitalismo y, cómo no, del desplome de la URSS. Sin embargo, nadie con sentido común puede negar que Cuba, pese a ello, sea actualmente una de las sociedades mejor educada y más sana del mundo, y que Fidel, aún debilitado por la edad, sea un ejemplo vivo para los/as revolucionarios/as. Para los/as del PCPE, también es, por sus “valores humanos y revolucionarios”, “una guía en la inmensa tarea de la Revolución Socialista en nuestro país”.

José L Quirante