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Las cuatro patas son: Mariano Rajoy, el católico neo franquista del corrupto Partido imPopular; Pedro Sánchez, el guaperas del Partido que no es ni Socialista ni Obrero, pero muy Español, eso sí; Pablo Iglesias, l’enfant terrible de la retozona y veleidosa pequeña – pequeñita - burguesía y, por último, Albert Rivera, el noi de La Barceloneta que renegó de sus orígenes proletarios. Y el banco a sostener -a apuntalar - ya lo habrán adivinado ustedes: claro, el sistema de producción capitalista. El mismo que viste y calza. El que en cada crisis que engendra el jodido invento, sólo le preocupa salir de ella vivito y coleando. Sobre todo, coleando y haciendo mucho daño. Es decir, manteniendo al menos su tasa de ganancia cueste lo que cueste.

Después, si el tinglado no se va al puto carajo (opción poco probable por ahora), ya habrá tiempo de acrecentarla y, de ese modo, poder forrarse hasta las cejas. Y en esas estamos queridos/as currantes/as. En las que, más allá de lo sacado de la chistera electoral el pasado 26J, y de la ensalada política que se está cocinando para ver quien mangonea mejor el país, estos gestores del capital se disponen a aplicar con premeditación y alevosía la máxima de Lampedusa en El Gatopardo: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. “¿Y ahora qué sucederá? ¡Bah! Tratativas pespunteadas de tiroteos inocuos”. Dicho para que se entienda: “mucho ruido y pocas nueces”. O, si prefieren, como dicen en la granaina tierra de la malafollá: “mucho bla bla bla, pero al final menés con pés”, y no traten de buscar la traducción porque no existe. Lo que viene a significar que, con esta gente y sus ensoñadoras milongas, los ricos, que nada tienen que temer, seguirán siendo cada vez más ricos y los trabajadores/as cada vez más explotados. Aunque, por supuesto, siempre existirá la miseria más miserable para que la temible “izquierda radical” pueda practicar de vez en cuando, y con permiso de la oligarquía española o europea, su clamada progresía.

Sin Revolución no hay cambio

Evidentemente, el capitalismo español y sus devastadoras injusticias: paro masivo, corrupción, emigración, sobrexplotación, trabajo precario, salarios de miseria, contaminación medioambiental, etc., etc., no desaparecerán con las reformas de estos/as ilusionistas de la política. Que nadie se llame a engaño. El sistema de producción capitalista seguirá su marcha depredadora porque desde que apareció en Inglaterra en el siglo XVI en sustitución del feudalismo, es su razón de ser: producir lo que sea para, con la explotación de los/as trabajadores/as, obtener plusvalía, beneficios, pasta gansa. Creer en su humanización, como socialdemócratas trajeados o descamisados defienden cuando hablan de no sé qué estado del bienestar, es por tanto un contrasentido morrocotudo además de una tomadura de pelo. A lo sumo, y mientras su razón de ser no esté en juego, el capitalismo permitirá algún que otro retoque de cosmética social, y pare usted de contar. Es demasiado ingenuo, por no decir estúpido, pensar realmente que explotadores y explotados pueden convivir como si esa diferencia esencial no existiera. Un verdadero cuento de hadas.

Por eso, nosotros comunistas, que no vemos la historia como una viñeta del TBO, sino como una lucha encarnizada entre dos clases antagónicas (observen en este sentido la lucha ejemplar que la clase obrera francesa y su juventud libran en defensa de derechos laborales y sociales que la burguesía quiere arrebatarles), sabemos que por muchas alternativas políticas encantadoras que la oligarquía invente o promueva para apuntalar su sistema de producción, un día, cuando las condiciones subjetivas que decía Lenin estén creadas, la Revolución estallará. Y el cambio, el verdadero, el que trae el socialismo, se producirá. Porque sin Revolución no hay cambio. Por ella militamos.

José L. Quirante