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Durante este fin de semana, miles de personas han realizado el primero de los exámenes de las Oposiciones para Secundaria convocadas para este año en algunas comunidades. Un examen crucial que puede determinar sus vidas, que puede significar un trabajo estable y una vida más tranquila, al menos en lo económico. Pero, ¿cómo es el camino que estos compañeros y compañeras tienen que transitar durante el tiempo en que están opositanto?, ¿realmente las oportunidades son las mismas para todos ellos?

Para ser profesor de Secundaria el primero de los requisitos es una carrera universitaria. Cuatro años (o cinco, si hablamos de licenciaturas) pagando tasas, libros, vivienda; asistiendo a clase y estudiando duramente para conseguir el título (sin olvidar que necesitas un nivel B1 de cualquier idioma, que requiere un nuevo desembolso). Hecho esto, deberás cursar el Máster de Educación Secundaria, cuya matrícula ronda los 1.500€ y que supone un año más dedicado a prepararte. Haber llegado hasta este punto del camino ya habrá sido un logro, sobre todo si tu situación económica no te ha acompañado, pero queda lo peor.

El año en que decides preparar las oposiciones comienza con una gran cantidad de información nueva a propósito de los pasos que dar, en qué consiste el examen, cuál es el temario y un largo etcétera de cuestiones que a veces llegan a sobrepasarte. Para evitar cualquier error cometido fruto de la inexperiencia decides apuntarte a una academia o buscar un preparador, momento en el cual continúan los problemas económicos para muchos. Pagar aproximadamente 150€ mensuales no es algo que esté al alcance de cualquiera, sobre todo teniendo en cuenta que no existe ninguna “beca para el opositor”. Esto se convierte, en ocasiones, en un gran sacrificio para los padres o para uno mismo. De nuevo, una barrera para la clase obrera que el hijo de la burguesía no tendrá que saltar.

A la hora de estudiar, una vez que se tiene el temario y te has hecho una idea sobre lo que hay que hacer, toca estudiar. Parece una afirmación lógica, pero encierra detrás un nuevo problema: de dónde sacar el tiempo para ello. Si trabajas, tienes cargas familiares (hijos, abuelos enfermos, etc.) irás viendo cómo cada día se hace más difícil. Constantemente intentarás buscar huecos para estudiar, pero siempre te surgirá un problema mayor y más urgente (una reunión de trabajo, un resfriado de tu hijo o hija, llevar a urgencias a tu abuelo o abuela y un largo etcétera que, como podrá intuirse, tenderá a ser siempre mayor si eres mujer).

Las administraciones educativas tampoco lo ponen nada fácil, cambiando constantemente de parecer respecto a las fechas, al tipo de examen, la baremación de los méritos, o incluso dejando un vacío legal, como en Andalucía, en cuanto a las leyes a aplicar a las Programaciones hasta un par de meses antes de la prueba.

Llegado el día del examen, todo acaba siendo cuestión de suerte; la cual, cuando no aparece, provoca llantos, ansiedad e incluso desmayos. Una experiencia nada recomendable por la que tienen que pasar al año una gran cantidad de personas cuyo sueño es ser docente o, en su defecto, tener cierta estabilidad laboral que les permita salir mínimamente de esta situación que hemos narrado. Y digo mínimamente porque las condiciones laborales que encuentras al acabar las oposiciones son, las más de las veces, nada deseables. En definitiva, se dibuja un panorama de desigualdad, como no podría ser de otro modo en el capitalismo, en el cual la clase trabajadora es la que peor parada sale.

Mar Hernández