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La imagen y los estereotipos que se han presentado sobre estas mujeres desde Merimée o Bizet, por citar a los más conocidos, pasando por E.de Amicis o Pierre Louys además de falsas resultan hirientes y poco tienen que ver con la realidad de unas mujeres que irrumpieron con fuerza en la industria del tabaco y que significaron una importante referencia de la mujer en el mundo del trabajo.

Las labores del tabaco comenzaron en 1620 en Sevilla, no obstante no será hasta 1730 en Cádiz donde se emplee masivamente mano de obra femenina. Esta industria ha estado sustentada por mujeres tanto en su elaboración manual que precisaba habilidad y esmero, algo para lo que se supone que nosotras estamos más capacitadas, como en la elaboración con máquinas. Seguramente los destajos y los ínfimos salarios, que implicaban reducir costes (eufemismo de extracción de plusvalías) tienen más que ver con el uso de mano de obra femenina.

Con el cerrojazo de la fábrica de cigarrillos de Logroño no queda en la península ningún resto de lo que fuera una actividad que a finales del S. XIX (1896) estaba absolutamente feminizada y donde con 11 fabricas las mujeres representaban el 97, 2 % de la mano de obra.  Subsiste por ahora la de Canarias, propiedad de otra multinacional, pero la concentración   y los monopolios ponen fin a casi cuatro siglos de un trabajo fabril que muestra como ninguna otra actividad la lucha de las trabajadoras a lo largo del tiempo.

Las pésimas condiciones laborales con jornadas agotadoras, bajos salarios, condiciones insalubres, estricta disciplina y controles de registro y requisa a la salida del trabajo van marcando las reivindicaciones de las cigarreras en todas las fábricas. Mujeres entre los 14 a 90 años, tanto solteras como casadas, que no son eximidas de sus tareas domesticas y que dados los paupérrimos niveles de vida en general de la clase obrera se tolera por necesidad su actividad laboral, pero se subestima e incluso algunas de sus demandas  agrupaba a trabajadoras alicantinas, mayoritariamente cigarreras y que no se tienen en cuenta.

Al calor de esas discriminaciones surgieron también organizaciones obreras propias. En el Alicante de 1910 ve la luz la sociedad obrera “La Feminista”, que tenía su sede en la Casa del Pueblo y junto con otras compañeras reivindicaron entre otras mejoras aumentos salariales y cobrar la mitad del jornal en caso de enfermedad. En 1918 fue aceptada en las filas del movimiento asociativo general y se creó La Unión Tabaquera, con trabajadores de ambos sexos. Aquellas mujeres y las cigarreras de épocas más recientes tenían claro que la lucha era el camino para  conseguir sus objetivos, por eso duele recordar la manifestación en contra del cierre de la planta en Alicante. Con la entonces alcaldesa del P.P. invitada por el comité de empresa a ir a la cabecera. Quedaba claro con tal gesto de   sumisión el grado de dominación  ideológica de la burguesía sobre los intereses de trabajadoras y trabajadores.

De aquellas trabajadoras, en un oficio que se heredaba de abuelas a madres e hijas y que avanzaron luchando en mejorar sus condiciones laborales, salariales y de vida, no quedará sino el recuerdo. No sólo porque su actividad desaparece de nuestro entorno, sino porque las condiciones laborales que conquistaron con la lucha, reforma laboral tras reforma laboral y pacto tras pacto, han dejado de ser parte de los derechos para la clase obrera.

El legado que nos dejan no debe ser de algo melancólicamente romántico y un fatalismo sobre la inevitabilidad de lo que nos sucede como clase. Nos precedieron luchando y enfrentando al patrón, así avanzaron en derechos. Retorna su ejemplo y quede en nuestra memoria colectiva que la lucha es el único camino de emancipación.

Lola Jiménez