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Hoy la alianza de la clase obrera con otros sectores populares debe ser por el socialismo

Si ha existido un tema que ha dado de qué hablar, desde el análisis académico hasta la fabulación propagandística, ese ha sido la concurrencia a las Elecciones generales del 16 de febrero de 1936 del Frente Popular, y su posterior triunfo. El año en que se cumple el octogésimo aniversario del hecho, este 2016, ha querido que el concepto, o más bien la retórica, frentepopulista vuelva al léxico de la actualidad política.

Con la convocatoria de Elecciones del próximo 26 de junio y el acuerdo de coalición electoral alcanzado entre Podemos e Izquierda Unida, se ha venido tratando de plantear un paralelismo histórico, entre la unidad del 36 y esta alianza de nuestros días. Como recurso propagandístico se enarbolará desde ciertos sectores del oportunismo y la nueva socialdemocracia, otros, incluso, preferirán obviarlo. Sea como sea, la verdad es que la alianza de las formaciones de Iglesias y Garzón no es el Frente Popular, ni España es la de 1936.

La táctica de los Frentes Populares, aprobada por el VII Congreso de la Internacional Comunista en 1935, ante el avance del nazismo y el fascismo, respondía a un momento histórico muy concreto, de especial peligrosidad para la clase obrera y los sectores populares. En Alemania, Hitler había llegado al poder, y en España, la entrada de ministros de la CEDA en el Gobierno había producido un determinado giro reaccionario, que tuvo su expresión más gráfica en la represión de la Revolución de Octubre. En 1936 había en España más de 30 000 presos políticos, como consecuencia de la represión del 34.

La voluntad del Partido Comunista de promover y participar del Frente Popular en las Elecciones de febrero respondía a la aceptación de un programa democrático que permitiese la amnistía de los presos políticos, la reforma agraria y el rescate de los bienes comunales, es decir, que sentara las bases para que España se deshiciera de sus restos feudales, y para que sus trabajadores y trabajadoras más conscientes salieran de las cárceles. El PCE no tenía entonces la fuerza necesaria para hegemonizar ese Frente Popular, pero debía avanzar hacia las posiciones que más favoreciesen la consolidación de un Frente único de los trabajadores. Hizo lo correcto.

Hoy día, ni las situaciones ni los actores políticos de la alianza electoral son los mismos que en el 36. Ni unas, ni otros tienen nada que ver. En términos políticos estrictos, el Frente Popular del 36 no vale para 2016, porque fue una táctica concreta a un contexto concreto. Hoy no hay nada, ni lejanamente, en lo que la clase obrera pueda hacer coincidir sus intereses con las burguesías periféricas, ni con ninguna de las expresiones políticas organizadas de la socialdemocracia y el oportunismo. En la alianza de IU y Podemos hay mucho de táctica, pero de táctica interna, de lógica del sistema de Partidos actual. La voz de la clase obrera y el pueblo trabajador está ausente de sus propuestas, enmarcadas todas ellas en la aceptación de la gestión capitalista. Bien es cierto que, en febrero del 36, las propuestas revolucionarias —nacionalización, control obrero, etc.— quedaron fuera del programa, pero en el seno del Frente Popular operaba un Partido Comunista con una táctica que sí contemplaba tales horizontes. En junio de 2016, en eso que algunos pretenden vender como un nuevo Frente Popular, no hay ni una pizca de posición revolucionaria, porque no puede haberla, porque el Partido Comunista, de manera consecuente, debe desenmascarar lo que no es otra cosa que una maniobra para favorecer el apuntalamiento de un sistema que se cae. Febrero de 1936 supuso un movimiento de avance sociohistórico. Junio de 2016 propone, camuflado, un retroceso obrero y popular.

La unidad hoy pasa por la clase, no se cuenta por escaños, sino por centros de trabajo en pie de guerra, por barrios organizados, por estudiantes combativos. La táctica unitaria es la revolucionaria, la del Partido Comunista.

Eduardo Corrales