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De las conquistas en la II República a la actualidad

Decíamos ayer que es lugar común circunscribir los derechos obtenidos por las mujeres durante la II República al sufragio femenino. Además, desde una concepción de las mujeres profundamente paternalista, producto de prejuicios muy arraigados, se alimenta la  controversia sobre el triunfo de la CEDA por la participación femenina en aquellas elecciones de 1933 sin tomar en consideración otros factores políticos mucho más determinantes.


Sin embargo los derechos que obtuvieron las mujeres en ese periodo fueron notables. En las condiciones de nuestro país, donde siempre se hizo de la opresión de la mujer un elemento de la lógica del sistema de dominación de la burguesía, con una especial importancia de la religión, algunas leyes supusieron un duro revés para la Iglesia Católica. Tanto la ley de matrimonio civil como la del divorcio (1932) así como la igualdad de derechos entre hijos legítimos e ilegítimos, fueron las más progresistas de Europa (exceptuando la URSS) y recortaron   la influencia clerical en el seno de la familia. La  abolición de  la prostitución reglamentada, por considerarse una concesión a la doble moral burguesa y el impulso en la creación de escuelas que se tradujo en un descenso del analfabetismo femenino hasta un 37% significaron igualmente avances importantes.

En el terreno laboral, mientras en otros países europeos se estaban imponiendo medidas contrarias al trabajo de la mujer casada, aquí se levanta la prohibición, se decretó la jornada de 8 horas, se regularizó el trabajo nocturno, obligando a los patronos a dar un descanso de 8 horas, se aprobó la Ley del Descanso Dominical, excepto en el servicio doméstico, se reconoció el derecho de asociación y sindicación para ambos sexos, se reguló por primera vez el derecho a la baja por maternidad y el periodo de lactancia y, en Catalunya, donde las mujeres estaban más incorporadas al trabajo industrial se despenalizó y legalizó el aborto.

La mujer nueva de nuestra II República y de la revolución rusa se incorpora al trabajo asalariado para alcanzar su independencia económica, al partido, hace la revolución y la guerra, tiene un proyecto emancipatorio propio y transforma profundamente su psicología para romper con la subordinación y dependencia psicológica del varón. Esa mujer forjada en la batalla contra el fascismo, sufre duramente la represión pero organiza la lucha contra el hambre y la solidaridad con los presos, oculta a perseguidos, distribuye publicaciones clandestinas, colabora con la guerrilla e impulsa protestas populares.

Durante el franquismo, el trabajo de las mujeres en la economía sumergida permitió ingente acumulación de capital sobre la que se inició el desarrollismo de los años 60, destaca en las huelgas como la de aceiteras en 1946 o las textiles en Barcelona de los años 60. Y frente a la invisibilización y el olvido del histórico compromiso militante de las mujeres conviene destacar su papel en la resistencia y la contribución femenina a las luchas de los pueblos y de la clase obrera por su emancipación.

Sin traer al presente de lucha las enseñanzas y ejemplos de quienes nos precedieron combatiendo contra el clasismo y el sexismo de la época que les tocó vivir, cada lucha empieza de nuevo y parte de cero. Sin esa experiencia acumulada, no se puede entender nuestra lucha actual por lograr la igualdad como trabajadoras y como mujeres y, mucho menos se pueden incorporar - con la persistencia de las dificultades derivadas de la triple jornada- las mujeres trabajadoras y mujeres de las capas populares a la lucha por las reformas estructurales que necesitamos y que únicamente un estado socialista puede (y está en su ideario hacerlo) acometer. La República socialista de carácter confederal es la condición necesaria, aunque no suficiente, de la liberación femenina.

Lola Jiménez