La Unión Europea de la guerra y el terror sufre las consecuencias de su propia política

En el tiempo y en el espacio coinciden hechos que parecen inconexos. En Ucrania, el 17 de marzo1, un grupo de neonazis del Partido en el Gobierno, Pravy Sektor (Sector Derecho), ataca una concentración en Kiev donde había numerosos ancianos que resistieron heroicamente la agresión. El 18 de marzo, la UE y Turquía firmaron un acuerdo por el cual la UE negaba el derecho de asilo a miles de personas y deportaba a todo refugiado a Turquía. Dicho país aceptaba a cambio dinero (3.000 millones de euros) y la aceleración del proceso de adhesión a la UE. El 22 de marzo, unas explosiones en el metro y el aeropuerto de Bruselas mataban al menos 30 personas.

 

¿Son hechos inconexos?, por supuesto que no. La UE, desde su creación, ha sido la unión de la oligarquía europea en busca de una mejor posición en el reparto de mercados. Su propio origen, vinculado a la unión aduanera del carbón y del acero (CECA, en 1950), y los sucesivos acuerdos económicos ya demuestran que su objetivo no son la paz y los derechos humanos, sino la acumulación capitalista y competir en mejores condiciones contra otros Estados.

Desde la agudización de la crisis del capitalismo hemos visto cómo la UE ha recrudecido la utilización de la violencia, allá donde fuera necesario, para defender sus intereses, y en muchos casos, esa violencia se ha extendido sin límites por todos los Estados de la Unión. En el 2013 lo hizo en el este de Europa, apoyando un golpe de Estado y un gobierno con miembros neonazis para salvaguardar una importante cuota de mercado, Ucrania, frente a los intereses imperialistas rusos. Guerra que ha provocado ya miles de refugiados y masacres en la región del Donbass. Desde el 2011 la UE y sus Estados miembros vienen apoyando a distintos niveles, verbal, económica y militarmente, la guerra contra el Gobierno sirio. Guerra que ha generado al menos más de 2 millones de refugiados, de los cuales el 50% son menores de 18 años2, y un considerable aumento del fanatismo religioso. El acuerdo con Turquía para expulsar refugiados es otro ejemplo reciente, ha obviado las propias leyes capitalistas del Derecho Internacional y ha puesto sobre la mesa la verdadera cara de la UE, primero los intereses capitalistas, luego los derechos de la mayoría. Estos tres acontecimientos son sólo los más recientes; el acuerdo del TTIP con los EEUU, o el apoyo a los bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia hace años, también sirven como ejemplo.

El juego de palabras, ante este aumento de la violencia, también es muy habitual, la prensa y los Gobiernos no ven conexiones entre financiar al DAESH en Siria, en el 2011, y sufrir atentados de estos en tu propio territorio, en el 2016. Tampoco hay atisbo de autocrítica de todos aquellos Partidos que apoyaron la construcción europea y nos dijeron que “estamos convencidos de que la integración europea es un proceso político, económico y social de consecuencias potencialmente muy positivas para nuestras ciudadanías". En España la izquierda defendió, desde muy temprana época, la necesidad de la europeización de España como una condición para su modernización económica y su democratización política”3. Lamentablemente, no hay más ciego que el que no quiere ver y ahora todos se suman al carro de la campaña anti-UE, pero esos mismos olvidan que, no hace mucho, nos animaron a subirnos al carro de la UE como el mejor de los mundos posibles.

Un amigo periodista escribió, hace poco, una sutil crítica hacia ciertos titulares de la prensa como este, “Ataque terrorista en el corazón de Europa” y nos recordaba que Europa no tiene corazón. Poética metáfora pero, desde mi punto de vista, errónea.

La UE tiene un corazón muy distinto al que pensábamos. Un corazón violento que no respeta los derechos humanos y los pueblos. Corazón tiene, pero no es el corazón de la clase obrera.

Álvaro Luque