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Cuando la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) era lo que nunca debió dejar de ser: un país socialista venerado y respetado por la clase obrera mundial. Cuando los países del Este europeo se reclamaban del socialismo que calificaron “real”, y el Tercer Mundo rompía, un día sí y otro también, las cadenas insoportables del colonialismo ancestral, Occidente, es decir el capitalismo internacional, que temía esas alternativas a su modo de producción más que a una vara verde, propuso, sin demasiada convicción pero con machacona insistencia, un mundo que sus exegetas llamaron “libre”.

Aseguraba Occidente que, desaparecido el “bloque comunista” —el temible enemigo a derrotar en aquel entonces—,  el universo se convertiría en una balsa de aceite, y por fin, no habría opresión, guerras, paro, miseria ni tampoco corrupción. Y mucha gente llana se lo creyó. Han pasado más de 25 años —toda una generación— desde que el derrumbe del muro de Berlín en 1989 arrastró lo que quedaba del “campo socialista”, y es oportuno preguntarse qué fue de aquellos loables propósitos occidentales.

Los jinetes del Apocalipsis

Desde aquel entonces, el capitalismo, en un mundo unipolar dominado por Estados Unidos, al no tener a nadie capaz de oponerle resistencia, se sintió dueño absoluto del planeta. Los países perdieron soberanía y las injerencias políticas, económicas y militares para preservar y acrecentar sus leoninos intereses se sucedieron de manera implacable. De ese modo, en poco tiempo, asistimos atónitos e impotentes a guerras imperialistas que han ocasionado millones de víctimas inocentes e insospechados estragos en este siglo XXI: saqueos, destrucción de herencias culturales, magnicidios, desolación y miseria. De nuevo los jinetes del Apocalipsis: la victoria, la guerra, el hambre y la muerte, obedeciendo a intereses espurios y criminales, han cabalgado en sus pavorosos corceles asolando y aterrando poblaciones enteras de países como Iraq, Afganistán, Libia o Siria. Al tiempo que han ocasionado la aparición de una respuesta armada que, al no tener posibilidad ninguna de enfrentarse abiertamente al inmenso poderío militar del imperio yanqui y sus lacayos (entre ellos España), comete de manera indiscriminada atentados en esos países y en cualquier otro del globo terráqueo.

Huyendo de la guerra

Un drama que, como comprobamos cada día que encendemos la televisión, no tiene visos de acabar, y que, una de sus consecuencias, es la tragedia de los refugiados sirios. Centenas de miles de personas, hombres, mujeres, ancianos y niños, huyendo despavoridos de una guerra que comenzó hace ahora 5 años con el financiamiento y armamento de mercenarios por Estados Unidos con el objetivo de desestabilizar un país que se opone a su expolio y al control geopolítico de Oriente Próximo. Refugiados que, después de cruzar  mares y tierras para alcanzar El Dorado europeo, dejando en su caminar miles de muertos, son deportados ahora a Turquía (país, como se sabe, defensor aguerrido de los derechos humanos) por 6.000 millones de euros, por una Unión Europea que los “acogió” entre xenofobia, alambradas y campos de concentración émulos de los del nazismo, y que sólo produce parados (más de 23 millones según Eurostat), destrucción de derechos laborales y sociales, explotación de trabajadores/as y defensa empedernida de los intereses de las multinacionales capitalistas.

Y en medio de ese desastre, a dónde fueron a parar las lisonjas del “mundo libre”. Sin duda, al lugar de la mentira, el cinismo y la hipocresía. Porque un mundo libre únicamente es posible sin capitalismo, causalidad de todo sometimiento. Y ese mundo sólo será conquistado, no por quienes nos gobiernan, tampoco por sus cachorros arribistas, sino por los/as comunistas, orgullosos herederos de quienes en 1917 hicieron posible la primera revolución socialista de la historia.

José L. Quirante