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Tengo el sentimiento (y perdonen el eufemismo) que buena parte de la ciudadanía (y perdonen también esta cursilada) piensa que ser comunista hoy es un anacronismo o un deseo nostálgico de un tiempo revolucionario que quiso ser pero que no pudo. Que finalmente todo aquello pasó a la historia, y que actualmente se imponen “aires nuevos”: los de quienes sin reivindicarlo, son,  aseguran algunos popes de la política actual. Hasta tal punto se empecinan en esta idea que yo, comunista de longue date, me siento como un bicho raro, como una especie de  Pitecantropus Erectus.

Tanto es así, que ello me traslada sin quererlo a, cuando siendo escolar allá por los años del hambre, oía decir que los comunistas tenían rabo y cuernos. ¡Qué atropello! ¿Verdad? O a cuando un poco más tarde, siendo ya bachiller, un inveterado profesor falangista, que impartía la asignatura de Formación del Espíritu Nacional, algo así como el Mein Kampf pero de andar por casa, se refería con perniciosa delectación al asesinato del dirigente comunista Julián Grimau cometido por la justicia franquista  en abril de 1963, afirmando, el muy facha, que era peor que el mismísimo diablo.

Hicieron falta unos años más, y sobre todo la voluntad de mi padre de romper con el silencio que le imponía la clandestinidad, para descubrir la falacia en que vivía y comprender qué había ocurrido realmente en mi país, antes, durante e inmediatamente después de la victoria fascista en 1939. Fue, como dice Rabindranath Tagore, nacer de nuevo; atisbar algo de luz en el largo túnel que aún me quedaba por recorrer. Una luz, como digo, que fue manteniéndose con las enseñanzas de mi padre pero también con las lecturas que pude procurarme en mis laboriosas y esporádicas salidas a Francia. Primero a Argelès-sur-Mer, una localidad situada a 35 km de la frontera española en el sureste francés, donde en un campo de concentración, en febrero de 1939,  fueron encerrados en condiciones inhumanas más de 100.000 republicanos españoles;  y  después a París, epilogo de mi embrionaria formación. En ese tiempo, años 1960 y 70, fui adquiriendo la cultura y el conocimiento que me vetaba el franquismo, pero, sobre todo, tuve la extraordinaria oportunidad de frecuentar a quienes, también desde el extranjero, luchaban por la libertad en España: los/as comunistas. Ellos y ellas me enseñaron que el fascismo es una forma de Estado que utiliza la burguesía cuando peligran sus intereses; que la sociedad se divide en clases, que su evolución es permanente, y que para acabar con el capitalismo, causa de todos los sufrimientos de la clase obrera, es necesario que esta se organice revolucionariamente.

Hacerlo añicos

Hoy, los gestores del capital, los carcamales ya en desuso y los noveles por estrenar, afirman que todo eso está obsoleto, trasnochado, que no está en boga. Como si el marxismo fuera un asunto de quita y pon, y no una ciencia como la medicina o las matemáticas. Un descubrimiento que dio alas a los parias de la Tierra y aterrorizó a su burguesía. Gracias al marxismo, es decir al sistema filosófico, político y económico basado en las ideas de Carlos Marx y Federico Engels, se abandonó la concepción idealista del mundo en favor del análisis materialista; se demostró dialécticamente el origen del capitalismo y la explotación sin límites de los trabajadores, y se auspició su superación a partir de la construcción del Socialismo. Sin embargo, para esa camada política, enzarzada cuando escribo esta crónica en un grotesco espectáculo circense, nada de eso importa. ¡Qué cinismo! Para ella las cosas irán mejor reformando el sistema capitalista, “humanizándolo”, como dicen algunos/as. Todo menos hacerlo añicos. De eso, que lo sepan, nos encargamos nosotros/as. Palabra de comunista.

José L. Quirante