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El término “nini” (ni estudia ni trabaja) se ha ido haciendo un hueco entre los jóvenes prácticamente desde el inicio de la crisis capitalista. Muchos son los que se han quedado anquilosados en una situación que, a pesar del baile de cifras, cada vez es más común: haber terminado los estudios, o no poder hacer frente a éstos, y no encontrar trabajo.

 

Con el desempleo juvenil por encima del 50%, con un 35% de jóvenes que abandonan los estudios antes de los 16, con 8 de cada 10 menores de 30 años sin posibilidad de emanciparse de casa de sus padres y con la emigración como principal vía de escape ante tal situación, las cifras de jóvenes que ni estudian ni trabajan varían, y no poco, según quiénes las hacen públicas.

Por una parte, nos encontramos con un escueto 3% por parte de un gobierno que, con Rubén Urosa, director del Instituto de la Juventud de España (Injuve) como portavoz, defiende la tesis de que «un joven con un título universitario, con un Master, con idiomas, y que está  buscando empleo de forma activa, no se puede considerar un "nini", aunque de facto ni estudie ni trabaje». Según afirmó el director de este organismo que depende del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, ni quienes «de forma “voluntaria” se dedican a las tareas del hogar, al cuidado de los hijos o familiares y a las personas con discapacidad que no tienen acceso al trabajo “pero que cuentan con una renta o un subsidio”».De forma más que significativa, Urosa defendió estos argumentos durante la presentación de la campaña internacional promovida por el Ejecutivo para pedir a la ONU que declare la «Década Internacional del Empleo Juvenil», donde también aseguró que en España «no se está explotando a los jóvenes».

Frente a este 3%, se planta el 26% de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), a quienes Rubén Urosa acusa de basarse únicamente en dos preguntas: “¿Estudias?, ¿trabajas?”.Esta organización advierte de que la situación es especialmente preocupante en los países del sur de Europa, como en España y Grecia, donde más del 25 % de los jóvenes adultos en el 2013 podían ser considerados “ninis”. Por ello la OCDE sostiene que se ha de garantizar que todos los jóvenes finalicen la escuela con un amplio abanico de habilidades cognitivas, sociales y emocionales, que les ayuden a ingresar en el mercado laboral.

Pero más allá de las palabras y ajenas a esta batalla de “tantos por ciento”, están las causas que originan la adversidad a la que da nombre el conocido acrónimo, adversidad por la que parece que cada hija y cada hijo de familia trabajadora ha de atravesar alguna vez y que está sacudiendo a toda una generación.

Descartados por un sistema educativo puramente clasista que ajusta el modelo de enseñanza a los intereses de una clase dominante. Azotados por la falta de oportunidades que ocasiona el desempleo, la temporalidad juvenil (que ronda ya el 70%) o la precariedad de los contratos de formación. Empujados al exilio “voluntario” (alrededor de 200.000 desde que comenzó la crisis en 2007) para lograr incorporarse al mercado laboral, etc.

¿Acaso ante semejante panorama podríamos decir que los jóvenes no estudian ni trabajan porque no quieren? ¿Se trata, como dice el gobierno, de una generalización injustificada que poco se ajusta a la realidad? ¿Puede este sistema garantizar mejoras en la preparación del conjunto de la juventud, como apunta la OCDE?

Los datos y las cifras están ahí, pero es mejor que hable la juventud.

Kevin Álvarez