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El 27 de septiembre de 1975 la dictadura gastó sus últimas balas en fusilar a cinco militantes antifranquistas, dos de ETA y tres del FRAP.

En cuatro Consejos de Guerra celebrados ese mismo mes de septiembre en Barcelona, Burgos y dos en Madrid, y en juicios sumarísimos, se dictaron once penas de muerte de las que cinco se ejecutaron aquel sábado 27 (las otras seis las conmutaron por penas de reclusión): a Angel Otaegi le fusilaron en Burgos, al Txiki (Juan Paredes Manot) en Burgos, y a José Humberto Baena Alonso (el Daniel del poema ), Ramón García Sanz y José Luis Sánchez Bravo, al lado de Madrid, en Hoyo de Manzanares.

Ese año 1975 fue especialmente sangriento. Otras veintitrés personas fueron asesinadas por las fuerzas de represión en manifestaciones o controles. El franquismo agonizaba. Eso se notaba. La oligarquía española no podía seguir manteniendo la forma fascista que adoptó allá por el año 1939 con el objetivo de ahogar las aspiraciones de la clase obrera y los sectores populares, consolidando “in extremis” su poder. De nuevo tenía al pueblo en contra.

La respuesta a los asesinatos fue unánime. En Euskal Herria se decretó una huelga general de tres días de duración. Pararon 200.000 trabajadores y cerraron los comercios. Se celebraron funerales en casi todas las poblaciones, algunas de las cuales terminaron en tiroteos. El gobierno declaró el Estado de Excepción. Las movilizaciones en otros puntos del país terminaron con otras tantas intervenciones policiales.

El escándalo fue tal que ni siquiera la Comunidad Económica Europea (luego Unión Europea) se mantuvo al margen. Había una nueva hoja de ruta en marcha para consolidar el poder burgués. La forma fascista de dictadura de la oligarquía tenía que mutar en una forma democrática. Era una condición indispensable para que la oligarquía española formara parte de la alianza interimperialista europea (UE-OTAN) y consolidara su poder ante el avance del movimiento obrero y democrático. Lo llamaron “transición”.

Los asesinos (guardias civiles y policías) se presentaron voluntarios. Por supuesto, como tantos otros, nunca fueron juzgados. Eso hubiera supuesto juzgar a quienes estaban detrás. Aquellos que mientras se fusilaba a estos cinco militantes antifascistas se frotaban las manos. Aquellos que por su posición de poder pueden permitirse el lujo de contar con sicarios.

Hoy, cuarenta años después, se siguen poniendo trabas para honrar la memoria de todos los represaliados en la lucha contra el franquismo. Desde aquellos asesinados en 1936 hasta estos cinco últimos en 1975.  Tocar este tema aún escuece. ¿Acaso se debe a que siguen vivos muchos de los que estaban en el ajo?

Es curioso que incluso veamos cómo por parte de ciertos sectores se recupera ese discurso violento para proponer soluciones de actualidad. Y es que nuevamente estamos en un momento de reorganización del poder de la oligarquía, una “segunda transición” que lo llaman, para apuntalar nuevamente la dictadura del capital. ¿Os suena aquella frase que dice "El viejo mundo se muere; el nuevo tarda en aparecer; y en este claroscuro surgen los monstruos" [*]?

Lo que parece claro es que hay una línea de continuidad. La oligarquía, con el Estado en sus manos, ejerce su poder con todas las consecuencias. Aparecen nuevas formas de gestión, nuevos gobiernos, pero no se altera la composición del bloque de poder. Hay muchos partidos que ni siquiera apuntan hacia el mismo. A lo que yo me pregunto:

¿No aprendieron que sin investigar a la mano directora es imposible resolver el juicio?

Adrián J. Bertol


Nota:

[*] Cita de Antonio Gramsci