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Voces entendidas en la materia aseguran que este año el Festival de Cine de Cannes, presidido por los hermanos Joel y Ethan Coen, ha tenido un carácter social. Y si nos atenemos a algunas de las películas galardonadas justo es reconocer que más bien ha sido así. Tanto la Palma de Oro concedida a “Dheepan” del cineasta francés Jacques Audiard (“Un profeta”, 2009), llevando a la pantalla un relato desgarrador de la emigración tamil en Francia, como el Premio del Jurado “Son of Saul” del húngaro László Nemes, ofreciendo una visión inusitada del holocausto judío, parecen confirmarlo. Sin embargo, en mi opinión, es “La ley del mercado” del director galo Stéphane Brizé, película con la que su protagonista Vincent Lindon ha conseguido merecidamente el premio de interpretación masculina, la que mejor corrobora esa intencionalidad. Es pues a ella que desearía dedicar esta crónica, esperando se estrene muy pronto en España.

No perder la dignidad

Sobre la condición de la clase obrera he visto películas que por su intensidad dramática o por su contenido eminentemente social o revolucionario han marcado para siempre mi memoria. “El acorazado Potemkin” (1925) de Serguéi M. Eisenstein, “La sal de la tierra” (1954) de Herbert J. Biberman o “Norma Rae” (1979) de Martin Ritt podrían ser una buena muestra de lo que comento. “La ley del mercado” sin embargo, no cuenta la historia de ningún líder obrero luchando contra la opresión o la injusticia social, como es el caso en mis anteriores ejemplos. El combate de Thierry (Vincent Lindon), un obrero de 51 años y en paro desde hace 20 meses, es más pueril. Menos trascendente. Su lucha, inscrita en un contexto social, económico y político de profunda crisis, se centra en buscar cualquier trabajo que permita sobrevivir a él y a su familia. No es de un héroe de la clase obrera que Stéphane Brizé quiere hablarnos, sino de un trabajador honesto y sencillo que, en estos años de desencantos y desmovilizaciones de todo tipo, se convierte en la víctima propiciatoria del insaciable mercado. De eso nos habla esta impresionante película llena de realismo y veracidad, pero también de los límites que no debemos rebasar si no se quiere perder la dignidad.

La película rodada con un gran número de actores no profesionales, que no desmerecen en ningún instante, es igualmente un prodigio de realización cinematográfica. La puesta en escena es controlada e intensa. Los primeros planos y los silencios, que el director galo emplea con profusión, son a mi modo de ver imprescindibles para transmitir al espectador la angustia y el desasosiego que por momentos siente el protagonista de la historia. Podríamos afirmar finalmente que con los hermanos Dardenne, de quienes tuve ocasión de comentar su excelente “Dos días, una noche”, y con Stéphane Brizé, el cine francófono tiene tres sólidos cineastas para llevar a la pantalla temas muy distintos a los bodrios que el cine en general nos tiene acostumbrados. Un sólo pesar, que la “Ley del mercado” no se hiciera con la Palma de Oro, en cuyo caso el calificativo de un Festival de Cannes social no hubiera sido en nada superfluo.

Rosebud