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Sucedió a las i tres de la mañana en la turbina de la central térmica cuando los obreros intentaban solucionar un incidente. Una pieza se desprendió de la máquina que manipulaban, saliendo despedida, matando a uno de los trabajadores, e hiriendo a otros dos.

 

El obrero muerto se llamaba M.L. (no ponen el nombre completo si no se trata de una celebrity o de cualquier gilipollas del politiqueo burgués) tenía 55 años, y había venido de Asturies hace ya años.

Eso que la prensa suene llamar ciudadanos anónimos porque ella los hace anónimos, son los héroes que dan sus vidas por su pan y por los dividendos de esa empresa que llaman “suya” pero no lo es. El “ahorro” en medidas de seguridad en el trabajo, las jornadas extenuantes a ritmos enloquecidos para mayor gloria de la cotización en bolsa, multiplican la accidentalidad convirtiéndola en un asesinato previsible y planificado.

Así, va perdiendo hombres y mujeres el pueblo trabajador, a cientos de miles por año entre heridos y muertos. Dicen que está abierta una investigación sobre lo que llaman “accidente”. En un día no muy lejano, cuando llamemos a las cosas por su nombre, esto se llamará asesinato en contexto de explotación del hombre por el hombre, y tendrá la más severa de las condenas.

De momento creen secar nuestras lágrimas y tapar nuestras bocas con un par de billetes repugnantes que no solucionan nada y no nos devuelven al ser querido.

Poco a poco iremos viendo cómo es de absurdo tener miedo de un cambio social profundo cuando nos jugamos la piel a cada minuto de cada día en esa empresa que con un poco más de coraje podríamos hacer nuestra. Y que lo fuera de verdad.