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Con una educación íntimamente vinculada al Instituto Libre de Enseñanza, Matilde Landa [1904-1942] nació y creció en un ambiente de ideas políticas, sociales y culturales progresistas que influyeron de forma directa en su forma de entender y vivir la realidad.

Aunque desde 1934 se vinculó activamente al Socorro Rojo Internacional, no será hasta los primeros meses de 1936 cuando ingrese en el Partido Comunista de España.

Durante la Guerra Nacional Revolucionaria trabajó incansablemente allí donde fuera requerida su presencia como miembro del Partido y del SRI. Formó parte del batallón femenino del Quinto Regimiento, responsable del auxilio a los refugiados y de la evacuación de niños y miembro de la Subsecretaría de Propaganda del Gobierno Republicano.

Poco antes de que las tropas fascistas entraran en Madrid, el Buró Político del PCE encomendó a Matilde Landa organizar al Partido en la clandestinidad. Sin embargo, la precipitación, la precariedad de medios y la absoluta inexperiencia hicieron que el PCE fuera rápidamente desarticulado por la policía franquista y la mayor parte de sus dirigentes detenidos.

Juzgada y condenada a pena de muerte, conmutada finalmente a 30 años de cárcel, Matilde ingresó en la cárcel femenina de Ventas, donde puso en funcionamiento una “oficina de penadas”, para tramitar los recursos de las condenadas a pena capital. A pesar de no conseguir librar del fusilamiento a la mayoría de ellas, la oficina supuso una red de ayuda entre las condenadas y sus familias y de solidaridad dentro del penal.

Que Matilde se hubiese convertido en un referente de lucha para el conjunto de las presas determinó su traslado a la cárcel de Palma de Mallorca, donde volvió a encabezar las pequeñas acciones de resistencia que se podían desarrollar en aquellas condiciones. Por este motivo fue aislada durante un año y sometida a una brutal presión para conseguir su conversión, lo que hubiese sido una victoria para la propaganda del régimen fascista. Ante la imposibilidad de doblegar su voluntad, las religiosas que dirigían el penal, la amenazaron con dejar de proveer de alimentos a los hijos de las presas. Ante la crueldad de este chantaje, la fortaleza de Matilde se quebró.

El día en que iba a ser bautizada, nuestra camarada, saltó desde una de las galerías de la prisión y falleció.

Sin embargo, sería un error juzgar su suicidio como un acto de cobardía. Muy al contrario. Matilde, sabiendo quebrada ya su capacidad de resistencia y de lucha, prefirió enfrentar a la muerte con el mismo valor y la misma determinación con la que afrontó su vida. Morir antes que traicionar sus ideales comunistas.

Por tanto, no se debería considerar a Matilde Landa como una pobre víctima sobrepasada por las duras circunstancias que le tocó vivir. Antes bien, fue un ejemplo de revolucionaria que prefirió, en un último gesto de firmeza y valentía, quitarse la vida antes que convertirse en otro símbolo del supuesto e infame triunfo del fascismo sobre el comunismo.

El suicidio de Matilde Landa, hirientemente trágico, se convierte así en el acto final que eleva la figura de nuestra camarada a la categoría indiscutible de heroína de la Revolución.

Luisa de la Torre