El pasado 10 de enero murió en Roma a los 92 años de edad el director de cine Francesco Rosi. ¿Qué no lo conocen? Pues un cineasta como la copa de un pino; de la talla de los Vittorio De Sica, Roberto Rossellini, Luchino Visconti, Pier Paolo Pasolini, Mario Monicelli, Michelangelo Antonioni, Ettore Scola, Bernardo Bertolucci, etc.

¿Qué tampoco los conocen la mayoría de ustedes? Pues la flor y nata de la edad de oro del cine italiano, justo antes de que Hollywood lo aniquilase. Un cine que, rompiendo con la bazofia fascista que le precedió, vapuleó las cinematografías europeas de la Posguerra con su estilo (el Neorrealismo) y por llevar a la gran pantalla una lectura marxista de la realidad socio-política italiana de aquel momento. Francesco Rosi, digno heredero de ese legado artístico, supo, como ningún otro, demostrar y denunciar en su cine la inextricable connivencia entre el poder oficial y el poder oculto, entre la institución pública y la estructura mafiosa.

Sin embargo, nada hacía presagiar que este hijo de una familia acomodada napolitana, destinado a cursar  estudios de derecho, se dedicaría con pasión al 7º Arte. Fue después de balbucear en el mundo de la radio que el encuentro con Luchino Visconti en 1947 cambió su existencia. Con el prestigioso realizador de El Gatopardo fue ayudante de dirección en las magníficas películas La tierra tiembla (1948), Bellísima (1952) y Senso (1954), y su influencia resultó crucial para conseguir una perspectiva cinematográfica propia en la que el sentido histórico, la investigación, la composición plástica y el realismo social priman totalmente. La  primera demostración de esas preocupaciones fue El desafío (1958), una coproducción hispanoitaliana que contaba cómo la Mafia extorsionaba en Nápoles a los pequeños comerciantes. Pero fue con Salvatore Giuliano (1962), una controvertida biografía del bandido siciliano premiada en el Festival Internacional de Cine de Berlín, y después de un rodaje lleno de amenazas mafiosas, que su nombre saltó a la cima de la industria cinematográfica...

Convicción, coraje y sensibilidad

A partir de ese éxito, que fue internacional, el cineasta napolitano no cedió al hechizo de la fama sino que siguió con el cine que llevaba en su conciencia y en las entrañas. Con convicción, coraje y sensibilidad. En ese orden podrían estar: Manos sobre la ciudad (1963), un implacable alegato contra la corrupción y especulación inmobiliarias,  Hombres contra la guerra (1970), una fábula antimilitarista que incluye un ardoroso discurso sobre la lucha de clases; la trilogía sobre el crimen organizado y el terrorismo: El caso Mattei (1972), Lucky Luciano (1974) y Excelentísimos cadáveres (1976), y por último dos filmes con los que intentó salir de un cierto encasillamiento: Cristo se paró en Éboli (1979), sobre la novela homónima del escritor antifascista Carlo Levi, desterrado por Mussolini en 1935 en Lucania (actual Basilicata), una de las regiones más pobres de Italia, y Tres hermanos (1981), una visión de los aspectos más controvertidos de la Italia de los años 80 a través de la historia de tres hermanos y su familia. Del resto de su producción destaca su última película La tregua (1997), un estremecedor testimonio del infierno de Auschwitz.

En suma, nos dice adiós un cineasta que en su filmografía analiza con perspicacia y pasión la textura de su Italia natal y el sistema capitalista dominante. Razones más que suficientes para que nuestros/as lectores/as revisiten o descubran a quien ante todo quiso ser un testigo crítico de su tiempo.

Rosebud