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Habitualmente, la actualidad del mercado internacional del petróleo interesa al común de los mortales solo cuando se visita una estación de servicio y se observa el encarecimiento de los combustibles. No obstante, el abaratamiento de estos durante los últimos meses plantea un escenario inverosímil, que encuentra sus causas en la agudización de ciertas contradicciones que operan a escala global, y que se manifiestan con especial claridad en la evolución de los mercados energéticos mundiales.

En primer lugar, es preciso destacar que Arabia Saudí es el único país del mundo que goza de capacidad ociosa en lo que a producción de petróleo se refiere. Esto quiere decir que Riad puede aumentar la comercialización de una cantidad considerable de barriles de forma prácticamente inmediata y por un periodo relativamente extenso – según las propias autoridades sauditas, en 24 horas podrían aumentar su oferta de petróleo en mas de 2 millones de barriles- , lo cual le concede, de facto, el control de los precios mundiales del petróleo. La Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), que reúne a la mayor parte de los productores del mundo –en ocasiones con intereses contrapuestos, como es el caso – en la actualidad no se comporta sino como la extensión del reino saudí y de sus aliados del Golfo Pérsico, que realizan hoy una clara declaración de guerra a través de la sobreabundancia de petróleo y la consiguiente disminución de sus precios internacionales.

Los objetivos de tal ofensiva económica son los productores que parten de mayores costes. Por ejemplo, aquellos dedicados a la extracción de hidrocarburos no convencionales para cuya extracción y refinamiento se emplean procedimientos especiales, como los petróleos extrapesados –muy comunes en Venezuela-, las arenas bituminosas –explotados mayoritariamente en Canadá-, así como el petróleo de esquisto o el petróleo de formaciones compactas – que forman parte de la pretendida “revolución energética” estadounidense-. El auge de este tipo de recursos es, especialmente en el caso de estos tres últimos, relativamente reciente. Su impacto inmediato ha sido tal, que algunos expertos afirman que su desarrollo facilitaría la independencia energética estadounidense, del mismo modo que ha motivado el parcial levantamiento de la prohibición a la exportación de crudo que existe en el país desde la crisis del petróleo de 1973.

A 23 de febrero del presente año y tras el repunte experimentado durante las últimas semanas, el precio del West Texas Intermediate –referencia para el mercado americano – se sitúa a 50’89 dólares, mientras que solo un año antes cotizaba a más del doble -94,86 dólares-. Sin embargo, algunos expertos señalan a que el umbral de rentabilidad del petróleo de esquisto se encuentra aproximadamente en 80 dólares el barril. Ello solo puede significar sustanciales pérdidas para las empresas que en los EE.UU. dedicadas a la fractura hidráulica o “fracking”, por lo que supone una dura prueba a la sostenibilidad financiera de este tipo de explotaciones –ya puesta en entredicho por quienes han denunciado los bajos rendimientos que adolecen y de la deriva especulativa de la que han sido objeto-.

Con todo, los países perjudicados no son únicamente aquellos dedicados a la explotación de recursos de características tan particulares. Algunos productores de petróleo convencional, como Rusia, Irán o Brasil así como varios países africanos como Nigeria, Angola, Sudán del Sur o Guinea Ecuatorial se ven igualmente perjudicados por la caída libre de los precios del petróleo. Especialmente estos últimos, adolecen de economías escasamente diversificadas, y en consecuencia, altamente dependientes de unas exportaciones que crudo que hoy no son tan rentables como hace un año, por lo que sus presupuestos anuales se ven claramente comprometidos, y con ellos, todo proyecto de construcción de infraestructuras, servicios sanitarios, educativos etcétera.

En conclusión, los únicos beneficiados de la actual situación de “anarquía planificada” que atraviesa el mercado mundial del petróleo son los países consumidores que no tienen producción propia, y que ven abaratado sustancialmente la suma total de sus importaciones. Recordemos que España importa el 99’5% del petróleo que consume, cuyo coste aproximado es de 100 millones de euros diarios. Amplios sectores empresariales se ven beneficiados en nuestro país a través de los efectos derivados de la actual situación, como el abaratamiento de los precios del transporte de mercancías. Apenas se perciben cambios, sin embargo, en el precio de la factura eléctrica, del transporte público, del gas natural o de tantos otros servicios esenciales para las mayorías trabajadoras del país hoy en un estado de desprotección sin precedentes en nuestra historia reciente. Esta, y no otra, es la lógica antisocial de los monopolios.

Alfonso Reyes