Entre el análisis que hacemos de la realidad y la propuesta que realizamos para intervenir en ella debe existir siempre coherencia. Es por ello que el análisis que hagamos para responder a la pregunta ¿Qué es el Estado? va a marcar indefectiblemente nuestra táctica.

En este sentido, a propósito de la caracterización del Estado, sólo hay dos respuestas: de un lado, la que concibe al Estado como un factor neutral llamado a conciliar los intereses de todas las clases sociales. De otra parte, la que va en la línea de conceptualizar al Estado como una herramienta de coerción en manos de una clase para ejercer su dictadura sobre otra(s).

 

Así las cosas, concebir, pues, al Estado como un ente neutral situado por encima de las clases sociales, al margen de la lucha de clases o, por el contrario, como una herramienta con la que una clase ejerce su dictadura sobre otra u otras comporta propuestas tácticas incompatibles, divergentes e irreconciliables.

Esa concepción del Estado como espacio neutral en el que se desarrollaría la lucha de clases es la que permitió al Eurocomunismo afirmar la posibilidad de llegar al socialismo a través de las elecciones burguesas en los estados capitalistas. O a Cayo Lara aseverar que a través de la Constitución española se puede alcanzar el socialismo.

En la misma línea van todas las propuestas del oportunismo que confían los anhelos de la clase obrera al buen hacer de la “Justicia”, como si esta, así en mayúsculas, no tuviera relación con el estado burgués que la creó y la mantiene con unos fines determinados.

El marxismo-leninismo ha demostrado sobradamente la justeza de esta segunda concepción. Y es que, en efecto, el Estado es, parafraseando a Engels, la prueba de que una sociedad ha logrado desarrollar las fuerzas productivas hasta el punto en que la antigua organización familiar no es suficiente y que el grado de diferenciación de sus individuos, en términos de la posición que ocupan en el seno de la producción, ha alanzado un nivel tal que sus intereses ya son irreconciliables.

En tal estado de cosas, aquella fracción de la sociedad que ocupa un lugar preponderante en la misma se constituye en clase que ejerce su dominio sobre el resto de la sociedad. Engels, en “El origen de la familia, la propiedad privada y el estado”, lo explica así:

“Habiendo nacido el Estado de la necesidad de refrendar los antagonismos de clases, pero naciendo también en el seno del conflicto de esas clases, como regla general es el estado una fuerza de la clase más poderosa, de la que impera económicamente, y que por medio del Estado se hace también clase preponderante desde el punto de vista político, y crea de ese modo nuevos medios de postergar y explotar a la clase oprimida”

Sin entrar, por cuestión de espacio, a hacer una Historia del Estado, sí apuntaremos que el Estado sólo nace en el momento en que el desarrollo de las fuerzas productivas en el seno de las sociedades comunitarias permite a la acumulación de un excedente que pasa a ser controlado por una fracción minoritaria de la sociedad. Ese acceso privilegiado al excedente del producto social le confiere a este grupo las bases de su poder y su posición predominante en la sociedad, así como la posibilidad de perpetuarse en esa posición.

Este complejo fenómeno se produjo por primera vez en el algún momento en torno al IV milenio antes de nuestra era en el espacio geográfico denominado tradicionalmente “Mesopotamia”, en alguna zona “entre los ríos” Tigris y Éufrates, y fruto del desarrollo intensivo de la agricultura y la ganadería.

Naturalmente, como vemos, el Estado tiene unas razones concretas y una fecha de nacimiento. De la misma forma, el Estado tiene una fecha de defunción precisa: cuando en el seno de la sociedad ya no haya clases y, por tanto, lucha de clases ni intereses irreconciliables, el Estado habrá perdido toda razón de ser y, por consiguiente, desaparecerá.

Pero de esta cuestión nos ocuparemos en la próxima entrega de Unidad y Lucha.